22 de junio de 2017

De la nueva relatividad moral

No cabe duda de que vivimos en una época extraña. Un tiempo en el que la relatividad moral se ha adueñado de la escena pública sin ningún reparo. En el que los derechos humanos se relativizan sin sonrojo a conveniencia de intereses espurios.

Así, nos encontramos con paradojas como el contínuo reproche a cualquier actitud o insinuación que tenga un lejano atisbo de machismo. Eso tiene validez siempre y cuando el presunto machista sea occidental y, además, pertenezca a algún grupo sospechoso de no comulgar con las tendencias globales de lo políticamente correcto. Si esto ocurre el emisor del mensaje puede ser vilipendiado, valupeado e insultado sin sonrojo.

La relatividad moral se pone de manifiesto cuando los vilipendiadores del supuesto machista, no tienen empacho a la hora de simpatizar con regímenes autoritarios que someten a la mujer en sus sociedades. Más aún si el régimen de turno extiende pingües subvenciones a favor de las actividades propagandísticas de los defensores de esta nueva moral occidental.

Tres cuartos de lo mismo ocurre cuando algunos políticos, abanderados de los derechos de los homosexuales, resultan ser acérrimos defensores de dictaduras que aplastan esos mismos derechos de forma sistemática. No olvidemos la admiración que sienten –siempre desde la comodidad de la democracia occidental-, todos estos impulsores de la nueva moral pública por el régimen de la familia Castro en Cuba.

Algo parecido sucede con los derechos de los trabajadores, los parados o los más necesitados. Siempre son los demás, los reaccionarios, los que los violentan de forma sistemática. Pero la realidad es tozuda y nos muestra a los líderes de esos movimientos sociales (sic) en su actuar fuera de cámaras y de redes sociales como verdaderos déspotas. Verbigracia ese gran líder argentino que no pagaba la seguridad social a su asistente doméstico. Por no hablar del nepotismo ilustrado que copa los puestos públicos en aquellos lugares en los que gobierna cualquiera de estos predicadores de la nueva moral.

Muchos se rasgan las vestiduras por los derechos de los animales. Algunos incluso los tratan como a seres humanos -¡cuánto daño ha hecho Disney a nuestra tierna y acomplejada conciencia colectiva!-.  Pero no tenemos reparo a la hora de justificar o incluso sentir cierta simpatía por los actos terroristas contra seres humanos. No extraña ver a los propietarios de la verdadera moral moderna, ensalzar la figura de terroristas. Incluso los admiten en sus filas con regocijo.

Cualquier intento de un gobierno democrático por regular derechos como la libertad de expresión o libre movimiento de los ciudadanos es criticado, como no puede ser de otro modo, de forma unánime y contundente. Pero mucho cuidado con criticar la represión brutal a la que los regímenes de izquierda someten a su pueblo. Los líderes bolivarianos, por ejemplo, pueden cerrar medios de comunicación contrarios al régimen, apalear manifestantes o encarcelar opositores a su antojo. No hay problema. La mera adscripción a las tendencias morales globales les exime de su cumplimiento.

Algo igual sucede con la división de poderes. Las democracias occidentales, con sus mejorables sistemas de elección de poderes siempre serán, a los ojos de los apóstoles de la nueva moral, sistemas represivos en manos de las oligarquías. Por el contrario, la inexistencia de división de poderes de sus admirados –y benefactores- regímenes dictatoriales, ejercen siempre el poder estatal a favor de los más desfavorecidos.

Y así, sin darnos cuenta, vamos cayendo en el juego terrible de esa doble moral de la que acusábamos al clero en los tiempos del franquismo: “Haced lo que yo os diga, pero no hagáis lo que yo hago”. Lo mejor de todo es que la compramos, la hacemos propia y la divulgamos mediante inocentes videos con grandes letras en nuestros muros en redes sociales. Y cuídese el amable lector de no hacerlo, de no apoyar alguno de los aspectos generalmente aceptados por esta nueva -y relativa- moral, porque puede ser tachado de insolidario, fascista, reaccionario...

19 de abril de 2017

Democracia de saldo y sus efectos en Occidente

Reino Unido,  23 de junio de 2016, el 51,9 por ciento de los votantes deciden que su país debe abandonar la Unión Europea. Colombia, 2 de octubre de 2016, el 50,2 por ciento de los votantes no respaldan los acuerdos de paz del Gobierno con el grupo terrorista FARC. Turquía, 16 de abril de 2017, el 51,4 por ciento de los electores apoyan un cambio constitucional para susituir el sistema democrático parlamentario por uno presidencialista, el cual otorga amplios poderes a Erdogan para gobernar sin control del legislativo.
Son tres ejemplos a los que podemos añadir lo sucedido en las recientes elecciones presidenciales de los EE UU y Ecuador, entre otros. Soy consciente de que estos dos casos pueden ser idénticos muchos otros balotajes. La cuestión es que las opciones que se enfrentan son cada vez más antagónicas. No podemos comparar la elección de Obama versus Romney, con la de los dos últimos contendientes en las presidenciales estadounidenses.

La exaltación del patriotismo –más bien patrioterismo-, la apelación a sentimientos de clase o la tergiversación de los argumentos hasta límites insospechados, cuando no la vil mentira, son las armas empleadas por los políticos en pleno siglo XXI para ganar elecciones. Goebbels  tiene más seguidores que Churchill en esta época en la que vivimos.

Los resultados de los comicios son automáticos: la población del país dividida en dos, polarización social y problemas de convivencia. A las elecciones en los EE UU y al referédum del Brexit siguieron manifestaciones de los perdedores. A las de Ecuador y Turquía, impugnaciones.

El impacto de resultados electorales en los que se confronta a la población de forma interesada puede ser devastador para la economía y la sociedad de un país. La cuestión que hay que plantearse es si es sostenible democráticamente que continuemos viendo campañas así o, lo que es peor, sus consecuencias. Dramáticas en algunos casos.

La democracia ha comenzado a ser utilizada como arma arrojadiza por parte de los vencedores contra los vencidos. Las urnas son sagradas a pesar de que, en el fragor de la batalla, para vencer, se haya mentido, manipulado o destruido la credibilidad de un país entero. Como ejemplo más palmario el del impulsor del Brexit, Nigel Farage que, tras vencer el referendo, admitió haber ofrecido datos inflados sobre lo que el Reino Unido aporta a la Unión Europea.

Por no hablar de la campaña de Trump contra el traslado de empleos de mano de obra barata a México o China. Empleos que nadie quiere en los EE UU, país te cuenta con una de las tasas de desempleo más bajas de los últimos 20 años. Pero la Historia no recordará las mentiras y falacias de los líderes políticos a lo largo de las campañas electorales, sólo quedarán los resultados.


Los procesos electorales están quedando en entredicho. El populismo, filtraciones periodísticas interesadas unidas a la falta de información contrastada o el desinterés de la población por la política, están haciendo de nuestro sistema democrático una suerte de mercado de votos sin pies ni cabeza. Los economistas alertan de la creciente influencia de líderes populistas, como la ultraderecha en Francia o la extrema izquierda en España. De lo que hablamos poco es de cómo está afectando esta deriva antidemocrática a Occidente.

13 de noviembre de 2016

Lecciones de un triunfo inesperado... para casi todos

Domingo 18 de septiembre, gala de los Premios Emmy. Una parte importante de los premiados, así como el propio presentador, Jimmy Kimmel, mencionan en sus discursos a Donald Trump e incluso a su esposa, siempre en tono de sorna y ridículo. Hillary Clinton sólo fue mencionada una vez.

Al día siguiente un ramillete de actores, presentadores y famosos varios publican un video
llamando a los estadounidenses a votar contra Trump. El video se hace viral y los responsables de la campaña de Hillary Clinton se frotan las manos. La victoria está asegurada.

Ese mismo día comencé a pensar justamente lo contrario: será Donald Trump el que gane las elecciones presidenciales. Sus propios detractores lo están encumbrando. ¿Se imaginan los sentimientos que debe albergar un pequeño agricultor de Arkansas, al que un grupo de multimillonarios actores que viven en lujosas mansiones y apartamentos en los barrios más exclusivos de las grandes urbes norteamericanas, le dicen lo que tiene que votar?.

La cuestión es que Trump comienza a sonar más fuerte que su rival. Está en todas las conversaciones, especialmente en las virtuales y su popularidad -positiva o no- crece como la espuma espoleada por sus detractores. Llegado el día de las elecciones la gente lo recordará. Sucederá como cuando uno va a un bar y quiere tomar algo pero no sabe qué, ¿qué es lo primero que se le viene a la mente?, una cocacola.

Sumado al tirón electoral que le proporcian sus vilipendiadores está el pobre perfil de su rival en campaña. Con la victoria asegurada, Hillary Clinton no tiene propuestas concretas y se dibuja a si misma como una continuación del idolatrado Barack Obama. Además, en los debates sale a la defensiva, a no perder, con lo cual permite que su rival destaque.

El resultado en votos electorales ya lo conocemos. Lo que muchos no dicen es que Hillary obtuvo 5 millones de votos menos que Obama en 2012, una caída de casi un 9 por ciento. Trump igualó la cifra de Romney. Esa es una de la claves de esta elección. Lo vociferaban por la mañana en redes sociales los palmeros de lo políticamente correcto “I´m not with her. I´m against him”.  

La realidad es que los acomodados votantes de centro no salieron a votar contra Donald Trump, sencillamente no salieron a votar. Mientras, el votante medio republicano sí salió a votar y a revolcar a las casas encuestadoras que aún están analizando qué sucedió para tan estrepitoso fracaso. Esa es la otra clave: la reacción.

Ahora que palabras grandilocuentes como populismo o expresiones como ciudadanos contra la globalización o un país dividido llenan portadas en los diarios. Cabe preguntarse si los votantes estadounidenses acudieron a las urnas buscando ser dirigidos por un populista, lo hicieron como reacción ante la globalización o si existe una verdadera división interna en los EE UU.

Distribución del voto en función de los ingresos anualesLa base electoral del Partido Republicano se ha mantenido estable entre 2012 y 2016, no hay ningún vuelco importante por mucho que se analice. Las clases medias acomodadas siguen votando al Partido Repúblicano (ver gráfico). El tema es quiénes salieron a votar y quiénes se quedaron en casa. No sé dónde está ese salto hacia el populismo del que muchos hablan. La verdad es que no veo a un tipo que gana más de $200.000 al año votar a un populista de tres al cuarto.

Tampoco veo a los miembros de las clases acomodadas norteamericanas renegar de la globalización, como afirman muchos medios para comparar el resultado electoral en los EE UU con el auge de los partidos radicales –de izquierdas y derechas- en algunos países de Europa. La gente no reniega de la globalización, sino que busca soluciones cercanas y palabras de aliento a sus problemas cotidianos.

Lo que queda claro, no sólo en este proceso electoral, también se observa en los resultados de los referendos de Colombia y Reino Unido, es que los ciudadanos de las grandes urbes votan de forma muy diferente a los del medio menos urbano. Clinton ha logrado una holgada mayoría en todas las grandes capitales del país  (New York, Los Angeles, Chicago, Miami…), pero fuera de esos entornos sus resultados han sido muy pobres. De igual forma determinadas minorías han votado de forma sistemática por la candidata demócrata, aunque no con la contundencia con la que lo hicieron por Obama en los dos comicios anteriores.

Dicho todo lo anterior, para mi se extraen tres lecciones del proceso electoral de esta semana. La primera es que hay que tener mucho cuidado con criminalizar al rival y ponerlo en la palestra de forma gratuita. El ataque genera reacción, sobre todo entre los más acérrimos votantes de una determinada opción.

La segunda lección consiste en que hay que atraer el voto para ganar unas elecciones. Suena de perogrullo, pero la movilización de los votantes es clave para lograr resultados. Las campañas planas provocan sorpresas. Las encuestas forman parte del pasado.

La tercera es que hay que tener en cuenta que el electorado no es en absoluto homogéneo. Las grandes ciudades acumulan muchos votos, pero las ciudades pequeñas y medianas tienen su propia dinámica y no se las puede desdeñar. Al igual que, como ya se viene diciendo en este blog, las minorías cobran una fuerza cada vez más importante por cuanto generan estados de opinión y marcan tendencias.


Por último, estas elecciones han marcado el final de la dictadura de lo políticamente correcto. No basta con seguir los dictados de las grandes tendencias que marcan los medios masivos, hay que entender bien que no siempre las premisas de lo polítcamente correcto son aceptadas como verdades absolutas por los votantes.

1 de noviembre de 2016

La paradójica España de los recortes I

España, año 2016. Un joven camina por un parque hacia la universidad pública en la que estudia y por la que paga 720 euros anuales. Es un parque municipal perfectamente cuidado. Los árboles están bien podados y apenas se ven unas hojas en el suelo de la ancha acera, señal del otoño que comienza a sentirse con fuerza. Un cartel pegado sobre una farola del alumbrado público invita a los estudiantes para que acudan a una manifestación contra los recortes del Gobierno. A su lado la oferta cultural del Vicerrectorado de Extensión Universitaria. Destaca el Ciclo sobre Literatura Femenina en Asia.

Una señora de unos 50 años enfila caminando la acera que desemboca en el Centro Cultural Municipal de su pueblo. Una localidad con algo menos de 15.000 habitantes, que cuenta con un espacio público de más de 2.000 metros cuadrados, entre los que destaca un auditorio con 600 cómodas butacas. Allí la señora asistirá de forma gratuita a la proyección de la película Tomates Verdes Fritos, programada por el Centro de Municipal de Información a la Mujer. 

Estas son imágenes cotidianas de la España que no nos muestran los informativos en televisión, ni las portadas de los períodicos. No es noticia que la población española goce de innumerables servicios públicos, en su mayor parte gratuitos o con precios que apenas sufragan una fracción de lo que recibe el ciudadano por usarlos. La gente está acostumbrada a recibir todo eso sin cuestionar su origen o su idoneidad. Por el contrario se habla a diario de recortes gubernamentales, los cuales ciertamente se han producido, pero nadie explica muy bien en qué.

¿En qué se ha recortado?. Si la universidad de marras tiene dinero para conformar una agenda cultural de 35 actividades en un solo mes, pareciera que no son tan graves los recortes. ¿O es que quizá se prefiere recortar en otras partidas antes de tocar el presupuesto en actividades culturales?. Qué decir de la creación de múltiples infraestructuras y organismos públicos para los usos más variopintos que se nos puedan ocurrir. Como el Centro Municipal de Información a la Mujer que a buen seguro da empleo a unos cuantos asalariados públicos.

El problema es de percepciones y de falta de criterio en la asignación del gasto público. Por un lado tenemos un país con unos estándares de servicio público muy elevados. Pero la cara oculta es que esos altos niveles no son tan buenos en los servicios básicos: educación, sanidad y justicia. España continúa siendo un país a la cola de la OCDE en materia educativa, mientras que la sanidad pública –una de las mejores del mundo hace unos años- ha vivido un deterioro muy importante a lo largo de la última década.

Los que han tomado como bandera la denuncia contra los recortes, no quieren comprender que España ya no vive la época dorada de la burbuja financiero-inmobiliaria. El estallido de la burbuja supuso también un duro varapalo para los ingresos del Estado. Algo que aún no quieren asumir los apasionados defensores del gasto público desenfrenado.

¡No a los recortes!. ¡Más gasto público!. ¡Más madera!. Vociferan en plaza cercana al ayuntamiento, perfectamente alumbrada y repleta de mobiliario urbano impecable, el cual muy probablemente destrozarán a su paso. Después de la algarada para denunciar el “neoliberalismo salvaje”, que les permite tener una oferta infinita de actividades con cargo al erario público, un nutrido equipo de empleados de limpieza dejarán impoluta la plaza.

Esta es la paradoja que rodea todo este populismo de nuevo cuño que atrae como imán la atención de los medios de comunicación y las redes sociales. Consignas que suenan a música celestial a todos aquellos que pretenden, de un modo u otro, que el Estado sea el garante de su futuro. Un futuro lleno de comodidades sufragadas a golpe de impuestos.

13 de septiembre de 2016

Cosas que no sabía de la guerra civil española

La verdad es que no sabía casi nada del –quizá- conflicto bélico más importante del siglo XX después de las guerras mundiales. En España, en las asignaturas de Historia, la guerra civil llegaba tarde en el transcurso lineal de los acontecimientos del país. Se estudiaban más los pormenores de las pinturas rupestres que los sucesos que rodearon a una guerra que se llevó por delante a centenares de miles de personas. 

Por eso, antes de que cayese en mis manos el libro La Guerra Civil Española, del insigne historiador británico Hugh Thomas, mis conocimientos, básicamente, se reducían a la existencia de dos bandos, la derrota de uno y la represión posterior del bando ganador liderado por el militar Francisco Franco. Tampoco desconocía la existencia de un sistema político republicano en el momento en que estalló la guerra.

Pero desconocía datos importantes. De acuerdo con el nada sospechoso relato que hace Thomas de la situación política de España desde principios del siglo XX, resulta que el golpe militar de 1936, tuvo un preámbulo de intentos de golpe, rebeliones regionales e insurrecciones políticas. De forma que desde el establecimiento de la II república en 1931, la inestabilidad política española había ido en aumento.

Tres gobiernos en menos de cinco años tuvo la república: dos de izquierda y uno de derecha.  Sin contar el gobierno provisional que derrocó a la monarquía y convocó cortes constituyentes. Todos los gobiernos estuvieron fundamentados en alianzas de múltiples partidos con ideologías dispersas. El último fue del denominado Frente Popular, que contaba con diecisiete partidos diferentes y que dio una mayoría escueta a Manuel Azaña.

Con ese panorama convulso, en el que cada tendencia política defendía su ideología de forma tan apasionada que muchos no tenían reparos en apoyar la violencia, surgían conspiraciones de todo tipo para alcanzar el poder, más allá de la democracia. Desde en intento de golpe de estado de Sanjurjo, hasta la revolución fallida en Asturias, País Vasco y Cataluña de 1934, pasando por la persecución que la Iglesia Católica vivió desde 1931. También la cuestión nacionalista estaba candente.

Así, el 17 de julio de 1936, un día antes de lo previsto por los militares golpistas, se produce la sublevación en el Marruecos español, la cual es contestada por el gobierno dando origen a la guerra civil. La asonada no tenía justificación alguna, pero España era un polvorín a punto de estallar por algún lado en cualquier momento.

Otro dato importante y significativo es la participación extranjera en la guerra civil. Fueron unos 150.000 los foráneos que combatieron en España durante esos oscuros años. Del lado nacionalista unos 80.000 efectivos entre alemanes e italianos, mientras que los marroquíes fueron unos 75.000 hombres. Del bando republicano fueron unos 50.000 los combatientes extranjeros, compuestos principalmente por rusos, franceses, alemanes e italianos (eran las denominadas Brigadas Internacionales). En cuanto a los aliados de uno y otro contendiente, destacan Italia y Alemania junto a Franco. Por su parte los republicanos contaron con el apoyo de Rusia y Francia, entre otros.

España fue en determinado momento campo de ensayo de las potencias europeas en su preparación hacia la II Guerra Mundial. Especialmente por parte de Alemania y su temible Legión Condor y de Rusia que, además de exportar importante armamento, surtió al ejército republicano de mandos e inteligencia militar. Rusia fue la gran beneficiada de la guerra fraticida española, al recibir más de 600 toneladas de oro de parte del gobierno de Azaña. El famoso Oro de Rusia.

Aunque la guerra se prolongó durante algo más de dos años y medio (julio de 1936 – marzo de 1939), lo cierto es que España se dividió en pocos meses en dos y las batallas se sucedían únicamente en los frentes de avance. De este modo, el Levante, por ejemplo, apenas resintió las consecuencias de la batalla, concentrada en el norte y en el centro del país.  No obstante, todo el país sufrió una dura represión de parte ambos contendientes. Las víctimas de la retaguardia, fueron muy cuantiosas en los dos casos: consejos de guerra, checas, policías políticos, etc, fueron responsables de unas 130.000 muertes.

La victoria de los sublevados se debió, según Thomas, a la unión y la disciplina militar impuesta por los correligionarios de Franco. Por el contrario, entre los republicanos cundieron las disputas y las traiciones. Los rusos enviados a España se dedicaron, no sólo a asesorar y apoyar a las milicias republicanas, sino a perseguir a los que consideraban enemigos de Stalin.

La guerra se prolongó innecesariamente durante el último año por varios motivos. El primero, la falta de confianza de Franco para seguir avanzando hacia Barcelona después de la Batalla del Ebro. El segundo fue la estrategia de Negrín, basada en esperar que se produjera un conflicto europeo que permitiese internacionalizar aún más la guerra interna. La derrota republicana se precipitó debido al golpe de estado interno capitaneado por el coronel Segismundo Casado. Madrid cayó finalmente sin lucha, al igual que Valencia, que fue sede del gobierno durante gran parte de la contienda.

Hoy, ochenta años después, tampoco resulta fácil juzgar todo lo sucedido durante aquellos sombríos años. La frialdad del relato de Thomas me ayuda a comprender lo sucedido, a desentrañar un acontecimiento del que no cesa de hablarse en España. Comentarios casi siempre desde la militancia y, mucho me temo, desde el más profundo desconocimiento.


Sin duda, los 36 años de dictadura posteriores a la guerra civil, fueron un periodo negro que prolongó las consecuencias del conflicto y hace pensar a algunos que aún puede hablarse de revancha. Pero hoy los españoles no somos los mismos que protagonizamos aquellos terribles años. Aprendamos del pasado para no volver a vivirlo.