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2 de julio de 2016

Hora de trabajar, señores


Carece de sentido analizar los resultados de la contienda electoral del domingo 26. Es agua pasada y ya se han derramado ríos de tinta –sobre todo virtuales- al respecto.  Un 33% de los votantes dio su apoyo a una formación política. El resto, que no alcanzaron más de 85 escaños de forma individual, no les queda más que aceptar el resultado y esperar su oportunidad en los próximos comicios.

El resultado de estas elecciones ha sorprendido a casi todos, al igual que ha dejado claro que es necesario llegar a acuerdos para formar un Gobierno estable, que retome senda del crecimiento económico, la creación de empleo y la mejora de los servicios esenciales.

Ahora es tiempo de que los políticos, sobre todo los que afirmaron en campaña que no habría una tercera convocatoria electoral, se pongan a trabajar. A día de hoy, trabajar quiere decir llegar a un acuerdo para que España tenga un Gobierno legítimo y no uno transitorio. Conseguirlo parece bastante fácil y sería comenzando por los puntos en común.

¿Acaso PP, PSOE y Ciudadanos no quieren reducir las cifras de desempleo?. ¿No prometieron los tres fortalecer la educación?. ¿No buscan los tres partidos una España competitiva, cohesionada y pujante?. Parece evidente que sí. Como también existen diferencias en el modo de lograr tales objetivos. Pero si hay objetivos comunes, es posible remar juntos en el mismo sentido.

Ya conocemos el resultado de las estrategias partidarias que se pusieron en marcha tras el 20D. Sabemos que el coste económico y político de seguir por el camino de la confrontación es alto, sobre todo para los que ven una oportunidad en la falta de estabilidad y se nutren del descontento ciudadano.

Es por ello que los españoles reclaman a los políticos la amplitud de miras suficiente para superar la ceguera de la confrontación, la excusa de la interpretación de los resultados y la supuesta dictadura de los comités directivos de los partidos.  Más de un año de campaña electoral es más que suficiente para que algunos olviden las frases hechas y las consignas demagógicas.


Ha llegado el momento de ponerse a trabajar por una España mejor.  Eso es lo que estamos esperando de ustedes.

24 de mayo de 2016

Por qué las minorías decidirán las próximas elecciones

Una señora de unos 32 años reclama en un programa de televisión su derecho a pasear en andas una vagina de gomaespuma de algo más de un metro de alto, por el centro de Málaga y gritando insultos hacia la Iglesia Católica. Ataviada como si aún siguiera en sus años universitarios, la activista afirma que está imputada penalmente porque “en España la Conferencia Episcopal continúa teniendo un poder que sobrepasa las leyes”. Candidata al Congreso de los Diputados por Podemos en Málaga.

Un señor con 40 años toma la palabra en la Diputación Provincial de Granada para afirmar que “Arnaldo Otegui es un preso político”, “un hombre clave para la paz en el País Vasco”. Entretanto confía en que la Guardia Civil “se convierta en una institución democrática”. Diputado Provincial por IU, hoy Unidos Podemos.


Ambos han construido sus vidas recientes en torno a este tipo de causas reivindicativas. Sólo hay que visitar sus perfiles en la redes sociales para comprobar el grado de exaltación que sienten por sus causas: feminismo y guerracivilismo, respectivamente.

En este activismo se insertan gran cantidad asuntos que poco o nada tienen que ver con los grandes problemas del Estado: desahucios, maltrato animal, memoria histórica, apoyo o rechazo al aborto, apoyo o rechazo a la inmigración, etc.  Asuntos que, en cierta medida, generan importantes filias pero que no pueden ser asumidos de forma clara y contundente por los grandes partidos.

¿Cuántos votos perdería el PSOE si apoyara la abolición de las corridas de toros?. ¿Cuántos votos perdería el PP si cerrara las puertas a la Ley de Memoria Histórica?. Los grandes partidos no pueden asumir el coste político de tomar una determinada posición frente a temas aparentemente irrelevantes para el conjunto de los ciudadanos.

La repercusión mediática de lo políticamente correcto es muy elevada. Tanto que las minorías han ido ganando espacios cada vez más amplios en el imaginario común de los votantes. Imponiendo opiniones que hace unos años nos hubiesen parecido descabelladas.

Sin embargo, existen partidos políticos que son conscientes del poder de las minorías y han sido capaces de mimetizarse con ellas para obtener su favor. Así, la suma de las minorías –cegadas por su activismo militante- conforma una mayoría inaudita en España. Una mayoría que lleva a compartir bandera a los militantes del sindicato del PER en Andalucía, con los del Espanya ens roba en Cataluña. Que cubre bajo un mismo techo a altos cargos de las administraciones públicas y a personajes que dedicaron parte de su vida a aplaudir y brindar por cada crimen de la banda armada ETA.

Todo vale para alcanzar el poder. Una vez logrado, todo son símbolos, gestos, detalles, guiños, payasadas en sede parlamentaria o consistorial para que los adeptos continúen unidos. Al fin y al cabo, en eso consiste el activismo en apoyar una causa, aunque la causa deje de estar vigente. En votar a ciegas mientras la papeleta lleve en su discurso la justa causa a la que han dedicado su blog, su muro en Twitter, su vida.


España enfrenta retos mucho más allá del Toro de la Vega, de la procesión del coño insumiso, del uso de la estelada en un partido de fútbol.  Retos que tienen que ver con la ausencia de un rumbo claro y común en asuntos como la educación, la sanidad, las infraestructuras o nuestra posición en el mundo. Pero serán las causas de las minorías las que decidan quién nos gobernará en los próximos años, no les quepa la menor duda. Al fin y al cabo, una importante mayoría de los votantes no tiene nada que perder... o eso creen ellos.

27 de enero de 2016

¿Y si es Albert Rivera?

Algunos hablan de su juventud (36 años) y su falta de experiencia. Sin embargo, Albert Rivera es el líder político que mayor caudal de votos ha logrado en sus primeras elecciones a nivel nacional. Más mérito aún si tenemos en cuenta que Ciudadanos (C´s) no ha tenido la capacidad financiera del resto de sus rivales en las elecciones del 20-D.

Rivera no tiene muertos en el baúl. Ni casos de corrupción, como PSOE o PP, ni apoyos de gobiernos extranjeros con un claro sentido anti-democrático, como Podemos. Tampoco ha trazado cordones sanitarios a la hora de pactar con otras formaciones políticas. Aunque más que pactos, C´s lo que ha posibilitado han sido gobiernos estables en varias comunidades autónomas  y ayuntamientos importantes.

Los únicos requisitos claros de C´s en este período han sido la unidad de España y la lucha contra la corrupción. Para Podemos y sus alianzas territoriales con el independentismo (Cataluña, Valencia, País Vasco y Galicia) la unidad de nuestro país es una entelequia a la que denominan “realidad plurinacional”, un aforismo inventado en la época de Rodríguez Zapatero y que nos ha traído hasta aquí.

De igual modo parece que ni PP ni PSOE pueden sacar pecho en lo que a corrupción se refiere. Los casos de corrupción son importantes en las filas de una y otra formación. Por mucho que Pedro Sánchez se empeñe, los casos de Andalucía son gravísimos y semanalmente vemos nuevos imputados, a pesar de haber conseguido sacar a la juez Alaya de la instrucción.

Rivera no ha pedido sillones. Ha pedido unidad y un gran pacto de Estado. Tiene claro que unas nuevas elecciones no son la solución de España, porque muy probablemente el arco iris actual volverá a tornarse rojo y azul. Podemos y C´s se verían con toda seguridad perjudicados, pero los defenestrados serían Rajoy y Sánchez, los cuales aún se resisten a entender que son el obstáculo para el gran pacto que solicita la mayoría de los españoles.

En una encuesta de Metroscopia publicada por el diario El País, vemos que ni tan siquiera los votantes de PSOE y PP otorgan el apoyo a sus respectivos candidatos. Menos aún los de C´s. Curiosamente los votantes de Podemos se declaran más partidarios de un Gobierno presidido por Sánchez (72%) que los propios electores socialistas (57%).

En esa misma encuesta Albert Rivera aparece como el líder político más valorado tras las elecciones de diciembre. Rivera está a decenas de puntos de ventaja sobre Iglesias, Sánchez o Rajoy, todos ellos desaprobados ampliamente en la consulta. Quizá porque los ciudadanos hemos visto en él al único líder político humilde que ha sido capaz de negociar con todos y el verdadero artífice del pacto en el Congreso de los Diputados, en el que PSOE y PP han cedido.

Ante este panorama, si empleamos el sentido común, parece claro que el verdadero candidato a presidir esta época turbulenta de la Historia de España es un muchacho joven, pero capaz, inteligente, negociador, abierto y fresco llamado Albert Rivera.


Con este Pacto de Estado PP+PSOE+C´s, podríamos soñar los españoles con lograr los mejores resultados por medio de las reformas que llevamos décadas pidiendo y que han estado al albur de los movimientos partidistas de los grandes actores políticos desde la transición. Hablamos de educación, lucha contra la corrupción, régimen territorial y racionalización del gasto público. Temas de los que nadie habla en estos días, sólo Albert Rivera. Démosle la oportunidad.

26 de mayo de 2015

¿Ha llegado la hora de pensar en España?

Más allá de analizar los resultados electorales del domingo, me parece más oportuno señalar cómo deberíamos reflexionar al respecto de los mismos de cara a los pactos que se avecinan. Porque de pactos trata ahora este juego y, en tal magnitud, que nunca antes habíamos asistido a un escenario parecido. Ni por el número de actores, ni por el pelaje de los mismos.

Con esta perspectiva, más que analizar datos lo que cabe es analizar realidades. Porque una vez más asistimos a la ceremonia del todos ganan, pero todos, absolutamente todos han perdido en estas elecciones. Unos en votos y otros en expectativas de voto. Pero los que más pueden perder, en este nuevo escenario, son precisamente aquellos que acudieron a votar el domingo. De ahí que quizá haya que revisar, no los resultados, pero sí lo que se deriva de los mismos que son las enseñanzas para los actores que van a tener una parte importante del futuro –y la recuperación- de España en sus manos.

El Partido Popular no puede sacar pecho de estos resultados. El mapa teñido de azul que presenciamos el domingo a última hora de la noche no es más que un espejismo, porque todo apunta a que los pactos no le van a favorecer. Ha llegado la hora de la renovación de un partido que mantiene intacto el aparato de la debacle de 2004. El domingo se movieron los cimientos de aquel "Roma se conquista desde las provincias", que estableciera Aznar de forma tácita. Y con este terremoto se tiene que ir la soberbia instalada en Génova desde aquella mayoría absoluta del año 2000.

En el PP tienen que cambiar mucho las cosas, no sólo las caras. Estos resultados son la oportunidad para Rajoy de pensar en su partido más allá del 13 de junio. Todo queda resumido en una palabra que muchos desconocen o evitan: humildad. El electorado popular lo ha dejado muy claro: ¡basta de corrupción!. No confundamos el mensaje.

Ser la tercera fuerza política en la capital de España es un varapalo sin precedentes para el PSOE. Un partido tocado de muerte en muchos municipios y unas cuantas autonomías. Rebasado por la izquierda, pero también arrasado por la corrupción y por la herencia del peor presidente del gobierno de la democracia: José Luis Rodríguez Zapatero, al que sacaron a pasera en campaña.

El domingo Pedro Sánchez sonreía a pesar de perder 800.000 votos frente a 2011 y casi 2.000.000 de votos con respecto a las elecciones de 2007, más que el PP. La victoria del que esperaba una derrota aún más severa lo consoló. Sin embargo, las alternativas de pactos parecen darle ventaja al PSOE, que podría caer en el error de entrar en ese revanchismo que tanto nos caracteriza a los españoles: cualquier cosa menos mi archienemigo.  

Y digo error porque ese "cualquier cosa" es una amalgama de partidos, tendencias, personalidades y personajes varios que le van a exigir mutar en cualquier cosa –ahora sí- menos en un partido nacional. Ya lo hicieron en el pasado reciente y las consecuencias fueron desastrosas. Aún hoy las sufren en Galicia o Cataluña.


Aquí no va a servir el discurso de la-lista-más-votada de las lideresas derrotadas del PP. Tampoco el de "todo vale para derrocar al enemigo", que vislumbra la cúpula del PSOE. Los que están hambrientos de poder tienen muy poco que perder y mucho que ganar en esta etapa de pactos que nos regalan los comicios del domingo. Quizá la mayor enseñanza no sea la de continuar con el cálculo político del pasado, sino la de abrir una nueva era de entendimiento nacional y de acuerdos para borrar del mapa los grandes problemas de España: corrupción y paro.

20 de junio de 2011

Desmitificando a la banca… y señalando a las entidades financieras


Ya he dejado escrito por ahí que una de las grandes ventajas de ser de izquierdas es que el pensamiento crítico se facilita tremendamente. Las consignas lo acaparan todo y sólo hay que seguirlas, hacerlas propias, porque su lógica es demoledora: los malos son “los de siempre” y nosotros somos los defensores de los desfavorecidos.

En estos días convulsos las consignas se agrandan, se extienden y cobran fuerza a base de repetirlas. Afirmaba Russell que con un poco de agilidad mental y unas cuantas lecturas de segunda mano, cualquier imbécil encuentra pruebas de todo aquello en lo que quiere creer. Hoy podemos sustituir “lecturas” por documentales entre la denuncia y la ciencia ficción para dar vigencia a la máxima.

En estos días complejos son los bancos los grandes vapuleados de las consignas oficiales de la progresía. Aunque algunos detalles valdría la pena analizarlos antes de firmar la sentencia de culpabilidad, aunque la hay.

Acusamos a los bancos de codicia, de querer ganar más dinero, de vender hipotecas imposibles, pero ¿quién compró esas hipotecas?. Hasta donde me alcanza la memoria no conozco a nadie al que le pusieran una pistola en el pecho para comprarse una vivienda nueva. Con su correspondiente hipoteca, claro está. Tampoco recuerdo ningún caso de cambio de pisito de sesenta metros por adosado de tres plantas bajo amenaza de muerte.

Dicho de otra forma, sí, los bancos querían ganar mucho dinero vendiendo hipotecas a diestro y siniestro, pero a los que hoy acusan con el dedo a los banqueros tampoco les vino mal aquel furor de hipotecas baratas y casas con precios al alza. La codicia no fue sólo de los bancos.

Otro detalle importante es que la manía antibancaria se centra en los grandes bancos españoles, especialmente en el Banco de Santander. Quizá por la animadversión que genera su presidente, Emilio Botín, y sus corbatas curiosamente rojas. Mientras los dardos se dirigen al carismático banquero santanderino, los políticos que dirigen las cajas de ahorros se esconden para que nadie se acuerde de ellos.

Porque en realidad los grandes desembolsos que la economía española ha tenido que hacer para rescatar a las entidades financieras, han ido a parar a las cajas de ahorros. Cajas dirigidas fundamentalmente por políticos de PSOE y PP. No he visto a ningún indignado gritar contra Narcís Serra, presidente de Caixa Catalunya, o Juan Pedro Hernández Moltó, que dirigió los destinos de la intervenida Caja Castilla La Mancha, por ejemplo.

Parádojicamente las cajas son entes con fines sociales, o algo así, sobre todo si tenemos en cuenta su tutela política. Es decir, que la salida “social” a la crisis que se con tanta vehemencia se vocifera -frente al neoliberalismo feroz-, deja de lado que el sector público financiero es al que se está protegiendo de la quiebra. A renglón seguido se piden nacionalizaciones de la banca. ¿Más?, pregunto yo.

¿No se han parado a pensar todos estos documentalistas y pensadores de la consigna que las grandes perjudicadas de la dación en pago de las hipotecas serían precisamente las cajas de ahorros gobernadas por PSOE y PP?. ¿No se han dado cuenta tantos cerebros creadores de pancartas que en Banco Santander ha liquidado la mayoría de su cartera de adjudicados mediante su propia inmobiliaria, conocida como Altamira?. ¿No queda claro que ha sido la estrategia de internacionalización de las grandes empresas la que ha posibilitado que la crisis no afecte tanto a estos conglomerados empresariales?.

De ahí que yo sea partidario de cambiar aquello de “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, por “políticos y político/bancarios”. Mucho me temo que da bien en las pancartas.

Aunque quizá la mayor falacia de todas es aquella que afirma que la desregulación, esa gran lacra del neoliberalismo salvaje, de las entidades financieras ha sido la causante de nuestros males. Ignoran, o parecen ignorar, todos estos iluminados de la indignación que el sector financiero es el más regulado de todos los sectores económicos en el mundo entero, desde Pekín hasta Nueva York. Puede que las regulaciones no hayan sido las correctas. Pero todo se ha fraguado bajo la atenta mirada de los reguladores y cumpliendo la legalidad vigente. Posiblemente equivocada.

Dicho todo lo anterior, que nadie se lleve a engaño. Las entidades financieras son las grandes culpables de lo ocurrido en esta crisis financiera/inmobiliaria. Primero porque utilizaron todos los medios para hacer crecer una burbuja inmobiliaria sin sentido. Segundo porque han preferido buscar el apoyo político –no olvidemos que son políticos los que regentan la mitad del sistema financiero español-, antes que sanearse adecuadamente o ir a la quiebra. Tercero porque no han asumido su culpa, la cual pasa porque acepten los inmuebles como pago de la deuda. Este último punto no interesa ni a PSOE ni a PP que son titulares de casi todas las cajas de ahorros de España.

No, yo no quiero que se nacionalicen los bancos, al contrario quiero que salgan de las manos de los políticos. Tampoco que tengan más regulación, sino una mejor normativa que impida excesivos riesgos del sistema. Lo que sí quiero es que puedan ir a la quiebra, bancos y cajas, como la tienda de la esquina, de la que nadie se acuerda. Ni los indignados oficiales.

11 de marzo de 2010

La falacia del gasto público


Hace tiempo que se viene produciendo un falso debate acerca del papel que juega el Estado como principal actor de la economía de un país. Unos hablan de la imperiosa necesidad de que el Estado sea cada vez más grande y hablan de redistribución de la riqueza o de prestación de servicios básicos. Otros hablan de liberalismo y de menor papel del Estado -entendido como el conjunto de las administraciones públicas- en la economía. Pero la discusión es ficticia.

A cuenta de la subida de los impuestos aplicada por el Gobierno -subió el de la renta y los especiales y el siguiente será el IVA- este artificial debate se ha reabierto. Por un lado los que apoyan más y más gasto público dicen que esta subida de los impuestos sirve para mantener los servicios que presta el Estado. Falso. Esos servicios básicos, a saber, educación, sanidad, infraestructuras, seguridad y justicia, suponen aproximadamente un 18 por ciento del PIB, sin embargo, la presión fiscal ronda el 32 por ciento del PIB. En otras palabras, que el Estado en España recauda casi el doble de lo que gasta en esos "servicios básicos".

Los que defienden que no se suban los impuestos afirman que hay que poner encima de la mesa un plan de austeridad, es decir, gastar menos en lugar de intentar recaudar más. Tienen razón. Sin embargo rehuyen poner el cascabel al gato y lo único que se les ocurre es solicitar la reducción de cargos de confianza. Medida que, por otra parte, ellos no aplican en los ayuntamientos y comunidades autónomas que dirigen. Sin ir más lejos hoy se ha publicado que el Ayuntamiento de Madrid mantiene más de 1.500 puestos de libre designación, es decir, de confianza.

Y es que la realidad de nuestro panorama político nos dice que a nadie le interesa hablar abrir ese debate acerca del papel del Estado en la economía. Los políticos se han acostumbrado al coche oficial, a la televisión pública y la propaganda institucional como plataforma publicitaria partidista, a la subvención como fórmula para ganar simpatías y a la contratación masiva de miembros del partido para controlar los resortes del poder y como fórmula de clientelismo interno.

Por eso todas las afirmaciones que venimos escuchando sobre la necesidad de mantener o reducir el gasto público no más que el lejano eco de un debate artificial que ningún político en España se atrevería a abrir de verdad. Muchos periodistas, incluso de los más avezados y supuestamente incisivos, caen rápidamente en el mensaje fácil y hablan de mantenimiento de servicios básicos o de lo poco que supondría para mejorar las cuentas públicas reducir cargos de confianza. Al fin y al cabo no son más que los portavoces de las consignas que se lanzan desde PSOE y PP.

No nos engañemos. España no necesita una subida de impuestos, sino una profunda revisión del papel del Estado en la economía.