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30 de mayo de 2020

Los equidistantes

Cada vez que se produce una situación de crisis o enfrentamiento político los vemos aparecer. Invariablemente los vemos exhibiendo una suerte de superioridad moral que les permite situarse por encima de las circunstancias. Ellos no culpan a nadie, por eso mejor los culpan a todos, sean o no responsables. Su frase favorita es “los políticos no están haciendo lo que les pide la gente”. Así, con esa especie de eufemismo que es el sustantivo totalizador políticos, se logra una equidistancia total. Ni critican ni dejan de criticar, ni dan la razón ni la quitan. Se mantienen equidistantes.

Los equidistantes nunca votan, en apariencia. Es evidente que votaron a los que gobiernan, que son inevitablemente los que comenten los errores, como corresponde en democracia, pero lo niegan como bellacos. Sabedores de que no pueden defender lo indefendible adoptan esa posición y hablan de los políticos o la clase política. Meten en el mismo saco al que erró que al que señala el yerro. Al que mató que al que pone de manifiesto el crimen. Al que mintió que al que utiliza la mentira para poner en evidencia al mentiroso.

A los equidistantes no les importa que un señor diga en campaña electoral que jamás cobrará 4.000 euros del erario público por ser “injusto”, pero a los tres meses empiece a cobrarlos sin el menor pudor. Les parece simpático un tipo que el 30 de enero de 2020 decía “en España habrá, si acaso, algún caso aislado de coronavirus” y ahora no es capaz de asumir los más de 40.000 muertos causados por su falta de previsión, sino que se decida a falsear datos a diario o a dar lecciones de técnica epidemiológica. O lo que es peor, por su servilismo canalla. Aplauden en privado los equidistantes que un político sea capaz de firmar un pacto con los que hace unos años brindaban por el asesinato de sus compañeros de partido.

No, queridos equidistantes, un político que miente, que se jacta de asesorar a dictadores, que insulta a los que defienden su lujosa casa, no es digno de ser incluido en esa masa uniforme a la que llaman nuestros políticos. Un señor que emitió criterios, amparado en su saber científico, a sabiendas de que eran erróneos y podían causar la muerte de miles de personas no es una buena persona. Y un líder político que firma un documento para seguir en el poder con los que asesinaban a los que hicieron posible su partido no es un político cualquiera. 

Si para ustedes, amigos equidistantes, se puede mirar para otro lado para no ver la mentira, la falsedad, la iniquidad y el crimen, están en su derecho. Sin embargo, eso no los hace mejores personas, sino cómplices de todo lo que dicen abominar. Ustedes serán los culpables de todo lo que pueda suceder a partir de su apoyo implícito a los actos de ignominia cometidos por los políticos a los que dieron su voto y ahora quieren blanquear con esa actitud de grandeza de espíritu. Ustedes saldrán de sus escondrijos de falsa ecuanimidad para, cuando España quiebre -o algo peor-, acusar y ahí se acordarán de su equidistancia, o se la recodaremos los demás.

23 de agosto de 2017

¿Por qué Cataluña?. Reflexiones sobre el atentado de Barcelona.

Después de muchos años el terrorismo islámico vuelve a golpear con fuerza a España. De nuevo en una de sus grandes ciudades y buscando una masacre de grandes proporciones. Desde la tragedia de 2004, España había permanecido inmune a este tipo de atentados. En gran parte gracias a la experiencia adquirida durante décadas de lucha contra la banda asesina ETA, hoy en vías de desaparición, por parte de los cuerpos de seguridad españoles.

Ante este tipo de ataques indiscriminados da la impresión, visto lo sucedido en La Rambla barcelonesa,  que nadie está a salvo. No obstante, el atentado del pasado jueves, que se cobró la vida de 15 seres humanos inocentes, nos lleva a reflexionar más allá de las noticias que se producen al calor de los acontecimientos. Un análisis que nos lleva a pensar si la infalibilidad de la seguridad convencional es suficiente.

Lo primero que aprendo después del criminal acontencimiento es que en Cataluña viven más de 500.000 musulmanes –más de 200.000 son marroquíes-, representando un 7 por ciento del total de la poblacion catalana. Se trata de la primera comunidad autónoma española con más población de esta tendencia religiosa, seguida muy de lejos por Andalucía que apenas llega a los 300.000 residentes musulmanes, en donde apenas representan un 3,7 por ciento de los ciudadanos.

Una cifra que, aislada, nada tiene de particular. Por eso hemos de indagar más y saber que hace quince años el número de musulmanes en Cataluña era de apenas 30.000. A pesar de la dura crisis económica vivida en España, el número de inmigrantes musulmanes en Cataluña no ha cesado de crecer. Las causas se deben a dos factores fundamentales: la erradicación progresiva del castellano y la promoción de la inmigración marroquí.

Las políticas lingüísiticas emprendidas por los diferentes gobiernos catalanes a lo largo de los 20 últimos años, han ido profundizando en una paulatina eliminación del español en todos los ámbitos de la vida. Comenzando por los puestos de trabajo a los que aspiran los recién llegados y continuando por las escuelas en las que los hijos de los inmigrantes se inscriben.

Esto motiva que, a diferencia del resto de España, para los inmigrantes latinoamericanos, mayoritarios en la totalidad de la geografía nacional, se dificulta acceder por motivos lingüísticos a un puesto de trabajo. Dicho de otro modo, para un ecuatoriano, colombiano o argentino es mucho más fácil iniciar una nueva vida en un lugar en el que se habla su lengua materna que en uno en el que tiene que aprender un idioma nuevo.


Pero la causa más importante de la masiva llegada de musulmanes a Cataluña, parecen ser las campañas activas emprendidas por el nacionalismo catalán para atraer a ciudadanos marroquíes. Su precursor más significativo fue el ex ERC Angel Colom que, tras pasarse a las filas de CDC, inició todo un periplo “diplomático” en Marruecos para beneficiar la inmigración del país magrebí a Cataluña.

El fin de esta estrategia era generar una masa crítica de ciudadanos de origen musulman catalanizados para profundizar en el proceso separatista. El propio Colom llegó a afirmar que "no se puede construir un Estado catalán sin la participación de los catalanomarroquíes". En 2012 creó con el apoyo de la Generalitat la fundación Nous Catalans, dedicada a hacer proselitismo del independentismo entre la población inmigrante en Cataluña. La fundación cerró sus puertas el año pasado tras una larga lista de escándalos. Destaca en el historial de político de Colom –involucrado en el caso de corrupción del Palau de la Música- la deportación de su mano derecha, el marroquí Noureddin Ziani, por su vinculación con el yihadismo.

Llegados a este punto entra en juego la relación entre todo este movimiento político-migratorio con la consideración, por parte de los servicios de inteligencia de medio mundo, de Cataluña como uno de los focos más importanes del yihadismo en Europa. Un dato clave es que el 75 por ciento, de las mezquitas radicalizadas -79 mezquitas salafistas, según datos de los propios Mossos d´Esquadra-  existentes en España, se encuentran en territorio catalán. Sin ir más lejos el imán de la mezquita de Ripoll era uno de los terroristas –muy probablemente el líder de la célula- involucrados en los sucesos del 17 de agosto.

Con este panorama, el cual parece ser tabú en los medios de comunicación más leídos de España. El atentado de La Rambla se enmarca lejos de esa afirmación que hacía la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, “está claro que nadie está a salvo y un hecho así puede ocurrir en cualquier lugar”. En Cataluña parece que el caldo de cultivo para un suceso como este, desgraciadamente, se fue gestando a lo largo de los años.


No faltará quien trate de encontrar un tufo de islamofobia en estas líneas. Nada más lejos de la realidad. El islamismo es una religión basada en el amor al prójimo como lo son el resto de religiones monoteístas mayoritarias. El asunto es que dentro de sus filas el radicalismo crece y se esconde con total impunidad. Quizá deberían ser los musulmanes de bien, muy posiblemente víctimas en estos tiempos que corren del miedo y la amenaza, los que dieran un paso al frente para ayudar a las fuerzas de seguridad a erradicar esta lacra del siglo XXI.

22 de junio de 2017

De la nueva relatividad moral

No cabe duda de que vivimos en una época extraña. Un tiempo en el que la relatividad moral se ha adueñado de la escena pública sin ningún reparo. En el que los derechos humanos se relativizan sin sonrojo a conveniencia de intereses espurios.

Así, nos encontramos con paradojas como el contínuo reproche a cualquier actitud o insinuación que tenga un lejano atisbo de machismo. Eso tiene validez siempre y cuando el presunto machista sea occidental y, además, pertenezca a algún grupo sospechoso de no comulgar con las tendencias globales de lo políticamente correcto. Si esto ocurre el emisor del mensaje puede ser vilipendiado, valupeado e insultado sin sonrojo.

La relatividad moral se pone de manifiesto cuando los vilipendiadores del supuesto machista, no tienen empacho a la hora de simpatizar con regímenes autoritarios que someten a la mujer en sus sociedades. Más aún si el régimen de turno extiende pingües subvenciones a favor de las actividades propagandísticas de los defensores de esta nueva moral occidental.

Tres cuartos de lo mismo ocurre cuando algunos políticos, abanderados de los derechos de los homosexuales, resultan ser acérrimos defensores de dictaduras que aplastan esos mismos derechos de forma sistemática. No olvidemos la admiración que sienten –siempre desde la comodidad de la democracia occidental-, todos estos impulsores de la nueva moral pública por el régimen de la familia Castro en Cuba.

Algo parecido sucede con los derechos de los trabajadores, los parados o los más necesitados. Siempre son los demás, los reaccionarios, los que los violentan de forma sistemática. Pero la realidad es tozuda y nos muestra a los líderes de esos movimientos sociales (sic) en su actuar fuera de cámaras y de redes sociales como verdaderos déspotas. Verbigracia ese gran líder argentino que no pagaba la seguridad social a su asistente doméstico. Por no hablar del nepotismo ilustrado que copa los puestos públicos en aquellos lugares en los que gobierna cualquiera de estos predicadores de la nueva moral.

Muchos se rasgan las vestiduras por los derechos de los animales. Algunos incluso los tratan como a seres humanos -¡cuánto daño ha hecho Disney a nuestra tierna y acomplejada conciencia colectiva!-.  Pero no tenemos reparo a la hora de justificar o incluso sentir cierta simpatía por los actos terroristas contra seres humanos. No extraña ver a los propietarios de la verdadera moral moderna, ensalzar la figura de terroristas. Incluso los admiten en sus filas con regocijo.

Cualquier intento de un gobierno democrático por regular derechos como la libertad de expresión o libre movimiento de los ciudadanos es criticado, como no puede ser de otro modo, de forma unánime y contundente. Pero mucho cuidado con criticar la represión brutal a la que los regímenes de izquierda someten a su pueblo. Los líderes bolivarianos, por ejemplo, pueden cerrar medios de comunicación contrarios al régimen, apalear manifestantes o encarcelar opositores a su antojo. No hay problema. La mera adscripción a las tendencias morales globales les exime de su cumplimiento.

Algo igual sucede con la división de poderes. Las democracias occidentales, con sus mejorables sistemas de elección de poderes siempre serán, a los ojos de los apóstoles de la nueva moral, sistemas represivos en manos de las oligarquías. Por el contrario, la inexistencia de división de poderes de sus admirados –y benefactores- regímenes dictatoriales, ejercen siempre el poder estatal a favor de los más desfavorecidos.

Y así, sin darnos cuenta, vamos cayendo en el juego terrible de esa doble moral de la que acusábamos al clero en los tiempos del franquismo: “Haced lo que yo os diga, pero no hagáis lo que yo hago”. Lo mejor de todo es que la compramos, la hacemos propia y la divulgamos mediante inocentes videos con grandes letras en nuestros muros en redes sociales. Y cuídese el amable lector de no hacerlo, de no apoyar alguno de los aspectos generalmente aceptados por esta nueva -y relativa- moral, porque puede ser tachado de insolidario, fascista, reaccionario...

29 de julio de 2016

Una minoría políticamente incorrecta

Tengo que confesar varias cosas. Soy varón, caucásico –sin el cuello rojo-, heterosexual y católico, voy a misa los domingos. Además me gusta el toreo, no soy vegano, no consumo productos órganicos de forma sistemática y tampoco tomo cerveza artesanal, de hecho casi no tomo cerveza. No pertenezco a ninguna ONG y tampoco soy activista de nada, que yo sepa. Dicho de otra forma, no formo parte de ninguna minoría.

Pero nada de eso supone una gran revelación. Mi mayor confesión es que no siento ninguna simpatía, así, de entrada, por las causas políticamente correctas. Los asuntos que se tratan en la vida pública son complejos y no se pueden simplificar con un sí o un no, por mucho que la presión de la opinión pública nos lo reclame.

Si me hablan del cambio climático, estoy convencido de que hay que preservar el medioambiente, pero sin aspavientos y con ejemplos concretos. La realidad es que estamos destruyendo el planeta, pero el ritmo de destrucción se ha visto aminorado de forma importante a lo largo de los últimos años. Sobre todo gracias a importantes avances tecnológicos y a los cambios en el grado de industrialización que estamos viviendo. Ya Al Gore nos demostró que escribir libros y publicar videos de ciencia ficticia sobre el tema, a la vez que se paseaba por el mundo emitiendo CO2 con su avión privado, es rentable.

Si leo sobre el enorme problema de los desahucios de viviendas en España, creo que hay que analizar caso por caso. Es curioso que para un fenómeno que tantas portadas ha generado, no existan datos exactos de cuántas personas se han visto forzadas por los cuerpos de seguridad del Estado a abandonar su vivienda habitual por impago. Los activistas antidesahucios, aún sin datos, nos dejan claro que, detrás de su altísima preocupación por los que no pagan su hipoteca, hay una agenda política paralela, cuando no, una forma de vida a cuenta de los presupuestos del Estado.

Si me preguntan por el control de armas de fuego en los EE UU, les recomiendo ver las estadísticas de personas que mueren en ese país como consecuencia de un balazo: 10,54 muertos por cada 100,000 habitantes en 2014. España tuvo 0,62. Hablan por sí solas.

Si el tema es el maltrato animal soy contrario a la violencia gratuita contra los animales. Pero admiro el arte del toreo, una cultura que tiene al animal en su cúspide, lo cual no entienden sus detractores. Menos aún los que jamás se han acercado a conocer cómo vive y cómo muere el toro de lidia. Tampoco me interesan las luchas civiles en pro de los animales, cuando hay tantos humanos sufriendo en el mundo.

Si escucho hablar de la discriminación hacia las mujeres, igualmente creo que no se puede generalizar. ¿Existen menos mujeres en cargos importantes en el ámbito público y privado que hombres?. Sí. Al igual que la población reclusa masculina en España es casi 13 veces superior a la femenina. No, no somos iguales. Pero si queremos defender la igualdad entre sexos, quizá debamos empezar por dejar de permitir el trato de inferioridad, casi de esclavitud, que algunas culturas dan a las mujeres.

Vivimos, los occidentales, en el nivel de vida más alto de la Historia. Ni los reyes ya en el siglo XIX contaban con las comodidades a las que puede acceder cualquier individuo de clase media hoy en día. El grado de libertad de las personas es altísimo. Podemos votar a nuestros representantes, informarnos libremente, buscar en Internet cualquier dato, opinar sobre cualquier asunto, etc. Todo esto lo consideramos absolutamente normal cuando vivimos amparados bajo la democracia capitalista de Occidente.

No obstante, continúan existiendo fuertes desigualdades en nuestra sociedad, aunque quizá no tan agravadas como las que vivían nuestros antepasados. Sobre todo cuando la mayoría de los estados occidentales ponen todos los medios a su alcance para que los ciudadanos tengan sus necesidades básicas cubiertas. Subsidios, ayudas, subvenciones, servicios gratuitos, apoyo social, etc. A todo ello también se ha ido acostumbrando la gente, especialmente en Europa. Muchos piensan que determinados privilegios del sistema democrático capitalista son derechos irrenunciables.

Sin embargo, también existen amenazas al estilo de vida libre y acomodado de Occidente. Muchas de esas amenazas proceden precisamente de la fuerza que las minorías, defensoras de lo políticamente correcto, han ido alcanzando en nuestra sociedad. Estas han ido ganando poder y generando conciencias parcializadas acerca de determinados aspectos de nuestro estilo de vida.

Lo políticamente correcto surge como una nueva forma de cercenar la libertad de los individuos, que sienten el deseo de agradar a todas y cada una de las minorías que nos señalan lo que es moralmente aceptable y lo que no. Nos sentimos culpables por comer carne, por ver espectáculos incorrectos, por tener un determinado color de piel, e incluso porque asesinen a decenas de nuestros semejantes individuos que “no lograron integrarse en nuestra sociedad” libre y democrática, como alguien decía por ahí tras el reciente atentado yihaidista de Niza.

Nuestras preocupaciones ya no son alimentarnos, tener un techo y vestido, sino que tenemos ambiciones y perseguimos objetivos mucho más complejos. Estos nobles fines que inspiran a los firmes seguidores de lo políticamente correcto, no pueden contemplar ningún atisbo de ataque hacia lo que somos como civilización occidental. No pueden crear una culpabilidad que nos englobe a todos como sociedad, imperfecta, por supuesto, pero libre, democrática y plural.


No nos dejemos culpabilizar, no nos dejemos amedrentar. Aunque seamos, como yo me declaro, miembros de una minoría políticamente incorrecta.

24 de mayo de 2016

Por qué las minorías decidirán las próximas elecciones

Una señora de unos 32 años reclama en un programa de televisión su derecho a pasear en andas una vagina de gomaespuma de algo más de un metro de alto, por el centro de Málaga y gritando insultos hacia la Iglesia Católica. Ataviada como si aún siguiera en sus años universitarios, la activista afirma que está imputada penalmente porque “en España la Conferencia Episcopal continúa teniendo un poder que sobrepasa las leyes”. Candidata al Congreso de los Diputados por Podemos en Málaga.

Un señor con 40 años toma la palabra en la Diputación Provincial de Granada para afirmar que “Arnaldo Otegui es un preso político”, “un hombre clave para la paz en el País Vasco”. Entretanto confía en que la Guardia Civil “se convierta en una institución democrática”. Diputado Provincial por IU, hoy Unidos Podemos.


Ambos han construido sus vidas recientes en torno a este tipo de causas reivindicativas. Sólo hay que visitar sus perfiles en la redes sociales para comprobar el grado de exaltación que sienten por sus causas: feminismo y guerracivilismo, respectivamente.

En este activismo se insertan gran cantidad asuntos que poco o nada tienen que ver con los grandes problemas del Estado: desahucios, maltrato animal, memoria histórica, apoyo o rechazo al aborto, apoyo o rechazo a la inmigración, etc.  Asuntos que, en cierta medida, generan importantes filias pero que no pueden ser asumidos de forma clara y contundente por los grandes partidos.

¿Cuántos votos perdería el PSOE si apoyara la abolición de las corridas de toros?. ¿Cuántos votos perdería el PP si cerrara las puertas a la Ley de Memoria Histórica?. Los grandes partidos no pueden asumir el coste político de tomar una determinada posición frente a temas aparentemente irrelevantes para el conjunto de los ciudadanos.

La repercusión mediática de lo políticamente correcto es muy elevada. Tanto que las minorías han ido ganando espacios cada vez más amplios en el imaginario común de los votantes. Imponiendo opiniones que hace unos años nos hubiesen parecido descabelladas.

Sin embargo, existen partidos políticos que son conscientes del poder de las minorías y han sido capaces de mimetizarse con ellas para obtener su favor. Así, la suma de las minorías –cegadas por su activismo militante- conforma una mayoría inaudita en España. Una mayoría que lleva a compartir bandera a los militantes del sindicato del PER en Andalucía, con los del Espanya ens roba en Cataluña. Que cubre bajo un mismo techo a altos cargos de las administraciones públicas y a personajes que dedicaron parte de su vida a aplaudir y brindar por cada crimen de la banda armada ETA.

Todo vale para alcanzar el poder. Una vez logrado, todo son símbolos, gestos, detalles, guiños, payasadas en sede parlamentaria o consistorial para que los adeptos continúen unidos. Al fin y al cabo, en eso consiste el activismo en apoyar una causa, aunque la causa deje de estar vigente. En votar a ciegas mientras la papeleta lleve en su discurso la justa causa a la que han dedicado su blog, su muro en Twitter, su vida.


España enfrenta retos mucho más allá del Toro de la Vega, de la procesión del coño insumiso, del uso de la estelada en un partido de fútbol.  Retos que tienen que ver con la ausencia de un rumbo claro y común en asuntos como la educación, la sanidad, las infraestructuras o nuestra posición en el mundo. Pero serán las causas de las minorías las que decidan quién nos gobernará en los próximos años, no les quepa la menor duda. Al fin y al cabo, una importante mayoría de los votantes no tiene nada que perder... o eso creen ellos.

16 de mayo de 2016

Esta izquierda... (sé que no lo van a leer)

En estos días hemos asistido a la defunción del agónico Partido Comunista de España (PCE) y sus secuelas, agrupadas bajo diversos acrónimos. Los comunistas en España son una suerte de grupo marxista-leninista que se resistía a su extinción. Su resultado electoral del 20 de diciembre fue el epílogo de una historia de fracaso.

Pero ese grupo minoritario, que nunca logró un resultado electoral memorable, era el reflejo de una sociedad en la que aún existían varios centenares de miles de ciudadanos de una izquierda nostálgica y bizarra. Ahora las cosas han cambiado y esa minoría de izquierdas se transforma en una nueva mayoría que ha fagocitado sin complejos a esos nostálgicos del PCE y sus socios.

Resulta curioso que haya nacido un partido político en España que, con un discurso similar e incluso más agresivo que el del PCE, logre resultados tan importantes como los que consiguió Podemos en diciembre. ¿Qué ha cambiado para que una sociedad que nunca apoyó al trasnochado PCE apoye masivamente a una opción más a la izquierda?.

Quizá el primer factor sea la aparición en España, bajo la excusa de la crisis económica, de un resentimiento social desconocido hasta el momento. En España hemos pasado de ser un país de éxito, a aborrecer cualquier atisbo de éxito por parte de cualquiera de nuestros paisanos. El éxito ha sido transformado por los medios de comunicación en un sinónimo de ambición pre-crisis, de capitalismo salvaje, de corrupción.

Podemos ha capitalizado el discurso de este resentimiento basado en la antigua dicotomía comunista de los pobres contra los ricos. Como si tener éxito, ser un profesional reconocido o simplemente ser un empresario próspero fuera lo mismo que ser un evasor, un ladrón, un corrupto. Es la pobreza mental de la suma cero del comunismo: si alguien gana algo es porque otro lo pierde.

El siguiente ingrediente fundamental han sido los cacareados recortes del Estado de Bienestar en España. La realidad es que en España el Estado apenas ha visto reducirse su tamaño en los ocho años que dura ya la crisis económica. Ni se han producido despidos masivos de empleados públicos, ni las administraciones han dejado de gastar decenas de miles de millones de euros en partidas que en poco o nada se traducen en servicios públicos esenciales: salud, educación, infraestructuras, justicia o seguridad. Al contrario, ha sido la inversión pública la que ha sufrido mayores recortes con los consiguientes efectos sobre el sector privado.

Sin embargo, la tímida reducción del gasto público ha sido aprovechada por esta nueva izquierda para multiplicar su influencia en una sociedad cada vez más sensible a los asuntos públicos relacionados con el gasto. El efecto exponencial de este factor ha sido la corrupción. Cualquier caso de corrupción pública ha sido convertido en una palanca para hacer creer que el dinero de la corrupción estaba relacionado con los recortes: “Ellos roban y nos recortan a nosotros”.

Es ese ellos contra nosotros el principal movilizador de esta izquierda. Se busca la confrontación política, la división social y se inventa la segregación económica. De ahí que prácticamente no tengan propuestas reales en su programa más allá de buscar el revanchismo hacia los otros. Para ello no han dudado en apuntarse a la vieja teoría de las Dos Españas y afiliarse –a pesar de su juventud- al bando políticamente correcto para resucitar la contienda en la búsqueda de nuevos adeptos.

A lo anterior hemos de sumar la indisimulada doble moral de esta izquierda: enchufismo, apoyo al independentismo, alineación con el entorno pro-etarra, etc. Colocaciones indiscriminadas de sus correligionarios –incluidos familiares- en aquellos lugares en los que gobiernan. Doble discurso sobre la unidad de España y apoyo a los referendos de independencia. Resucitan los muertos de la Guerra Civil pero pretenden que olvidemos a los asesinados por ETA. Estos factores suman votos ante un electorado cada vez más influenciable por las redes sociales. Las redes promueven una especie de activismo militante en determinados temas, de forma que el votante no mira el panorama general, sino cuál es el partido que se alinea con mi causa. Es la victoria de las minorías de la que hablamos aquí.

Esta es la izquierda que logra resultados en España y que está cerca de formar opción de Gobierno. Esta es la izquierda de la ruptura de cerca de cuarenta años de convivencia pacífica y tolerante entre españoles. La izquierda que está haciendo buenas las palabras de Napoleón Bonaparte: “A la mayoría de los que se sienten oprimidos, no les importaría ser opresores”.