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30 de mayo de 2020

Los equidistantes

Cada vez que se produce una situación de crisis o enfrentamiento político los vemos aparecer. Invariablemente los vemos exhibiendo una suerte de superioridad moral que les permite situarse por encima de las circunstancias. Ellos no culpan a nadie, por eso mejor los culpan a todos, sean o no responsables. Su frase favorita es “los políticos no están haciendo lo que les pide la gente”. Así, con esa especie de eufemismo que es el sustantivo totalizador políticos, se logra una equidistancia total. Ni critican ni dejan de criticar, ni dan la razón ni la quitan. Se mantienen equidistantes.

Los equidistantes nunca votan, en apariencia. Es evidente que votaron a los que gobiernan, que son inevitablemente los que comenten los errores, como corresponde en democracia, pero lo niegan como bellacos. Sabedores de que no pueden defender lo indefendible adoptan esa posición y hablan de los políticos o la clase política. Meten en el mismo saco al que erró que al que señala el yerro. Al que mató que al que pone de manifiesto el crimen. Al que mintió que al que utiliza la mentira para poner en evidencia al mentiroso.

A los equidistantes no les importa que un señor diga en campaña electoral que jamás cobrará 4.000 euros del erario público por ser “injusto”, pero a los tres meses empiece a cobrarlos sin el menor pudor. Les parece simpático un tipo que el 30 de enero de 2020 decía “en España habrá, si acaso, algún caso aislado de coronavirus” y ahora no es capaz de asumir los más de 40.000 muertos causados por su falta de previsión, sino que se decida a falsear datos a diario o a dar lecciones de técnica epidemiológica. O lo que es peor, por su servilismo canalla. Aplauden en privado los equidistantes que un político sea capaz de firmar un pacto con los que hace unos años brindaban por el asesinato de sus compañeros de partido.

No, queridos equidistantes, un político que miente, que se jacta de asesorar a dictadores, que insulta a los que defienden su lujosa casa, no es digno de ser incluido en esa masa uniforme a la que llaman nuestros políticos. Un señor que emitió criterios, amparado en su saber científico, a sabiendas de que eran erróneos y podían causar la muerte de miles de personas no es una buena persona. Y un líder político que firma un documento para seguir en el poder con los que asesinaban a los que hicieron posible su partido no es un político cualquiera. 

Si para ustedes, amigos equidistantes, se puede mirar para otro lado para no ver la mentira, la falsedad, la iniquidad y el crimen, están en su derecho. Sin embargo, eso no los hace mejores personas, sino cómplices de todo lo que dicen abominar. Ustedes serán los culpables de todo lo que pueda suceder a partir de su apoyo implícito a los actos de ignominia cometidos por los políticos a los que dieron su voto y ahora quieren blanquear con esa actitud de grandeza de espíritu. Ustedes saldrán de sus escondrijos de falsa ecuanimidad para, cuando España quiebre -o algo peor-, acusar y ahí se acordarán de su equidistancia, o se la recodaremos los demás.

28 de marzo de 2020

El lobo y el coronavirus

¡Qué viene el lobo!. Gritaban hace meses, quizá años, pero no quisieron escuchar.

A finales de enero veíamos como Italia y China estaban sumidos en la pandemia, pero unos miraban para otro lado y otros hacían chistes en las tribunas televisivas y digitales del régimen. De ese régimen joven y siniestro instaurado en diciembre. Digo siniestro por lo izquierdista, no vaya a ser que alguien crea que voy a romper yo ahora mi corrección política. Inexistente por otro lado.

Mientras se amontonaban los cadáveres en Wuhan y en Italia empezaban a cerrar tratorías, que son las ventas de España, un hombre peludo, con voz de tertuliano sabio de la crónica rosa y con pinta de profesor universitario buena gente se hacía famoso. "Aquí no pasa nada", decía el tal Simón con una sonrisa pícara, esa que ponía el profesor de Historia cuando contaba alguna maldad de los Habsburgo.  "Si acaso, algún caso aislado", repetía por si acaso a alguien no le había quedado claro que aquello era un virus de temporada, una gripe pasajera, un catarro de primavera.

Así, los españoles continuaron con su vida de calle, de bares, de fútbol -de clásico, ¡menuda horterada!- y de manifa en aquella primavera adelantada y cortísima. Y el lobo seguía suelto mientras el virus campaba por su respetos. En los campos de la Liga de las Estrellas, en los conciertos del artista del momento, en ARCO, que es la feria de los marchantes de arte y los políticos a expensas de los artistas consagrados y los que buscan consagrarse. Y, por supuesto, en el agit-prop que ahora es patrimonio del régimen y no del pueblo. El 8 de marzo ya había siete muertos por coronavirus en España, pero seguro eran viejos de esos que votan a la deresha, que decía el malogrado Alfonso Guerra.

Una semana de vino, rosas, furbo y propaganda fue suficiente para que el virus tumbara a un país de cerca de 50 millones de almas. En una semana Simón no intuía lo famoso que iba a ser, por mucho que recibiera decenas de llamadas al día. De aquellos polvos vinieron estos muertos -5.812 cuando escribo estás líneas-.

Desde ahí todo es una nebulosa de enfermedad, muerte y encierro, trenzada en el pelo anillado de Simón, bajo la mirada afilada y risueña de José Luís Ábalos y el gesto peliculero de Pedro Sánchez, que procura no salir nunca con ellos, para no contagiarse. Pero el que contagia es él. Un salto al vacío de un país al que el coronavirus despertó de un largo sueño, aunque quizá no haya despertado, sino que haya mutado en pesadilla, que no es lo mismo que estar despierto.

Ahora, los que no quisieron ver venir al lobo, conviven plácidamente con él y se enfrentan a la duda existencial de otra fábula: la de los dos conejos. Así, entre ellos se preguntan sin son galgos o son podencos, es decir, si es lo público o lo privado lo que importa para sacarnos del atolladero. Mientras, el lobo sigue haciendo de las suyas, riéndose a carcajadas mientras escucha la diatriba de los conejos. Y Simón continúa saliendo cada día, con su camisa a cuadros de funcionario aseado, pero con la cara cada vez más cansada por los infectados y las infectadas, por los muertos y las muertas.

Va a ser complicado acabar con el coronavirus en España, sobre todo porque el lobo está en el Gobierno.