
Ahora que se acerca la entrega de los premios más importantes del cine mundial, a mi me gustaría saber cuál va a ser el comportamiento de los cada día más habituales artistas españoles que son invitados a la fastuosa gala. Este año el turno le toca como nominado a Javier Bardem, hijo de Pilar Bardem -¡cómo viste el apellido materno!-. Tengo la esperanza de que podamos verlo lucir un espectacular esmoquin –estas prendas siempre son espectaculares, salvo excepciones que rozan lo indecoroso- mientras recoge una estatuilla dorada.
Pero he de confesar que he perdido la esperanza de verlo pasear por la alfombra roja con una pegatina pegada en el pecho que diga “NO A LA GUERRA”. Y me encuentro desconsolado. No creo que lo haga porque probablemente allí, en los Estados Unidos, en donde los intelectuales que dirigen o actúan tienen en cuenta que viven del público que va a ver sus películas. Y, en caso de que Javier Bardem apareciese con una de esas pegatinas, no lo volverían a contratar ni para limpiar los platós.
En España es otra cosa. Aquí, a los que llevaron la pegatina en la patética gala de la alfombra verde con marca de güisqui, luego los compensaron con suculentas subvenciones. La taquilla es lo de menos. El cine es un arte y, por tanto, hay que mantenerlo a toda costa. Para los que no tengan muy claro el concepto de “subvención” en esto del cine les comento que no sólo el Ministerio de Cultura las otorga. El ingente déficit de RTVE se encarga de ayudar mucho. Acuérdense de mi cada vez que vean el logotipo del ente público en un cartel de una película o en los créditos finales.
Claro que realizar este análisis desde el punto de vista de las subvenciones sería un error. En España el público respalda este tipo de iniciativas/protestas. Ni que decir los compañeros de profesión, tan solidarios ellos. Cuando Alberto San Juan pidió el cierre de la Conferencia Episcopal –cosa que tampoco haría al recoger el oscar, mayormente porque a este si lo invitan algún día será para que barra el suelo después de la gala-, sus compañeros de profesión, esto es, los recaudadores de subvenciones, lo aplaudieron mucho.
No son sólo los depredadores del presupuesto del Estado los que se sienten reconfortados con la pegatina de turno y con las proclamas anti-eclesiásticas, por otra parte tan manidas desde lo de la Mala Educación. Miles de españoles de a pie sonrieron al escuchar al actorcillo. Porque en España lo progre sigue vendiendo, y mucho. Ser anti-clerical confiere a muchos de mis paisanos una actitud rebelde, transgresora, decididamente izquierdista. Ser de izquierdas y religioso es casi un pecado mortal en la lógica guerracivilista de los parásitos fiscales que van a estas galas. Tan sobrados ellos. Lo que se lleva es el ateísmo practicante, elevado a los cielos de lo políticamente correcto.
Pero esta izquierda mediática, tan de pose, tan de rebaño de seguidores ciegos, tan de odios preconstitucionales, a la hora de lucir palmito no escatima en gastos. Desde los trajes de Dior a los esmóquines de Armani. Viajan en primera clase y sólo beben Vega Sicilia y Dom Pérignon. Por eso todos estos, cuando van a la Meca del Cine, se vuelven muy políticamente correctos, es decir, que ni por casualidad se les ocurre hablar de política. Es que allí lo que manda es la taquilla no las subvenciones.
Bardem en España sacaba pecho anti-bélico porque sabía que no lo iban a dejar de contratar. Al contrario. Ganó adeptos entre la adocenada masa de la izquierda moderna. Esa que no vivió la Guerra Civil, pero que la extraña mucho. El candidato a la estatuilla en España luce anti-americanismo en santa compaña de su madre, líder espiritual del movimiento y, a la sazón, actriz secundaria en una serie de TVE. Ese mismo anti-americanismo que se tiene que tragar ahora cada vez que se pasea por las alfombras “imperialistas”, que diría Fidel Castro, a la sazón dictador retirado de Cuba.
Ojalá que le den el premio y que tenga los arrestos de gritar contra el propio Bush. Yo me espero lo primero, pero no me creo lo segundo.