13 de noviembre de 2016

Lecciones de un triunfo inesperado... para casi todos

Domingo 18 de septiembre, gala de los Premios Emmy. Una parte importante de los premiados, así como el propio presentador, Jimmy Kimmel, mencionan en sus discursos a Donald Trump e incluso a su esposa, siempre en tono de sorna y ridículo. Hillary Clinton sólo fue mencionada una vez.

Al día siguiente un ramillete de actores, presentadores y famosos varios publican un video
llamando a los estadounidenses a votar contra Trump. El video se hace viral y los responsables de la campaña de Hillary Clinton se frotan las manos. La victoria está asegurada.

Ese mismo día comencé a pensar justamente lo contrario: será Donald Trump el que gane las elecciones presidenciales. Sus propios detractores lo están encumbrando. ¿Se imaginan los sentimientos que debe albergar un pequeño agricultor de Arkansas, al que un grupo de multimillonarios actores que viven en lujosas mansiones y apartamentos en los barrios más exclusivos de las grandes urbes norteamericanas, le dicen lo que tiene que votar?.

La cuestión es que Trump comienza a sonar más fuerte que su rival. Está en todas las conversaciones, especialmente en las virtuales y su popularidad -positiva o no- crece como la espuma espoleada por sus detractores. Llegado el día de las elecciones la gente lo recordará. Sucederá como cuando uno va a un bar y quiere tomar algo pero no sabe qué, ¿qué es lo primero que se le viene a la mente?, una cocacola.

Sumado al tirón electoral que le proporcian sus vilipendiadores está el pobre perfil de su rival en campaña. Con la victoria asegurada, Hillary Clinton no tiene propuestas concretas y se dibuja a si misma como una continuación del idolatrado Barack Obama. Además, en los debates sale a la defensiva, a no perder, con lo cual permite que su rival destaque.

El resultado en votos electorales ya lo conocemos. Lo que muchos no dicen es que Hillary obtuvo 5 millones de votos menos que Obama en 2012, una caída de casi un 9 por ciento. Trump igualó la cifra de Romney. Esa es una de la claves de esta elección. Lo vociferaban por la mañana en redes sociales los palmeros de lo políticamente correcto “I´m not with her. I´m against him”.  

La realidad es que los acomodados votantes de centro no salieron a votar contra Donald Trump, sencillamente no salieron a votar. Mientras, el votante medio republicano sí salió a votar y a revolcar a las casas encuestadoras que aún están analizando qué sucedió para tan estrepitoso fracaso. Esa es la otra clave: la reacción.

Ahora que palabras grandilocuentes como populismo o expresiones como ciudadanos contra la globalización o un país dividido llenan portadas en los diarios. Cabe preguntarse si los votantes estadounidenses acudieron a las urnas buscando ser dirigidos por un populista, lo hicieron como reacción ante la globalización o si existe una verdadera división interna en los EE UU.

Distribución del voto en función de los ingresos anualesLa base electoral del Partido Republicano se ha mantenido estable entre 2012 y 2016, no hay ningún vuelco importante por mucho que se analice. Las clases medias acomodadas siguen votando al Partido Repúblicano (ver gráfico). El tema es quiénes salieron a votar y quiénes se quedaron en casa. No sé dónde está ese salto hacia el populismo del que muchos hablan. La verdad es que no veo a un tipo que gana más de $200.000 al año votar a un populista de tres al cuarto.

Tampoco veo a los miembros de las clases acomodadas norteamericanas renegar de la globalización, como afirman muchos medios para comparar el resultado electoral en los EE UU con el auge de los partidos radicales –de izquierdas y derechas- en algunos países de Europa. La gente no reniega de la globalización, sino que busca soluciones cercanas y palabras de aliento a sus problemas cotidianos.

Lo que queda claro, no sólo en este proceso electoral, también se observa en los resultados de los referendos de Colombia y Reino Unido, es que los ciudadanos de las grandes urbes votan de forma muy diferente a los del medio menos urbano. Clinton ha logrado una holgada mayoría en todas las grandes capitales del país  (New York, Los Angeles, Chicago, Miami…), pero fuera de esos entornos sus resultados han sido muy pobres. De igual forma determinadas minorías han votado de forma sistemática por la candidata demócrata, aunque no con la contundencia con la que lo hicieron por Obama en los dos comicios anteriores.

Dicho todo lo anterior, para mi se extraen tres lecciones del proceso electoral de esta semana. La primera es que hay que tener mucho cuidado con criminalizar al rival y ponerlo en la palestra de forma gratuita. El ataque genera reacción, sobre todo entre los más acérrimos votantes de una determinada opción.

La segunda lección consiste en que hay que atraer el voto para ganar unas elecciones. Suena de perogrullo, pero la movilización de los votantes es clave para lograr resultados. Las campañas planas provocan sorpresas. Las encuestas forman parte del pasado.

La tercera es que hay que tener en cuenta que el electorado no es en absoluto homogéneo. Las grandes ciudades acumulan muchos votos, pero las ciudades pequeñas y medianas tienen su propia dinámica y no se las puede desdeñar. Al igual que, como ya se viene diciendo en este blog, las minorías cobran una fuerza cada vez más importante por cuanto generan estados de opinión y marcan tendencias.


Por último, estas elecciones han marcado el final de la dictadura de lo políticamente correcto. No basta con seguir los dictados de las grandes tendencias que marcan los medios masivos, hay que entender bien que no siempre las premisas de lo polítcamente correcto son aceptadas como verdades absolutas por los votantes.

1 de noviembre de 2016

La paradójica España de los recortes I

España, año 2016. Un joven camina por un parque hacia la universidad pública en la que estudia y por la que paga 720 euros anuales. Es un parque municipal perfectamente cuidado. Los árboles están bien podados y apenas se ven unas hojas en el suelo de la ancha acera, señal del otoño que comienza a sentirse con fuerza. Un cartel pegado sobre una farola del alumbrado público invita a los estudiantes para que acudan a una manifestación contra los recortes del Gobierno. A su lado la oferta cultural del Vicerrectorado de Extensión Universitaria. Destaca el Ciclo sobre Literatura Femenina en Asia.

Una señora de unos 50 años enfila caminando la acera que desemboca en el Centro Cultural Municipal de su pueblo. Una localidad con algo menos de 15.000 habitantes, que cuenta con un espacio público de más de 2.000 metros cuadrados, entre los que destaca un auditorio con 600 cómodas butacas. Allí la señora asistirá de forma gratuita a la proyección de la película Tomates Verdes Fritos, programada por el Centro de Municipal de Información a la Mujer. 

Estas son imágenes cotidianas de la España que no nos muestran los informativos en televisión, ni las portadas de los períodicos. No es noticia que la población española goce de innumerables servicios públicos, en su mayor parte gratuitos o con precios que apenas sufragan una fracción de lo que recibe el ciudadano por usarlos. La gente está acostumbrada a recibir todo eso sin cuestionar su origen o su idoneidad. Por el contrario se habla a diario de recortes gubernamentales, los cuales ciertamente se han producido, pero nadie explica muy bien en qué.

¿En qué se ha recortado?. Si la universidad de marras tiene dinero para conformar una agenda cultural de 35 actividades en un solo mes, pareciera que no son tan graves los recortes. ¿O es que quizá se prefiere recortar en otras partidas antes de tocar el presupuesto en actividades culturales?. Qué decir de la creación de múltiples infraestructuras y organismos públicos para los usos más variopintos que se nos puedan ocurrir. Como el Centro Municipal de Información a la Mujer que a buen seguro da empleo a unos cuantos asalariados públicos.

El problema es de percepciones y de falta de criterio en la asignación del gasto público. Por un lado tenemos un país con unos estándares de servicio público muy elevados. Pero la cara oculta es que esos altos niveles no son tan buenos en los servicios básicos: educación, sanidad y justicia. España continúa siendo un país a la cola de la OCDE en materia educativa, mientras que la sanidad pública –una de las mejores del mundo hace unos años- ha vivido un deterioro muy importante a lo largo de la última década.

Los que han tomado como bandera la denuncia contra los recortes, no quieren comprender que España ya no vive la época dorada de la burbuja financiero-inmobiliaria. El estallido de la burbuja supuso también un duro varapalo para los ingresos del Estado. Algo que aún no quieren asumir los apasionados defensores del gasto público desenfrenado.

¡No a los recortes!. ¡Más gasto público!. ¡Más madera!. Vociferan en plaza cercana al ayuntamiento, perfectamente alumbrada y repleta de mobiliario urbano impecable, el cual muy probablemente destrozarán a su paso. Después de la algarada para denunciar el “neoliberalismo salvaje”, que les permite tener una oferta infinita de actividades con cargo al erario público, un nutrido equipo de empleados de limpieza dejarán impoluta la plaza.

Esta es la paradoja que rodea todo este populismo de nuevo cuño que atrae como imán la atención de los medios de comunicación y las redes sociales. Consignas que suenan a música celestial a todos aquellos que pretenden, de un modo u otro, que el Estado sea el garante de su futuro. Un futuro lleno de comodidades sufragadas a golpe de impuestos.
 
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