Nadie puede negar que Luis Guillermo Solís (LGS) está
cumpliendo a cabalidad con su promesa de establecer el Gobierno del Cambio en Costa Rica. El cambio ha sido más que
evidente, sobre todo en la forma de ejercer la máxima autoridad del país
durante estos casi cuatro años.

Cambió también LGS a los jerarcas del MOPT, con su brazo
armado el Conavi, o la piñata de la obra pública. No, no lo cerró, a pesar de
su cacareado compromiso de cierre. Ahí cambió poco, sólo los jerarcas que, como
los anteriores, hicieron de las suyas. Aún tenemos en la memoria la
adjudicación de la construcción del edificio del MOPT con un cartel que sólo
permitía presentarse a dos empresas.
En la DIS, que tampoco cerró, cambió a su director y puso a
su íntimo amigo Mariano Figueres, el cual ya sabemos que también modificó
algunas cosas sobre la forma de utilizar la inteligencia patria y, de paso, las
visitas a Casa Presidencial. Pero el que más sabe de estos cambios es Juan
Carlos Bolaños, hoy en prisión preventiva, que fue invitado de Zapote en
numerosas ocasiones. La versión oficial es que lo hizo para “abrir el duopolio cementero”, lo cual
nunca sucedió pero sí se enriquecieron unos cuantos de estos gobernantes del cambio.

Pero el cambio más profundo se ha producido en la forma de
interpretar el mandato popular por parte de LGS. La transparencia y la cercanía
han consistido en convertir la Presidencia de la República en una suerte de
espectáculo público diario. Miles de posteos en redes sociales, transmisiones
en vivo a diario para dar a conocer cualquier avance de obra, videos
propagandísticos varios, por no hablar del afán carnavalesco de LGS. Decenas de
disfraces nos ha mostrado el mandatario: bombero, piloto, ingeniero,
explorador, afrodescenciente y hasta imitador del comandante del Air Force One, con bomber y gorra, cada vez que el viento soplaba más fuerte de lo
habitual. No ha existido un gobierno más
atento a las señales meteorológicas que el de LGS.
El resultado del cambio
es un país fragmentado con un caldo de cultivo óptimo para el arribo de algún
líder populista -¿acaso no hasido el de LGS un gobierno populista?-. Una Costa
Rica en la que las redes sociales tienen más credibilidad de los debates en
sede parlamentaria o los discursos bien argumentados. Un déficit fiscal
galopante imposible de atajar sin una subida de impuestos y, en paralelo, un
recorte importante de la estructura estatal, incrementada por el cambio de sillones.
A pocos días de las elecciones, los costarricenses se
sienten confundidos ante la fragmentación del voto que auguran las encuestas. Los
debates principales, que rentan votos al populismo, poco tienen que ver con la
realidad de nuestro día a día como afanados trabajadores, profesionales o
empresarios. Sin embargo, lo que parece necesario es un Gobierno que ofrezca
estabilidad, medidas concretas, rigor presupuestario y que permita al país
seguir avanzando para mejorar la calidad de vida de los costarricenses. Medite
bien su voto… y su futuro.