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24 de julio de 2020

Coronavirus, información y estupidez


A los que les gusta el tono apocalíptico, esos que no se quitan la nueva normalidad de la boca, afirman que la pandemia generada por el coronavirus va a cambiar el mundo. En realidad la Humanidad ya estaba cambiando, siempre cambia, se mueve. Somos seres que avanzan, muchas veces sin rumbo, pero no sabemos estar quietos, y menos ahora, obligados por un virus. Por eso yo pienso que los cambios ya estaban ahí, latentes, presentes, escondidos o apenas enseñando la patita, el -la, los, las- Covid-19 sólo llegó para acelerarlos.

 

Nuestra dependencia digital se ha vuelto exponencial y, con ella, sus consecuencias, no todas positivas. Bertrand Russell afirmó que “con un poco de agilidad mental y un par de lecturas de segunda mano, cualquier hombre encuentra pruebas de aquello en lo que necesita creer”. Considerando que Russell murió en 1970, esa búsqueda debía ser de lecturas físicas, es decir, libros, periódicos, revistas, etc. ¿Se imagina el amable lector lo que significa hoy esa afirmación con la cantidad de acceso que tenemos a información?

 

Si alguien cree que la pandemia es una conspiración de algún maquiavélico magnate, sólo tiene que hacer la búsqueda correspondiente en Internet. Si llegó a la conclusión de que el virus nació en un laboratorio chino, hay miles de artículos que lo demuestran de forma fehaciente. Si opina que la mascarilla es el bálsamo de fierabrás, hay decenas de papers -ojo, antes los papers estaban vedados a los científicos y gente con muchos estudios- que así lo indican. Si piensa que no sirven para nada, también hay estudios que lo afirman con rotundidad.

 

La cuestión es que nos hemos vuelto cómodos, livianos, estúpidos, si se me permite. Sólo hay que agarrar una idea, una creencia, un trending topic y hacerlo propio, defenderlo a capa y espada, al final hay “lecturas” que nos apoyan, incluso videos, aunque sean de Playground. Acceso a más información no significa más criterio para tomar decisiones, porque la información requiere reflexión y análisis antes de convertise en opinión. El problema es ese: confundimos opinión con información. La inmensa mayoría de las lecturas contienen ya el análisis, la reflexión, las conclusiones, así que las tomamos porque era justo lo que estábamos buscando, pero son opiniones de terceros que refuerzan la nuestra.

 

Pero el ser humano ha renunciado ya al raciocinio superior que le fue otorgado. Ha dado por extinto el criterio propio. Prefiere sumarse al que gracil, dócil y asequible le ofrecen las lecturas de segunda mano. Y, juramentados tras una infinita capa de prejuicios, vamos tomando, cual Eva en el Paraíso, las manzanas que nos hacen más tupida la cota de malla de nuestras creencias, convertidas en verdades.

13 de junio de 2020

Gracita Morales y lo que el viento se llevó

Dicen los sabios de lo políticamente correcto que la película Lo que el viento se llevó es racista. Así que las plataformas de entretenimiento digital, muy preocupadas por no caer mal entre la población sensible a los dictados de lo que se estila, la han retirado de sus menús. Parece, según dicen los conocedores del tema, que Mammy, la criada negra de Lo que el viento se llevó, ofrece en el filme una imagen feliz de la esclavitud en la que vivían. No tengo elementos de juicio para saber si esta afirmación es acertada o no. Lo que si puedo es compararla con la criada española de los años 60 y 70 que tantas veces interpretó la entrañable Gracita Morales. 

Imagino que ser empleada doméstica en España en los 60 no era lo mismo que ser esclava a principios del siglo XX en Carolina del Sur, pero tampoco veo los motivos por los que Gracita Morales aparecía feliz, incluso confianzuda y altanera, en sus aparaciones domésticas. Quizá deberían censurarse todas esas películas españolas en las que no se trata el personaje de la empleada del hogar adecuadamente. Siempre de acuerdo con los estándares que parezcan oportunos a los que saben de esto, de lo políticamente correcto. Ni que decir de Downton Abbey, en donde se ve tan contenta a la mayoría servicio doméstico. Si me apuran diría que muchos orgullosos de serlo. Deleznable, ¿no creen, señores expertos?

Marta Kauffman co-creadora de la exitosa serie de televisión Friends, dice que se arrepiente porque todos sus protagonistas eran blancos. ¡Vaya! También eran todos guapos, pero los feos no salen a manifestarse. Quizá tampoco se sientan feos los que lo son -o somos-, no sé. La cuestión es que hay decenas de series de televisión en las que todos los protagonistas son negros: Fresh Prince of Bel Air, Cosas de Casa, Back-Ish, etc. No he visto quejas al respecto. 

Me acuerdo mucho del Principe del Bel Air, protagonizada por Will Smith, el sobrino rebelde en una familia de millonarios negros. Una taimada crítica a los blancos wannabe aparecía entre chistes y travesuras. Pero no había protagonistas blancos, más bien eran los malos de la serie que se reían de Carlton y así todo. Asimetrías de lo políticamente correcto.

Parece que vivimos en un mundo en el que uno tiene que andar pidiendo perdón por todo. Por los genocidios de los romanos, sin duda principales antepasados nuestros; por los de los dictadores de cualquier raza o ideología -¿hay ideología en la dictadura?-, a los que hemos sufrido como el que más; o por cualquiera que haya cometido una atrocidad en nombre de la religión, la raza, la ideología o el sexo. Claro, siempre y cuando los agresores no pertenezcan a ningún grupo designado por los sabios como minoría a proteger.

15 de septiembre de 2018

Derechos sagrados

Tienen siempre los himnos algo de épico en sus letras: “Nuestro brazo nervudo y pujante contra el déspota inicuo opresor”, reza el himno patriótico del 15 de septiembre costarricense, escrito por el español Juan Fernández Ferraz. Al fin y al cabo de eso se trata, de ensalzar de forma exacerbada los valores del país al que se dedica el cántico, o de crear un enemigo común, aunque sea irreal. Muchos de esos himnos fueron creados precisamente para generar un imaginario común de Estado.

Ese imaginario creado a finales del siglo XIX en Costa Rica aún sigue vigente -por suerte-, si bien es manoseado hasta el punto de perder, no ya su esencia, sino cualquier atisbo de valor patriótico. 

Hace unos días un grupo de manifestantes coreaban el único verso que les interesaba de ese mismo himno: “… derechos sagrados la Patria nos da”. Apostados al frente de la Asamblea Legislativa empujaban a la policía, a la cual lanzaban botellas, palos y monedas con el fin de asaltar el edificio del Primer Poder de la República. La Patria otorga derechos nada menos que sagrados para insultar, agredir y coaccionar a la autoridad legalmente establecida. 

Esa misma noche un grupo de jóvenes cortaban el libre tránsito en San Pedro de Montes de Oca, a pocos metros de la Universidad de Costa Rica. Al intentar ser disueltos por la policía, con los rostros cubiertos, comenzaron a lanzar todo tipo de objetos a las fuerzas de seguridad. Con la llegada del cuerpo antimotines, los delincuentes huyen a refugiarse dentro del recinto universitario. Un lugar al que los asaltantes y sus defensores atribuyen la misma categoría jurídica de una embajada extranjera. 

Esos derechos sagrados se los atribuyen los supuestos estudiantes agresores gracias a la autonomía administrativa de las universidades públicas. Una inmunidad legal emanada de ese transfigurado imaginario patriótico. 

En esta ocasión el mismísimo Presidente de la República reconoce los derechos sagrados tras la llamada de su mentor político, Alberto Salom, rector de la UNA y uno de los funcionarios mejor pagados de este país. Quedamos advertidos el resto de los ciudadanos: los estudiantes de las universidades públicas tienen más derechos sagrados que cualquier otro. Derechos incluso para delinquir sin posibilidad de detención por las autoridades.

En estos tiempos convulsos la atribución de derechos sagradosemanados de un himno decimonónico es el único valor seguro. El refugio al que se acoge cualquiera que, con un poco de agilidad mental, pretenda imponerse en una sociedad en la que la impunidad es la moneda de cambio de la sociedad.  Bien sea para cortar calles, para destruir bienes públicos, apedrear a policías o tomar el camino corto.

Un valor tan seguro que incluso es avalado por la crema de la intelectualidad patria -parafraseando a Sabina-. Ahí los tienen desde sus púlpitos bañados de pluses salariales y beneficios sociales, el súmmum de los derechos sagradosque defienden en las calles menos de 4,000 sindicalistas. Hablan de equidad tributaria mientras se embolsan salarios de siete dígitos sin el menor reparo.

No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que cualquier ciudadano quiere tener su cuota de derechos sagrados. Si ellos cortan calles sin el menor atisbo de pagar las consecuencias, ¿por qué no voy yo a tirar la basura en medio de la calle?, ¿por qué no voy yo a saltarme un semáforo en rojo?, ¿quién me va a impedir buscar mi beneficio personal en medio de esta situación?. Al fin y al cabo derechos sagrados la Patria nos da.

Claro que lo que nadie canta es esa otra parte del himno: “… a los ruines esbirros espante que prefieren el ocio al honor”.

15 de octubre de 2017

Nosotros, los fascistas

Madrid 12 de octubre de 2017, un joven se aproxima a presenciar el desfile conmemorativo del Día de la Hispanidad. Porta una bandera de España a la que anexa otra con los colores arcoiris de la diversidad sexual. El resto de los asistentes lo saludan amigablemente, algunos “incluso me han pedido tomarse fotos conmigo”, confirma Valentín Garal, orgulloso defensor de la libertad.

Esa misma noche, Valentín accede a una discoteca gay con un lazo con los colores de la enseña nacional. El joven es increpado hasta en cuatro ocasiones por personas de su misma orientación sexual, tachándolo de facha, fascista o pregúntandole de forma despectiva “¿por qué llevas eso?”.

Les da la razón a los que acusan a Valentín el conocido columnista Javier Marías en su hoja parroquial dominical en El País, el medio de comunicación del centroizquierda español. Dice Marías que “siempre que veía gran número de banderas me acordaba de Núremberg” y que esta oleada de banderas españolas es “el despertar de un nacionalismo peligroso que llevaba décadas adormecido”.

Estas afirmaciones procedentes de uno de los líderes intelectuales de la izquierda moderada española no es un caso aislado. Portar una bandera de España es considerado, para una parte de los españoles, un símbolo de pertenencia a la extrema derecha. Dicho de otro modo, los que nos sentimos españoles y lo confirmamos usando la bandera de nuestro país somos unos fascistas.

Nosotros, los fascistas, no increpamos a los que usan la bandera del orgullo gay. Lo respetamos, porque respetamos la diversidad, pero no hacemos alharacas por ello. Quizá sea porque en nuestras filas fascistas militan muchos homosexuales y no los señalamos como tales, sino como uno más. Por el contrario estos repartidores de carnés de fascista, los intelectuales de la izquierda y los portadores de camisetas del Ché Guevara –homófobo de reconodida trayetoria criminal, pero al que se le perdona todo por sus revolucionarias ideas-, tienen la necesidad de repertirnos una y otra vez su rechazo al hetropatricarcado o a la ideología de género.

En esta misma línea, nosotros, los fascistas, somos hombres y mujeres, sin distinción, sin necesidad de anunciar a los cuatro vientos si cumplimos o no con las políticas de paridad de género. No vemos necesario sacar pecho si una mujer es nombrada presidenta, portavoz o alcaldesa. Es algo normal. Por el contrario los repartidores de carnés de fascista, siempre con su actitud de macho alfa, tienen que dejar clara su política de igualdad de genéro, segregando a las mujeres en grupos feministas.

Nosotros, los fascistas, no vamos proclamando nuestra simpatía con esta o aquella minoría, por el contrario las integramos a todas dentro del respeto por la libertad, la democracia y la diversidad. Quizá por eso, los repartidores de carnés de demócrata, necesiten llamarnos fascistas.

A nosotros, los fascistas, nos invade la zozobra cuando vemos el resurgimiento en Europa y América de movimientos de extrema derecha o extrema izquierda, así como las derivas totalitarias que experimentan algunos países. A los repartidores de carnés de fascista, por el contrario, sólo les molestan los movimientos de extrema derecha, mientras que miran con buenos ojos cualquier ascenso de la izquierda totalitaria o los avances de las dictaduras de izquierdas en América Latina.

Quizá lo que los repartidores de carnés de fascista no quieren ver es que nosotros, los fascistas, somos demócratas convencidos, nacidos, criados o defensores del Estado de Derecho; somos de izquierda, de centro y de derecha; somos hombres y mujeres adinerados, de clase media y pobres; heterosexuales y homosexuales; católicos, evangélicos, judíos, musulmanes, agnósticos y ateos. No quieren ver que la sociedad española ha evolucionado y superado la larga noche de la dictadura hace mucho tiempo. Que enarbolar nuestra bandera es un síntoma de normalidad democrática, como lo es en Japón, en Grecia, en Venezuela o en Francia.

Nosotros, los fascistas, somos, al fin y al cabo, personas que, sin sectarismos, sin rencores, sin resentimientos, pero también sin miedo, creemos en la libertad, en la democracia y en el Estado de Derecho. Quizá por eso nos llamen fascistas. ¡Ya basta!.

22 de junio de 2017

De la nueva relatividad moral

No cabe duda de que vivimos en una época extraña. Un tiempo en el que la relatividad moral se ha adueñado de la escena pública sin ningún reparo. En el que los derechos humanos se relativizan sin sonrojo a conveniencia de intereses espurios.

Así, nos encontramos con paradojas como el contínuo reproche a cualquier actitud o insinuación que tenga un lejano atisbo de machismo. Eso tiene validez siempre y cuando el presunto machista sea occidental y, además, pertenezca a algún grupo sospechoso de no comulgar con las tendencias globales de lo políticamente correcto. Si esto ocurre el emisor del mensaje puede ser vilipendiado, valupeado e insultado sin sonrojo.

La relatividad moral se pone de manifiesto cuando los vilipendiadores del supuesto machista, no tienen empacho a la hora de simpatizar con regímenes autoritarios que someten a la mujer en sus sociedades. Más aún si el régimen de turno extiende pingües subvenciones a favor de las actividades propagandísticas de los defensores de esta nueva moral occidental.

Tres cuartos de lo mismo ocurre cuando algunos políticos, abanderados de los derechos de los homosexuales, resultan ser acérrimos defensores de dictaduras que aplastan esos mismos derechos de forma sistemática. No olvidemos la admiración que sienten –siempre desde la comodidad de la democracia occidental-, todos estos impulsores de la nueva moral pública por el régimen de la familia Castro en Cuba.

Algo parecido sucede con los derechos de los trabajadores, los parados o los más necesitados. Siempre son los demás, los reaccionarios, los que los violentan de forma sistemática. Pero la realidad es tozuda y nos muestra a los líderes de esos movimientos sociales (sic) en su actuar fuera de cámaras y de redes sociales como verdaderos déspotas. Verbigracia ese gran líder argentino que no pagaba la seguridad social a su asistente doméstico. Por no hablar del nepotismo ilustrado que copa los puestos públicos en aquellos lugares en los que gobierna cualquiera de estos predicadores de la nueva moral.

Muchos se rasgan las vestiduras por los derechos de los animales. Algunos incluso los tratan como a seres humanos -¡cuánto daño ha hecho Disney a nuestra tierna y acomplejada conciencia colectiva!-.  Pero no tenemos reparo a la hora de justificar o incluso sentir cierta simpatía por los actos terroristas contra seres humanos. No extraña ver a los propietarios de la verdadera moral moderna, ensalzar la figura de terroristas. Incluso los admiten en sus filas con regocijo.

Cualquier intento de un gobierno democrático por regular derechos como la libertad de expresión o libre movimiento de los ciudadanos es criticado, como no puede ser de otro modo, de forma unánime y contundente. Pero mucho cuidado con criticar la represión brutal a la que los regímenes de izquierda someten a su pueblo. Los líderes bolivarianos, por ejemplo, pueden cerrar medios de comunicación contrarios al régimen, apalear manifestantes o encarcelar opositores a su antojo. No hay problema. La mera adscripción a las tendencias morales globales les exime de su cumplimiento.

Algo igual sucede con la división de poderes. Las democracias occidentales, con sus mejorables sistemas de elección de poderes siempre serán, a los ojos de los apóstoles de la nueva moral, sistemas represivos en manos de las oligarquías. Por el contrario, la inexistencia de división de poderes de sus admirados –y benefactores- regímenes dictatoriales, ejercen siempre el poder estatal a favor de los más desfavorecidos.

Y así, sin darnos cuenta, vamos cayendo en el juego terrible de esa doble moral de la que acusábamos al clero en los tiempos del franquismo: “Haced lo que yo os diga, pero no hagáis lo que yo hago”. Lo mejor de todo es que la compramos, la hacemos propia y la divulgamos mediante inocentes videos con grandes letras en nuestros muros en redes sociales. Y cuídese el amable lector de no hacerlo, de no apoyar alguno de los aspectos generalmente aceptados por esta nueva -y relativa- moral, porque puede ser tachado de insolidario, fascista, reaccionario...

29 de julio de 2016

Una minoría políticamente incorrecta

Tengo que confesar varias cosas. Soy varón, caucásico –sin el cuello rojo-, heterosexual y católico, voy a misa los domingos. Además me gusta el toreo, no soy vegano, no consumo productos órganicos de forma sistemática y tampoco tomo cerveza artesanal, de hecho casi no tomo cerveza. No pertenezco a ninguna ONG y tampoco soy activista de nada, que yo sepa. Dicho de otra forma, no formo parte de ninguna minoría.

Pero nada de eso supone una gran revelación. Mi mayor confesión es que no siento ninguna simpatía, así, de entrada, por las causas políticamente correctas. Los asuntos que se tratan en la vida pública son complejos y no se pueden simplificar con un sí o un no, por mucho que la presión de la opinión pública nos lo reclame.

Si me hablan del cambio climático, estoy convencido de que hay que preservar el medioambiente, pero sin aspavientos y con ejemplos concretos. La realidad es que estamos destruyendo el planeta, pero el ritmo de destrucción se ha visto aminorado de forma importante a lo largo de los últimos años. Sobre todo gracias a importantes avances tecnológicos y a los cambios en el grado de industrialización que estamos viviendo. Ya Al Gore nos demostró que escribir libros y publicar videos de ciencia ficticia sobre el tema, a la vez que se paseaba por el mundo emitiendo CO2 con su avión privado, es rentable.

Si leo sobre el enorme problema de los desahucios de viviendas en España, creo que hay que analizar caso por caso. Es curioso que para un fenómeno que tantas portadas ha generado, no existan datos exactos de cuántas personas se han visto forzadas por los cuerpos de seguridad del Estado a abandonar su vivienda habitual por impago. Los activistas antidesahucios, aún sin datos, nos dejan claro que, detrás de su altísima preocupación por los que no pagan su hipoteca, hay una agenda política paralela, cuando no, una forma de vida a cuenta de los presupuestos del Estado.

Si me preguntan por el control de armas de fuego en los EE UU, les recomiendo ver las estadísticas de personas que mueren en ese país como consecuencia de un balazo: 10,54 muertos por cada 100,000 habitantes en 2014. España tuvo 0,62. Hablan por sí solas.

Si el tema es el maltrato animal soy contrario a la violencia gratuita contra los animales. Pero admiro el arte del toreo, una cultura que tiene al animal en su cúspide, lo cual no entienden sus detractores. Menos aún los que jamás se han acercado a conocer cómo vive y cómo muere el toro de lidia. Tampoco me interesan las luchas civiles en pro de los animales, cuando hay tantos humanos sufriendo en el mundo.

Si escucho hablar de la discriminación hacia las mujeres, igualmente creo que no se puede generalizar. ¿Existen menos mujeres en cargos importantes en el ámbito público y privado que hombres?. Sí. Al igual que la población reclusa masculina en España es casi 13 veces superior a la femenina. No, no somos iguales. Pero si queremos defender la igualdad entre sexos, quizá debamos empezar por dejar de permitir el trato de inferioridad, casi de esclavitud, que algunas culturas dan a las mujeres.

Vivimos, los occidentales, en el nivel de vida más alto de la Historia. Ni los reyes ya en el siglo XIX contaban con las comodidades a las que puede acceder cualquier individuo de clase media hoy en día. El grado de libertad de las personas es altísimo. Podemos votar a nuestros representantes, informarnos libremente, buscar en Internet cualquier dato, opinar sobre cualquier asunto, etc. Todo esto lo consideramos absolutamente normal cuando vivimos amparados bajo la democracia capitalista de Occidente.

No obstante, continúan existiendo fuertes desigualdades en nuestra sociedad, aunque quizá no tan agravadas como las que vivían nuestros antepasados. Sobre todo cuando la mayoría de los estados occidentales ponen todos los medios a su alcance para que los ciudadanos tengan sus necesidades básicas cubiertas. Subsidios, ayudas, subvenciones, servicios gratuitos, apoyo social, etc. A todo ello también se ha ido acostumbrando la gente, especialmente en Europa. Muchos piensan que determinados privilegios del sistema democrático capitalista son derechos irrenunciables.

Sin embargo, también existen amenazas al estilo de vida libre y acomodado de Occidente. Muchas de esas amenazas proceden precisamente de la fuerza que las minorías, defensoras de lo políticamente correcto, han ido alcanzando en nuestra sociedad. Estas han ido ganando poder y generando conciencias parcializadas acerca de determinados aspectos de nuestro estilo de vida.

Lo políticamente correcto surge como una nueva forma de cercenar la libertad de los individuos, que sienten el deseo de agradar a todas y cada una de las minorías que nos señalan lo que es moralmente aceptable y lo que no. Nos sentimos culpables por comer carne, por ver espectáculos incorrectos, por tener un determinado color de piel, e incluso porque asesinen a decenas de nuestros semejantes individuos que “no lograron integrarse en nuestra sociedad” libre y democrática, como alguien decía por ahí tras el reciente atentado yihaidista de Niza.

Nuestras preocupaciones ya no son alimentarnos, tener un techo y vestido, sino que tenemos ambiciones y perseguimos objetivos mucho más complejos. Estos nobles fines que inspiran a los firmes seguidores de lo políticamente correcto, no pueden contemplar ningún atisbo de ataque hacia lo que somos como civilización occidental. No pueden crear una culpabilidad que nos englobe a todos como sociedad, imperfecta, por supuesto, pero libre, democrática y plural.


No nos dejemos culpabilizar, no nos dejemos amedrentar. Aunque seamos, como yo me declaro, miembros de una minoría políticamente incorrecta.

20 de noviembre de 2007

El complejo criollo y el complejo conquistador


El reciente capítulo protagonizado por Juan Carlos de Borbón y Hugo Chávez, en la Cumbre Iberoamericana celebrada en Chile, ha servido a algunos para despertar los odios viscerales que aún dormitan en una parte de la población latinoamericana. Como es habitual, esto sucede con el apoyo incondicional de no pocos de los odiados que, en su afán políticamente correcto por defender a presuntas minorías, incluso se permiten el lujo de auto-flagelarse.

Me ha causado sorpresa que el recordatorio de la colonización de América, en esta ocasión, haya venido de un prestigioso intelectual costarricense, el cual ha querido formular un paralelismo entre el “¿Por qué no te callas?” y los acontecimientos que se produjeron hace varios siglos, cuando los conquistadores españoles visitaban –para quedarse- por primera vez estas tierras. Ya el propio interpelado esta semana circundó dichos terrenos. Nada nuevo bajo el sol. Al que se cree un Simón Bolívar tercermilenario ese discurso le sale con toda naturalidad, dado que en él se asienta parte del odio continuamente reavivado que le mantiene en el poder. Hoy somos los españoles y mañana serán los estadounidenses. El odio es lo que más une al ser humano.

Este asunto de culpar a los demás de los males de América Latina es tan viejo y está tan manoseado que ya no se sostiene. Pero algunos le siguen sacando jugo y culpan sin remilgos a sus antepasados. Sí. Sus antepasados. Los de Fidel Castro, Daniel Ortega, Hugo Chávez y toda su caterva de líderes mesiánicos con su pátina de indígenas. Porque fueron los ancestros de todos estos los que llegaron a “hacer las américas” y se quedaron. Que nadie se olvide de eso. Por eso cuando levantan el dedo acusador espetando aquello de “los españoles que vinieron a llevarse el oro”, resulta que hablan de sus propios antepasados.

Nicaragua se independizó de España en 1821, Bolivia en 1825, Ecuador en 1830 y Venezuela en 1845, por poner cuatro ejemplos de países cuyos líderes aún continúan con la monserga de los conquistadores. En otras palabras, han pasado cerca de dos siglos y los españoles continuamos siendo los culpables de los males que afectan a gran parte de los pueblos de esta parte del Atlántico. ¿Sospechoso no les parece?.

¿Será posible que nadie se haya parado a pensar que los deseos –y consecuciones- independentistas de personajes tan alabados como Simón Bolívar, no eran más que las ansias de poder y hegemonía de la población de origen español que, con base en su nacimiento criollo, no querían seguir sometidos a los vientos liberales que procedían de Europa?. Si los españoles somos culpables de que Latinoamérica no levante cabeza, ¿serán los británicos, holandeses y franceses culpables de la bonanza que afecta a los EE UU y Canadá, a pesar de que arrasaron con la población indígena?.

Discúlpenme por la formulación retórica de tales interrogantes. El caso es que estoy convencido de que muchos de los que, como borregos, aceptan sin titubeos el mensaje que culpabiliza a la colonización europea de estas tierras de todo lo que viene sucediendo desde que abandonaron el neolítico hasta nuestros días, no se han detenido a plantearse semejantes interrogantes. Ni de un lado de la “mar océana”, que dijera Colón, ni del otro.

No olvidemos que del lado de los presuntos culpables, hay quiénes se solidarizan con ese concepto mesiánico denominado “los oprimidos pueblos de América”. No sabemos si en un acto de aceptación o de acusación: “Fueron ellos, nosotros siempre fuimos de izquierdas”. Algunos acuden presurosos a hablar de “la larga noche de los quinientos años”. Bonita metáfora. Una pena que en los últimos doscientos la “noche” haya corrido por cuenta propia. Otros incluso tienen fuero legislativo y no dudan en pedir que Juan Carlos de Borbón pida disculpas al caudillo por ponerlo en su sitio. Así nos va.

22 de mayo de 2007

Los corruptos ahora dan lecciones de etica



Hace unos días tuve la oportunidad de compartir una interesante sobremesa con una de las personas que más conocen del funcionamiento de la educación pública en Costa Rica. Se trata de don Fernando Durán, que fue rector de la Universidad de Costa Rica (UCR) y ha continuado vinculado a la formación desde que dejó de fungir como rector. Durán señaló como uno de los grandes problemas que ha generado el declive actual que sufre la educación básica en el país la imposibilidad de muchas familias para adquirir los libros de texto a sus hijos en edad escolar. Pero esta grave deficiencia no es un mal endémico del sistema educativo costarricense.

Hace algunos años, cuenta el ex rector, con el apoyo de una institución de ayuda internacional a la educación, se formó un equipo de profesionales para la creación de libros de texto públicos bajo el amparo de la UCR. Así se publicaron los textos para todos los cursos de educación primaria, los cuales eran prácticamente gratuitos. Esta iniciativa supuso un duro varapalo para la editorial privada que hasta el momento, en régimen de cuasi monopolio, dominaba el mercado y tenía asegurados unos ingresos casi fijos.

La editorial no se quedó de brazos cruzados y emprendió su particular cruzada para recuperar el mercado perdido. Primero con los propios maestros en los colegios a los que empezó a pagar comisiones por imponer sus textos y frente a los oficiales a sus alumnos. Pero no dio demasiado resultado, así que continuó con el pago a funcionarios del Ministerio de Educación Pública (MEP), además de a los maestros, para que se quejasen de la mala calidad de los textos gratuitos. La estrategia fue dando sus frutos y las autoridades, ya corrompidas por el dinero de la editorial, terminaron por retirar los textos públicos del mercado y dejar que los maestros recomendasen otros previamente supervisados por el MEP.

Así se llegó a la situación actual en la cual se estima que en torno a un 40 por ciento de los alumnos de educación primaria no tiene libros de texto. Costa Rica es el país de América Latina con mayor índice de alfabetización, alrededor del 97 por ciento, pero saber leer y escribir no basta en un país que pretende asomarse al desarrollo económico. Con esta perspectiva el nuevo gobierno costarricense decidió rescatar los viejos textos, revisarlos y colgarlos en Internet para que pequeños impresores pudiesen descargarlos, imprimirlos y venderlos a un precio limitado. De esta forma la Red permitiría que más niños accediesen a los libros de texto. Esa iniciativa se puso en marcha hace cerca de un año, pero ya se pueden imaginar que no han cesado de salir trabas en los despachos del MEP responsables. Por supuesto, la editorial ha hecho su trabajo antes de que el fuego se extendiese.

No sé si algunos lectores habrán adivinado que la editorial a la que se refería don Federico era a la cabecera educativa del todopoderoso Grupo Prisa, Santillana, la cual se expandió por toda Latinoamérica gracias a los fondos de ayuda al desarrollo del Estado español en tiempos de Felipe González. Ahí es donde agarró pulmón financiero el grupo del señor Jesús (de) Polanco, el gran valedor de la izquierda española, ese que no tiene empacho en erigirse como abanderado de la democracia y la independencia. Ese mecenas de la intelectualidad izquierdista patria cuyo ejemplo de bajeza seguramente no es más que unode los desmanes ejecuta en los diferentes mercados en los que opera su “empresa educativa”.

Tiene gracia que los que se ponen la camiseta de la igualdad, de la solidaridad, de la pluralidad, no sean más que vasallos de un imperio forjado a base de sustraer, por medio de la corrupción más vergonzosa, los recursos de los más débiles. Resulta paradójico que se nos presenten con el más mínimo grado de autoridad moral aquellos que se sirven de la pobreza en Latinoamérica para enriquecerse, aquellos que han amasado una fortuna por medio de los más viles instrumentos y soslayando cualquier principio moral básico. Me parece patético que los que se nutren de la propaganda disfrazada de información que sale de los medios de comunicación de este grupo asentado en la vileza quieran venir a darnos lecciones de ética.

13 de abril de 2007

¿Es Ridley Scott un intelectual?

Ayer en mi vuelo de vuelta a San José de Costa Rica tuve ocasión de leer muchos periódicos. Todos hicieron referencia a la nueva aparición de la crema de la intelectualidad patria para manifestarse, es decir, firmar un manifiesto, en favor del Gobierno. Me llamó muy poderosamente la atención el tratamiento que el diario El País hizo de la noticia. En su edición nacional apenas le dedicó un pie de foto en la sección nacional, como casi todos los diarios de difusión nacional, mientras que en su edición en inglés, que se reparte gratuitamente en distintos puntos, la puso en portada con un titular que venía a decir algo así como "Intelectuales encabezados por Almodóvar en contra de la política de la oposición".

En primer lugar me llama mucho la atención el tratamiento que se dio a la noticia por un mismo medio en sus distintos formatos. No quiero especular sobre el hecho, sobre todo porque es la primera vez que tengo oportunidad de comparar ambos formatos, pero me da la impresión de que los editores de este periódico hacen en la versión extranjera lo que realmente les pide el cuerpo, mientras que en la nacional intentan mantener la compostura.

Lo segundo que me ha chocado es el manifiesto en sí. Habitualmente este tipo de escritos de dan en circunstancias especiales, léase un acontecimiento significativo, una situación crítica, etc. Este se produce en un momento relativamente tranquilo de la vida pública. Por otro lado, de la lectura del documento resultan muy curiosas una serie de expresiones y frases típicamente empleadas por los portavoces del Gobierno o del partido en el poder, desde el “España va bien”, versión 2.0, hasta el caso concreto de De Juana Chaos. En definitiva, la intelectualidad oficialista española se tira a la calle, en este caso mediática, para criticar a la oposición algo absolutamente anodino.

Claro que entre los “abajo firmantes” lo que encontramos es una banda de gargantas agradecidas autodenominados “intelectuales”, como el titular del periódico del régimen en versión anglosajona se encargaba de recalcar. Intelectuales de la talla de Pedro Almodóvar, que me pregunto yo que de dónde le sacan el título a este señor y a otros pocos miembros de la farándula artística nacional. ¿Cómo se consigue el grado de “intelectual”?, me cuestiono yo ante este nuevo ejemplo de independencia libre pensadora que emana del magno Círculo de Bellas Artes. Si el Gran Wyoming es un intelectual, ¿qué es Jerry Seinfeld?, ¿será igualmente Florentino Fernández un intelectual?. Si Pilar Bardem es una intelectual, ¿lo será también Fernando Esteso?, ¿qué me dicen de Denzel Washington?, ¿y de Jennifer López?.

Yo necesitaría una aclaración al respecto de quién es intelectual y quién no, porque a lo mejor resulta que Ridley Scott tiene todo el derecho a ser considerado uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo y a mi casi me da vergüenza decir que Gladiator es una de mis películas favoritas.

16 de marzo de 2007

De la autoridad moral

En este mundo virtual en el que nos movemos sin duda trasladamos, algunos más que otros, nuestros anhelos, pasiones, miedos y, principalmente, nuestro ego a palabras, frases, conversaciones y a una realidad en la que trascender por encima de lo cotidiano. Algunos piensan que ese traslado les da licencia para sentirse superiores y se sienten acreedores de una autoridad moral impuesta por los ideales a los que abrazan, cuando no simplemente por circunstancias externas y fútiles.

En no pocas ocasiones uno tiene que leer reproches de personas que se sienten en un plano de superioridad otorgado por la autoridad moral que les brinda su presunto nivel cultural. Este quizá sea el menos grave de los ejemplos, sin embargo algunos lo convierten en una coraza inexpugnable que les permite sustituir la falta de argumentos por frases grandilocuentes o citas prestadas tomadas de su vasta y enciclopédica lectura.

Existe una importante cantidad de blogueros, foristas y similares que han hecho de los acontecimientos que sucedieron al fatídico 11 de marzo de 2004 su gran caballo de batalla y, por ende, su posibilidad última de sentir que tienen autoridad moral sobre los que se atreven a discernir sobre ellos en asuntos diversos, tengan o no que ver con aquellos terribles hechos. Han forjado toda una cultura en torno a la autoría de los atentados o acerca de los motivos que los originaron, Guerra de Irak incluída.

He tenido ocasión, igualmente, de ser atropellado por la supuesta autoridad moral de los que ponen nombre y apellidos, con foto incluida, en un foro de Internet. Al igual que algunos se sienten con autoridad moral por acudir o haber asistido a manifestaciones a las que su interlocutor no lo hizo. O esos otros que vivieron en sus propias carnes la crudeza de un régimen dictatorial y cuyos efectos debemos pagar, por la vía de la autoridad moral, los que no tuvimos esa dudosa oportunidad.

“Habemos gente pa tó”, que dijo el torero –discúlpenme por no recordar si fue “El Gallo” o “El Guerra”- y en este medio, que además permite cierta licencias que nos costarían el físico en la vida real, no busquemos, desde luego, la homogeneidad.

Pero la posición que más me conmueve, y no lo digo en el sentido emotivo de la palabra, es la de aquellos que por ser de una tendencia política, mayormente de izquierdas, se sienten en un plano de superioridad sobre el resto de los que no hemos acogido en nuestro discurso los “valores” que ellos voluntariamente y por convicción, evolución personal o por mediación de la tradición familiar han abrazado. A estas alturas de la democracia resulta más que sospechoso que los que se revisten de la presunta autoridad moral del izquierdismo quieran condenarnos a los demás al silencio. Que intenten sin pestañear demostrar que nuestras ideas, argumentos o posiciones no son válidas por el mero hecho de no estar alineadas con sus ideales políticos.

El que escribe no tiene autoridad moral ninguna cuando de debatir un tema se trata. Esa es la simple, sencilla y pura verdad. Porque cuando uno se sienta a redactar unas líneas, al menos en mi caso, la única autoridad moral es la de las ideas, la de los argumentos y, sobre todo, la del sentido común. Pero si queremos revestirnos de autoridad porque nos sentimos moralmente superiores o creemos que nuestros argumentos son más válidos que los del resto, entonces además debemos echar mano de la coherencia, de la consistencia y de la solidez de nuestra posición, muy por encima de la vehemencia, de los pasados gloriosos o tenebrosos, de los nombres y apellidos, de las ideologías prestadas y de todo lo que, en realidad, no hace más que cargarnos de prejuicios y de ideas de segunda mano.

23 de enero de 2007

"Futbolizando" la politica

En ocasiones pienso que uno ya tiende a tener un prisma demasiado parcializado cuando percibe la realidad que le rodea. En mi caso concreto en la última semana una serie de acontecimientos me han parecido cortados por el mismo patrón, si bien han venido de diversas fuentes y por distintos medios.

Relatando a un amigo español residente en Costa Rica mi experiencia y opinión sobre la crisis de Air Madrid en un restaurante josefino y con familia de por medio, la conversación se truncó cuando mi interlocutor montó en cólera en vista de que yo culpaba al gobierno de parte de lo sucedido: -

- “¡Aquí los únicos culpables son los chorizos (sic) de Air Madrid, ellos son los que han cerrado”, aseveró mi amigo con los colores faciales encendidos, como nunca lo había visto.
- “Perdona, pero el gobierno les iba a retirar la licencia”, le contesté.
- “Eso son especulaciones, pero la realidad es que ellos cerraron”.
- “No, te equivocas, el director general de Aviación Civil en rueda de prensa el día del cierre de Air Madrid confirmó que al día siguiente les quitarían la licencia”, insistí.
- “La cuestión no es esa, el tema es que los de Air Madrid se han forrado y ahora se quiere culpar al gobierno”, rebatió mi amigo.
- “No creo que los de Air Madrid, a los cuales yo no defiendo en absoluto, se hayan forrado, pero de lo que yo me quejo es de que el Ministerio de Fomento ha tomado una decisión radical en un momento malísimo y sin tener alternativas”, tercié yo.
- “Es que en España siempre se culpa al gobierno de todo, como Rajoy que culpa a Zapatero de los atentados de ETA. Los sinvergüenzas y los asesinos son otros, no el gobierno”, enfatizó él.

En ese momento me di cuenta de que aquella conversación no tenía sentido alguno. Se mezclaban ya las “churras” con las “merinas” y de un acontecimiento del que yo soy afectado directo se pasaba a un asunto político general totalmente diferente, simplemente para justificar que todo lo que haga el gobierno de Rodríguez bien hecho está. En vista de que la comida se iba al garete, decidí callar ante los alegatos que continuaban saliendo por boca de mi interlocutor. Para cerrar la discusión, ahora entre mi esposa y mi amigo, decidí cambiar de tema no sin antes sentenciar:

- “No voy a pelearme contigo por esto, pero lo único que te voy a decir, antes de dar por terminada la conversación, es que si lo hubiese hecho el gobierno de Aznar, tú estarías ahora criticando enérgicamente la decisión”.

A lo que él contestó:

- “Y tú no protestarías si lo hubiese hecho el PP”, afirmó.

Ese fue el colmo y la aclaración absoluta de aquella discusión: tu defiendes tus colores y yo los míos. Para mi amigo yo no era un afectado de la crisis desatada en pleno mes de diciembre por Magdalena Alvarez, sino un “hooligan” del PP –nada más lejos de la realidad- criticando al gobierno por todo.
En estos días también hablé por “skype” con un amigo de España y salió el tema de la barbarie etarra del 30-D. Anuncié a este otro amigo que no me parecía correcta la decisión del PP de no acudir a la manifestación del sábado 13, lo cual no gustó nada a mi interlocutor:

- “¿Entonces qué tiene que hacer el PP, callarse y darle la razón a Zapatero?”, me preguntó indignado.
- “No se trata de darle la razón a nadie, sino de acudir a un acto contra el terrorismo y dejar claro que todos los demócratas estamos unidos contra ETA”, contesté.
- “Pues yo creo que ir a esa manifestación es apoyar a ZP y eso el PP no debe hacerlo nunca”.

Ante la contundencia del razonamiento poco me quedaba que añadir. Lo importante, por tanto, es dejar claro que “nunca” hay que apoyar al gobierno si no es de los “nuestros”.

Los otros dos incidentes fueron en este mundo de blogs y foros. El del seguidor de Jiménez Losantos que veía como una aberración decir que los asesinatos de ETA son aprovechados electoralmente por el PP –lo cual no significa, insisto, que en el PP estén deseando que mueran más personas-, pero no le molestó en absoluto que afirmase que “al PSOE el 11-M no le vino nada mal”, no lo voy a repetir. Aunque sí añadiré que, en ese mismo tema, otro seguidor de Losantos justificó la diferencia entre ambos casos.

El último ha sido este fin de semana en el blog de Justo Serna. En un artículo reproducido en Tercera Vía, Serna reprochaba duramente la comparación que se había lanzado desde El Mundo entre Hitler o Stalin y Rodríguez, a cuenta de la exclusión del debate de las propuestas anti-terroristas del PP. Entre los comentarios al artículo me llamó la atención el de un seguidor del presidente del gobierno que para enfatizar la postura de Serna afirmaba que en el PP aún no había logrado superar “el síndrome golpista”, entre otra lindezas que recalcaban que el PP era un partido nacido del franquismo. Curiosamente Serna, al que tanto molestó la comparativa de El Mundo, no reprochó nada a este comentarista que comparase a Rajoy con Franco.

Y así se va fraguando esta realidad futbolística en la que ha convertido la política española. Lo que más me choca es ver cómo los que se enconan en estas posiciones dignas de los hinchas del “deporte rey” son personas con una sólida formación, espíritu crítico y amplia capacidad de discernimiento. No hablamos aquí de esa masa enfurecida que acude los domingos a los estadios a proferir insultos al árbitro o a los jugadores del equipo contrario. Me refiero a personas con carrera universitaria y puestos de responsabilidad que son capaces de acudir al insulto con extrema facilidad ante un comentario desagradable hacia el partido votado.

En estos momentos no sé si la política se está convirtiendo en una suerte de “otro opio del pueblo”. De ese pueblo formado, educado, que no da cortes de manga en la grada, pero que se enciende si le mientan a su líder. Hay algo tremendamente preocupante y es que los equipos de fútbol sólo se dedican al deporte, pero los políticos tienen la capacidad de gobernar ciudades, regiones, países…Estaremos atentos al marcador que al final es lo que vale, ¿no les parece?.

21 de septiembre de 2006

Occidente es una entelequia

Al socaire de las declaraciones malinterpretadas –como de costumbre- del máximo pontífice de la iglesia católica, uno de los inestimables foristas de Tercera Vía sacó a relucir la reacción de “Occidente” ante la violencia desatada en el mundo fundamentalista islámico. No es el objetivo de estas líneas realizar mayor análisis o referencia a la sobredimensionada ocurrencia papal, sino centrarse en ese término empleado, en este caso, como referencia a una realidad distorsionada, difuminada, casi invisible: Occidente.

¿Qué es “Occidente”?. Se habla de “cultura occidental” como contraparte de la “cultura oriental”, pero ya las latitudes no existen en un mundo globalizado. El origen parece encontrarse en la Edad Media y los grandes enfrentamientos de tinte religioso. Si hoy hablamos de religión, encontramos más población cristiana en el Líbano, en términos relativos, de la que pueda haber en muchos barrios de las grandes metrópolis europeas, como Paris, Londres o Berlín. Incluso el catolicismo se encuentra en franco retroceso en todo el mundo frente a otrora religiones minoritarias y sectas, cuando no en contrapartida de un ateísmo militante.

Si hacemos referencia a parámetros de desarrollo, sería difícil encontrar en las latitudes similitudes en los niveles de renta o industrialización de los países, salvando Europa y África, en los extremos opuestos. Porque América, salvo lo que existe al norte de México, tiene una amalgama de tercermundismo y países de desarrollo intermedio difícil de definir. Sin hablar de Asia, con sus “tigres” y sus paraísos de desarrollo financiero como Taiwán o Singapur. ¿Dónde ubicar a Sudáfrica o a los Emiratos Árabes Unidos?.

De costumbres antagónicas no podemos hablar. Hoy el costumbrismo es cada día más local y el consumismo más universal. Se venden más bolsos Louis Vuitton en Beijing que en Paris, en Hong Kong que en Roma. Hay más estatuas budistas en los hoteles de Nueva York que en Birmania. Ni hablar de la cultura, hoy sería imposible distinguir en una galería de arte la obra de un pakistaní de la de un costarricense.

Pero el ser humano gusta de acogerse a viejos paradigmas y además si éstos le proporcionan seguridad. Seguridad, para unos, de pertenencia a un ente poderoso, definido como un mundo en el que el bien es lo cotidiano, siendo el bien esos grandes valores universales teóricamente compartidos: democracia, paz, libertad… Seguridad, por qué no, de un enemigo común, para otros, aquel que nos olvidó o nos subyugó en el pasado, aquel que con su mera presencia nos facilita el opio que el pueblo –ese ente intangible y volátil- necesita para seguir ciegamente los pasos de los líderes fanáticos. Esos líderes que sí que tienen claro qué es “Occidente”: la muleta sobre la que se asientan todos sus intereses, presuntamente compartidos con la masa, metafóricamente denominada “el pueblo”.

Hace unas horas el presidente/dictador de Venezuela se subía al estrado principal de las Naciones Unidas, cual si de uno de sus púlpitos nacionales se tratase, uno de esos cortijos establecidos por la dictadura en ciernes como el canal satélite Telesur –creado por él mismo- o el programa semanal de la televisión pública venezolana, para lanzar una de sus histriónicas peroratas sobre el imperialismo y las pretensiones “hegemónicas” de George W. Bush. Ese parece ser el representante de ese “Occidente” difuminado. El único hacia el que se vuelcan las miradas, el enemigo común, en cuyo “tonel” nos incluyen a todos los “occidentales”.

¿Acaso son los EE UU la viva imagen de “Occidente”?. No hay más que ver las últimas encuestas sobre la animadversión que genera el país más industrializado del mundo entre la población de países como España, Alemania o China para tirar por tierra la pretensión “hegemónica” de una y otra parte. Sin embargo, como ya se ha dicho, el ser humano busca de esa homogeneidad para sentirse seguro.

Cuando un dictadorzuelo plantea un discurso pretendidamente incendiario en el plenario de la ONU o cuando una banda de fundamentalistas islámicos queman crucifijos en las calles de Estambul, no cabe duda de que para ellos da igual lo que un español, un estadounidense, un italiano o un británico piensen o sean. Católico, judío, musulmán sunita o evangélico. Empleado de banca, obrero de la construcción, magnate de los medios de comunicación, político corrupto o funcionario de prisiones. Al fin y al cabo un miembro más de esa entelequia conocida como “Occidente”.