8 de noviembre de 2012

Obama, la victoria de la “nueva” democracia


La reelección de Barack Hussein Obama como presidente de los Estados Unidos de América viene a ser, a mi juicio, la consolidación de la degeneración democrática que vive Occidente.  Son tres los principales factores que afectan de forma muy profunda a las raíces mismas de la esencia democrática, los cuales voy a desgranar con el ejemplo de las recientes elecciones estadounidenses. Hago la salvedad previa de que el ejemplo de las presidenciales americanas no es más que la culminación de un largo proceso de decadencia democrática y que existen distintos grados de tal descomposición. No es lo mismo el sistema democrático desplegado en los EE UU, que la partitocracia que se vive en muchos países europeos o la demagogia implantada en Venezuela.

El primer gran aspecto a considerar en este declive democrático, es la presencia de los denominados mainstream, es decir, los grandes esquemas de pensamiento que nuestra sociedad ha adoptado y que se convierten en verdaderos axiomas para el público en general. Hoy, gracias a su incorporación diaria por parte de la inmensa mayoría de los medios de comunicación y las redes sociales, su grado de asimilación social y la velocidad de la misma es elevadísima.

En este sentido, Obama encarna a la perfección el reflejo de estos mainstream. Pertenece a una minoría racial, sus discursos siempre deambulan por la cuerda floja de lo políticamente correcto –quizá el mainstream más asumido por la sociedad estadounidense-, mantiene una distancia prudente con la religión –especialmente con la de sus progenitores, la musulmana- y abraza cualquier dogma moderno que se le ponga por delante. Desde el asunto del cambio climático, hasta la defensa de los derechos de los animales.

La imagen de Obama en este particular es intachable a lo largo y ancho del Planeta. Los seguidores de las tendencias de lo políticamente correcto en el mundo lo adoran. Obama es todo, aunque como gobernante haya demostrado no ser absolutamente nada. Igualmente, de ahí que despierte tantas simpatías entre las filas de la izquierda europea o latinoamericana. Obama, el hombre que llevó la sanidad pública a los EE UU, el que comenzó a destruir las estructuras del país más liberal del mundo… y así.

El segundo aspecto que viene socavando la democracia, quizá en Europa y América Latina desde tiempos inmemoriales, es el (des)control del presupuesto público. Los gobernantes tienen en sus manos un ingente poder económico que utilizan a su antojo para mover voluntades electorales. Lo vimos hace cinco años en España, cuando el gobierno de Rodríguez maquilló la crisis elevando el gasto público hasta límites insospechados para mantenerse en el poder. Se observa continuamente por parte de los populistas latinoamericanos: Chávez, Correa, Ortega y demás testaferros del socialismo. Estos, sin el menor sonrojo, directamente compran votos a cambio de techos de zinc o tiques de comida entre las clases más desfavorecidas de los países que llevan gobernando desde hace años,  gracias a reformas constitucionales ad hoc, dicho sea de paso.

Obama no ha sido ajeno a este movimiento. Además de gastar ingentes cantidades de dinero público para frenar los efectos de la recesión, lo ha hecho de forma electoralmente planificada. Así, ha incrementado –y ha prometido aumentar más aún- las ayudas a estudiantes de bajos recursos, en su mayor parte pertenecientes a minorías. Ha realizado una inversión colosal para mantener la industria del automóvil en Detroit, prometiendo hacer lo mismo en Cleveland o Toledo, por ejemplo. Así, Obama se ha asegurado el triunfo en estados que no le eran tan favorables, como Michigan, Ohio, Wisconsin y Pensilvania.

El tercer factor es el protagonismo que están alcanzando las denominadas minorías. Me refiero así a estos estratos al comprobar que para los medios de comunicación las minorías son espectros poblacionales que alcanzan individualmente el 25 por ciento del censo electoral. Como los latinos en los EE UU. Incluso los afroamericanos, representan casi una sexta parte de la población norteamericana.

Es decir, que esas minorías no son tales sino a efectos de exigir un tratamiento diferenciado por parte de los candidatos. En el caso de Obama, su condición de afroamericano ya supone la alineación de la práctica totalidad de una minoría, que le viene garantizando unos 15 millones de votos, esto es, un 20% de la totalidad de los votos obtenidos.

Pero, ¿cómo afectan estos tres factores a la democracia?. En primer lugar, el efecto de los mainstream es claro y notorio cuando existe un elevado porcentaje de los votantes que fijan su mirada en el alineamiento de los líderes políticos con aquellos, amén del reflejo que los medios de comunicación vierten sobre el mismo.

En este sentido, Obama fue designado premio Nobel de la Paz sin motivo alguno. Posteriormente se ha granjeado una fama de líder moderado y políticamente correcto, volcado con las minorías e incapaz de entrar en guerra, que lo impulsan como favorito ante determinado público. Tal es el caso de los jóvenes, cuya preocupación más importante no es precisamente sacar una familia adelante. Obama es el gran favorito de los votantes menores porque su simpatía hacia las causas utópicas se ha quedado demostrada a base de golpes de efecto.

Un caso peculiar es el de la recién electa senadora por el estado de Massachusetts Elizabeth Warren. Profesora de Harvard e inspiradora del movimiento Occupy Wall Street –los indignados de Starbucks-, se autodenominó descendiente de los indios cherokees. Su discurso contra los ricos ha calado profundamente entre la población y le ha llevado a ganar el estatus de senadora. Este discurso supone un giro radical en un país en el que el esfuerzo y la superación personal, lejos de ser un pecado, producían admiración. Personajes como Warren, han cambiado drásticamente esa percepción entre la masa votante americana. Eso sí, esta señora nunca habla acerca del más de medio millón de dólares que se embolsa anualmente como conferenciante.

La utilización partidista de los fondos públicos no requiere de grandes explicaciones. Obama lo ha hecho con la maestría. Se ha dirigido exactamente a los segmentos a los que necesitaba convencer de cara a las elecciones: los estados industriales, a los que ha colmado de ayudas –y/o promesas- y a las minorías.

En un reciente viaje a los EE UU, una madre portorriqueña que trabaja en American Airlines me contaba que, a pesar de su tendencia republicana, iba a votar a Obama porque había prometido dar mayores becas para ir a la universidad. Que nadie me malinterprete, yo crecí recibiendo becas para estudiar, pero, ¿es el reparto de becas en los EE UU una política de estado para un país tremendamente endeudado o se trata de una artimaña electoralista?.

El efecto de las minorías es el más curioso de todos. En primer lugar porque cada día esas minorías son más mayoritarias. Pero sobre todo porque exigen un tratamiento diferenciado a nivel electoral. Desde incluir a un miembro de esas minorías entre el equipo de los que se postulan –o el propio aspirante-, hasta incorporar al discurso toda clase de guiños hacia las mismas.

Los candidatos tienen que satisfacer las demandas de los gais, por ejemplo, si quieren vencer en California. Proponer leyes migratorias flexibles para los latinoamericanos, si desean unos buenos resultados en Florida o Colorado. Poner a muchas estrellas del rock en los anuncios de campaña, si tienen la mirada puesta en los grandes núcleos de población en los que residen los jóvenes. O sortear una cena con George Clooney entre las señoras de entre 40 y 49 años que aporten fondos a la campaña.

En esta nueva democracia ya no cuentan los resultados. Por ejemplo, las deportaciones de latinoamericanos se han visto incrementadas de forma considerable durante la Administración Obama. Principalmente fruto de leyes federales que permiten a policías locales y estatales actuar como agentes federales migratorios. Y ello, a pesar de la incumplida promesa expresa de Obama de aligerar las leyes migratorias.

Sin embargo, el voto latino se ha volcado aún más con Obama que en 2008, dado que los republicanos son incapaces de quitarse el sambenito de ser contrarios a la inmigración. Además de la visión de los demócratas para poner en acción a sus equipos integrados por latinos que históricamente dominan la comunidad hispana.

El caso norteamericano, aún siendo una de las democracias más consolidadas y quizá menos polarizadas, está siguiendo los derroteros de otros países occidentales. Con el agravante de que es el país en el que más rápidamente los mainstream son asumidos por la sociedad y la nación con mayor cantidad de ciudadanos que pertenecen a una u otra minoría.

Los efectos van más allá de lo electoral. El uso indiscriminado del presupuesto público con fines veladamente electoralistas, la criminalización progresiva de la riqueza o la preponderancia de las minorías son factores que siembran serias dudas acerca del futuro de los EE UU como líder de este nuestro Occidente, tan deteriorado.

 
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