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28 de marzo de 2020

El lobo y el coronavirus

¡Qué viene el lobo!. Gritaban hace meses, quizá años, pero no quisieron escuchar.

A finales de enero veíamos como Italia y China estaban sumidos en la pandemia, pero unos miraban para otro lado y otros hacían chistes en las tribunas televisivas y digitales del régimen. De ese régimen joven y siniestro instaurado en diciembre. Digo siniestro por lo izquierdista, no vaya a ser que alguien crea que voy a romper yo ahora mi corrección política. Inexistente por otro lado.

Mientras se amontonaban los cadáveres en Wuhan y en Italia empezaban a cerrar tratorías, que son las ventas de España, un hombre peludo, con voz de tertuliano sabio de la crónica rosa y con pinta de profesor universitario buena gente se hacía famoso. "Aquí no pasa nada", decía el tal Simón con una sonrisa pícara, esa que ponía el profesor de Historia cuando contaba alguna maldad de los Habsburgo.  "Si acaso, algún caso aislado", repetía por si acaso a alguien no le había quedado claro que aquello era un virus de temporada, una gripe pasajera, un catarro de primavera.

Así, los españoles continuaron con su vida de calle, de bares, de fútbol -de clásico, ¡menuda horterada!- y de manifa en aquella primavera adelantada y cortísima. Y el lobo seguía suelto mientras el virus campaba por su respetos. En los campos de la Liga de las Estrellas, en los conciertos del artista del momento, en ARCO, que es la feria de los marchantes de arte y los políticos a expensas de los artistas consagrados y los que buscan consagrarse. Y, por supuesto, en el agit-prop que ahora es patrimonio del régimen y no del pueblo. El 8 de marzo ya había siete muertos por coronavirus en España, pero seguro eran viejos de esos que votan a la deresha, que decía el malogrado Alfonso Guerra.

Una semana de vino, rosas, furbo y propaganda fue suficiente para que el virus tumbara a un país de cerca de 50 millones de almas. En una semana Simón no intuía lo famoso que iba a ser, por mucho que recibiera decenas de llamadas al día. De aquellos polvos vinieron estos muertos -5.812 cuando escribo estás líneas-.

Desde ahí todo es una nebulosa de enfermedad, muerte y encierro, trenzada en el pelo anillado de Simón, bajo la mirada afilada y risueña de José Luís Ábalos y el gesto peliculero de Pedro Sánchez, que procura no salir nunca con ellos, para no contagiarse. Pero el que contagia es él. Un salto al vacío de un país al que el coronavirus despertó de un largo sueño, aunque quizá no haya despertado, sino que haya mutado en pesadilla, que no es lo mismo que estar despierto.

Ahora, los que no quisieron ver venir al lobo, conviven plácidamente con él y se enfrentan a la duda existencial de otra fábula: la de los dos conejos. Así, entre ellos se preguntan sin son galgos o son podencos, es decir, si es lo público o lo privado lo que importa para sacarnos del atolladero. Mientras, el lobo sigue haciendo de las suyas, riéndose a carcajadas mientras escucha la diatriba de los conejos. Y Simón continúa saliendo cada día, con su camisa a cuadros de funcionario aseado, pero con la cara cada vez más cansada por los infectados y las infectadas, por los muertos y las muertas.

Va a ser complicado acabar con el coronavirus en España, sobre todo porque el lobo está en el Gobierno.

22 de junio de 2017

De la nueva relatividad moral

No cabe duda de que vivimos en una época extraña. Un tiempo en el que la relatividad moral se ha adueñado de la escena pública sin ningún reparo. En el que los derechos humanos se relativizan sin sonrojo a conveniencia de intereses espurios.

Así, nos encontramos con paradojas como el contínuo reproche a cualquier actitud o insinuación que tenga un lejano atisbo de machismo. Eso tiene validez siempre y cuando el presunto machista sea occidental y, además, pertenezca a algún grupo sospechoso de no comulgar con las tendencias globales de lo políticamente correcto. Si esto ocurre el emisor del mensaje puede ser vilipendiado, valupeado e insultado sin sonrojo.

La relatividad moral se pone de manifiesto cuando los vilipendiadores del supuesto machista, no tienen empacho a la hora de simpatizar con regímenes autoritarios que someten a la mujer en sus sociedades. Más aún si el régimen de turno extiende pingües subvenciones a favor de las actividades propagandísticas de los defensores de esta nueva moral occidental.

Tres cuartos de lo mismo ocurre cuando algunos políticos, abanderados de los derechos de los homosexuales, resultan ser acérrimos defensores de dictaduras que aplastan esos mismos derechos de forma sistemática. No olvidemos la admiración que sienten –siempre desde la comodidad de la democracia occidental-, todos estos impulsores de la nueva moral pública por el régimen de la familia Castro en Cuba.

Algo parecido sucede con los derechos de los trabajadores, los parados o los más necesitados. Siempre son los demás, los reaccionarios, los que los violentan de forma sistemática. Pero la realidad es tozuda y nos muestra a los líderes de esos movimientos sociales (sic) en su actuar fuera de cámaras y de redes sociales como verdaderos déspotas. Verbigracia ese gran líder argentino que no pagaba la seguridad social a su asistente doméstico. Por no hablar del nepotismo ilustrado que copa los puestos públicos en aquellos lugares en los que gobierna cualquiera de estos predicadores de la nueva moral.

Muchos se rasgan las vestiduras por los derechos de los animales. Algunos incluso los tratan como a seres humanos -¡cuánto daño ha hecho Disney a nuestra tierna y acomplejada conciencia colectiva!-.  Pero no tenemos reparo a la hora de justificar o incluso sentir cierta simpatía por los actos terroristas contra seres humanos. No extraña ver a los propietarios de la verdadera moral moderna, ensalzar la figura de terroristas. Incluso los admiten en sus filas con regocijo.

Cualquier intento de un gobierno democrático por regular derechos como la libertad de expresión o libre movimiento de los ciudadanos es criticado, como no puede ser de otro modo, de forma unánime y contundente. Pero mucho cuidado con criticar la represión brutal a la que los regímenes de izquierda someten a su pueblo. Los líderes bolivarianos, por ejemplo, pueden cerrar medios de comunicación contrarios al régimen, apalear manifestantes o encarcelar opositores a su antojo. No hay problema. La mera adscripción a las tendencias morales globales les exime de su cumplimiento.

Algo igual sucede con la división de poderes. Las democracias occidentales, con sus mejorables sistemas de elección de poderes siempre serán, a los ojos de los apóstoles de la nueva moral, sistemas represivos en manos de las oligarquías. Por el contrario, la inexistencia de división de poderes de sus admirados –y benefactores- regímenes dictatoriales, ejercen siempre el poder estatal a favor de los más desfavorecidos.

Y así, sin darnos cuenta, vamos cayendo en el juego terrible de esa doble moral de la que acusábamos al clero en los tiempos del franquismo: “Haced lo que yo os diga, pero no hagáis lo que yo hago”. Lo mejor de todo es que la compramos, la hacemos propia y la divulgamos mediante inocentes videos con grandes letras en nuestros muros en redes sociales. Y cuídese el amable lector de no hacerlo, de no apoyar alguno de los aspectos generalmente aceptados por esta nueva -y relativa- moral, porque puede ser tachado de insolidario, fascista, reaccionario...

1 de noviembre de 2016

La paradójica España de los recortes I

España, año 2016. Un joven camina por un parque hacia la universidad pública en la que estudia y por la que paga 720 euros anuales. Es un parque municipal perfectamente cuidado. Los árboles están bien podados y apenas se ven unas hojas en el suelo de la ancha acera, señal del otoño que comienza a sentirse con fuerza. Un cartel pegado sobre una farola del alumbrado público invita a los estudiantes para que acudan a una manifestación contra los recortes del Gobierno. A su lado la oferta cultural del Vicerrectorado de Extensión Universitaria. Destaca el Ciclo sobre Literatura Femenina en Asia.

Una señora de unos 50 años enfila caminando la acera que desemboca en el Centro Cultural Municipal de su pueblo. Una localidad con algo menos de 15.000 habitantes, que cuenta con un espacio público de más de 2.000 metros cuadrados, entre los que destaca un auditorio con 600 cómodas butacas. Allí la señora asistirá de forma gratuita a la proyección de la película Tomates Verdes Fritos, programada por el Centro de Municipal de Información a la Mujer. 

Estas son imágenes cotidianas de la España que no nos muestran los informativos en televisión, ni las portadas de los períodicos. No es noticia que la población española goce de innumerables servicios públicos, en su mayor parte gratuitos o con precios que apenas sufragan una fracción de lo que recibe el ciudadano por usarlos. La gente está acostumbrada a recibir todo eso sin cuestionar su origen o su idoneidad. Por el contrario se habla a diario de recortes gubernamentales, los cuales ciertamente se han producido, pero nadie explica muy bien en qué.

¿En qué se ha recortado?. Si la universidad de marras tiene dinero para conformar una agenda cultural de 35 actividades en un solo mes, pareciera que no son tan graves los recortes. ¿O es que quizá se prefiere recortar en otras partidas antes de tocar el presupuesto en actividades culturales?. Qué decir de la creación de múltiples infraestructuras y organismos públicos para los usos más variopintos que se nos puedan ocurrir. Como el Centro Municipal de Información a la Mujer que a buen seguro da empleo a unos cuantos asalariados públicos.

El problema es de percepciones y de falta de criterio en la asignación del gasto público. Por un lado tenemos un país con unos estándares de servicio público muy elevados. Pero la cara oculta es que esos altos niveles no son tan buenos en los servicios básicos: educación, sanidad y justicia. España continúa siendo un país a la cola de la OCDE en materia educativa, mientras que la sanidad pública –una de las mejores del mundo hace unos años- ha vivido un deterioro muy importante a lo largo de la última década.

Los que han tomado como bandera la denuncia contra los recortes, no quieren comprender que España ya no vive la época dorada de la burbuja financiero-inmobiliaria. El estallido de la burbuja supuso también un duro varapalo para los ingresos del Estado. Algo que aún no quieren asumir los apasionados defensores del gasto público desenfrenado.

¡No a los recortes!. ¡Más gasto público!. ¡Más madera!. Vociferan en plaza cercana al ayuntamiento, perfectamente alumbrada y repleta de mobiliario urbano impecable, el cual muy probablemente destrozarán a su paso. Después de la algarada para denunciar el “neoliberalismo salvaje”, que les permite tener una oferta infinita de actividades con cargo al erario público, un nutrido equipo de empleados de limpieza dejarán impoluta la plaza.

Esta es la paradoja que rodea todo este populismo de nuevo cuño que atrae como imán la atención de los medios de comunicación y las redes sociales. Consignas que suenan a música celestial a todos aquellos que pretenden, de un modo u otro, que el Estado sea el garante de su futuro. Un futuro lleno de comodidades sufragadas a golpe de impuestos.

1 de junio de 2016

Las penurias de Venezuela (este tampoco lo van a leer)

A ciertos personajes en España parece que les molesta que se hable de la crítica situación de la economía y la democracia en nuestro país hermano Venezuela. Yo lo vengo haciendo desde hace bastantes años. Mucho antes de que algunos fueran descubiertos por el régimen chavista para llevar sus populares ideas a la Madre Patria. Eso sí sacando pingües beneficios de ello.
 
La policía vela por el orden en los supermercados
Este domingo descubro que se convierte en viral, por parte de uno de los más de 1.500 medios (canales de televisión, portales noticiosos, blogs, etc) que maneja el chavismo en Internet, una publicación en Facebook de un español que vive en Caracas que afirma –y muestra fotos- que en Venezuela hay supermercados perfectamente bien surtidos. “Supermercados para ricos”, vociferan los partidarios.

Investigo el hallazgo y al mensajero –independentista y seguidor de Podemos- y confirmo la veracidad del artículo. ¿Cómo es posible que convivan en Venezuela supermercados como el de la imagen y en otros –la mayoría- se sucedan grandes colas para comprar alimentos?. La respuesta está en la dualidad que vive el tan cacareado Socialismo del Siglo XXI gracias a la intervención del Estado en la economía.

Para los que no conocen cómo funciona la economía en Venezuela los pondré en antecedentes. El Gobierno hace más de una década intervino en mercado cambiario nacional. Instauró un sistema de tipo de cambio totalmente regulado y prohibió la libre circulación de dólares. Para importar cualquier tipo de mercancía, que generalmente se compra en dólares, o para viajar fuera del país, hay que solicitar esos dólares al Banco Central.

Se establecen diversos tipos de cambio oficiales del bolívar, la moneda venezolana. Así, la importación de alimentos de primera necesidad o los medicamentos, puede acceder a dólares a un tipo de cambio fijo de unos 5 bolívares por dólar. Mientras que existe un tipo de cambio flotante, aunque igualmente intervenido por el Banco Central de Venezuela (BCV), más cercano a la realidad, para viajar o para compras de bienes de lujo a unos 500 bolívares por dólar. ¡10 veces más!.

El famoso ejecutivo español
Sin embargo, el mercado negro de dólares, dada la escasez que genera el control cambiario estatal, es una realidad en Venezuela y en ese mercado el dólar se paga a unos 1.000 bolívares. Para darnos una idea de las magnitudes de las que hablamos, un salario medio en Venezuela ronda los 20.000 bolívares mensuales., a los cuales hay que sumar el subsidio alimenticio de 18.000 bolívares al mes. Con lo cual el venezolano medio ingresa la cifra de ¡38 dólares en el mercado!.

Basado en esa política cambiaria el Estado, propietario del principal recurso económico del país: el petróleo, promovía la importación de artículo de consumo a unos precios ficticiamente bajos. Con el petróleo a más de 100 dólares, las reservas en dólares del BCV parecían no tener fin, a pesar de la espectacular caída en la producción petrolera que ha venido sufriendo Venezuela desde la nacionalización de la misma.

Con la debacle petrolera –precios en caída libre y producción a la baja- la situación se complica y las reservas del BCV caen precipitadamente. Mientras el dólar se dispara en el mercado negro, la devaluación es galopante, a la vez que la inflación se hace insostenible. El control de los precios de venta de los productos básicos se empieza a imponer para evitar que los efectos se sientan en la calle.

Nada más lejos de la realidad. Con la escasez de dólares los insumos se hacen cada vez más caros. El Estado mediante el racionamiento de productos básicos, comprados con dólares, baratos intenta contener la situación. Pero el desabastecimiento hace estragos y esas son las colas que vemos en los informativos de todo el mundo. La gente de la calle, las clases medias, hoy convertidas en paupérrimos dependientes de la cartilla de racionamiento, sólo tiene acceso a ese tipo de productos.

La realidad de las colas en Venezuela
Para completar el cuadro, imagine el paciente lector lo que supone en Venezuela tener acceso a dólares. Piense por un momento que el Gobierno le concede la posibilidad de obtener dólares 100 veces más baratos de lo que cuestan en el mercado negro. Por cada 1.000 dólares de los que dispone, bien por tener ingresos en dólares o gracias al favor gubernamental, usted los convierte en 100.000. Por supuesto estos ciudadanos no acuden a las colas para comprar.

Así, un sistema pensado para equiparar a los ciudadanos, el socialismo, demuestra una vez más que lo que logra es crear pobreza y dependencia del Estado. Sí, existen los supermercados para ricos, pero los ha creado el chavismo.


En la época de la llamada Revolución de los Claveles en Portugal, uno de sus más radicales promotores, el militar Otelo Saraiva de Carvalho, acudió a Suecia para pedir apoyo político a su Gobierno. El primer ministro del país escandinavo, el socialdemócrata Olof Palme le preguntó por su programa de reformas. El revolucionario afirmó: “Queremos acabar con los ricos”. A cual Palme le respondió: “es curioso, porque lo que nosotros pretendemos aquí es acabar con los pobres ”.

24 de mayo de 2016

Por qué las minorías decidirán las próximas elecciones

Una señora de unos 32 años reclama en un programa de televisión su derecho a pasear en andas una vagina de gomaespuma de algo más de un metro de alto, por el centro de Málaga y gritando insultos hacia la Iglesia Católica. Ataviada como si aún siguiera en sus años universitarios, la activista afirma que está imputada penalmente porque “en España la Conferencia Episcopal continúa teniendo un poder que sobrepasa las leyes”. Candidata al Congreso de los Diputados por Podemos en Málaga.

Un señor con 40 años toma la palabra en la Diputación Provincial de Granada para afirmar que “Arnaldo Otegui es un preso político”, “un hombre clave para la paz en el País Vasco”. Entretanto confía en que la Guardia Civil “se convierta en una institución democrática”. Diputado Provincial por IU, hoy Unidos Podemos.


Ambos han construido sus vidas recientes en torno a este tipo de causas reivindicativas. Sólo hay que visitar sus perfiles en la redes sociales para comprobar el grado de exaltación que sienten por sus causas: feminismo y guerracivilismo, respectivamente.

En este activismo se insertan gran cantidad asuntos que poco o nada tienen que ver con los grandes problemas del Estado: desahucios, maltrato animal, memoria histórica, apoyo o rechazo al aborto, apoyo o rechazo a la inmigración, etc.  Asuntos que, en cierta medida, generan importantes filias pero que no pueden ser asumidos de forma clara y contundente por los grandes partidos.

¿Cuántos votos perdería el PSOE si apoyara la abolición de las corridas de toros?. ¿Cuántos votos perdería el PP si cerrara las puertas a la Ley de Memoria Histórica?. Los grandes partidos no pueden asumir el coste político de tomar una determinada posición frente a temas aparentemente irrelevantes para el conjunto de los ciudadanos.

La repercusión mediática de lo políticamente correcto es muy elevada. Tanto que las minorías han ido ganando espacios cada vez más amplios en el imaginario común de los votantes. Imponiendo opiniones que hace unos años nos hubiesen parecido descabelladas.

Sin embargo, existen partidos políticos que son conscientes del poder de las minorías y han sido capaces de mimetizarse con ellas para obtener su favor. Así, la suma de las minorías –cegadas por su activismo militante- conforma una mayoría inaudita en España. Una mayoría que lleva a compartir bandera a los militantes del sindicato del PER en Andalucía, con los del Espanya ens roba en Cataluña. Que cubre bajo un mismo techo a altos cargos de las administraciones públicas y a personajes que dedicaron parte de su vida a aplaudir y brindar por cada crimen de la banda armada ETA.

Todo vale para alcanzar el poder. Una vez logrado, todo son símbolos, gestos, detalles, guiños, payasadas en sede parlamentaria o consistorial para que los adeptos continúen unidos. Al fin y al cabo, en eso consiste el activismo en apoyar una causa, aunque la causa deje de estar vigente. En votar a ciegas mientras la papeleta lleve en su discurso la justa causa a la que han dedicado su blog, su muro en Twitter, su vida.


España enfrenta retos mucho más allá del Toro de la Vega, de la procesión del coño insumiso, del uso de la estelada en un partido de fútbol.  Retos que tienen que ver con la ausencia de un rumbo claro y común en asuntos como la educación, la sanidad, las infraestructuras o nuestra posición en el mundo. Pero serán las causas de las minorías las que decidan quién nos gobernará en los próximos años, no les quepa la menor duda. Al fin y al cabo, una importante mayoría de los votantes no tiene nada que perder... o eso creen ellos.

16 de mayo de 2016

Esta izquierda... (sé que no lo van a leer)

En estos días hemos asistido a la defunción del agónico Partido Comunista de España (PCE) y sus secuelas, agrupadas bajo diversos acrónimos. Los comunistas en España son una suerte de grupo marxista-leninista que se resistía a su extinción. Su resultado electoral del 20 de diciembre fue el epílogo de una historia de fracaso.

Pero ese grupo minoritario, que nunca logró un resultado electoral memorable, era el reflejo de una sociedad en la que aún existían varios centenares de miles de ciudadanos de una izquierda nostálgica y bizarra. Ahora las cosas han cambiado y esa minoría de izquierdas se transforma en una nueva mayoría que ha fagocitado sin complejos a esos nostálgicos del PCE y sus socios.

Resulta curioso que haya nacido un partido político en España que, con un discurso similar e incluso más agresivo que el del PCE, logre resultados tan importantes como los que consiguió Podemos en diciembre. ¿Qué ha cambiado para que una sociedad que nunca apoyó al trasnochado PCE apoye masivamente a una opción más a la izquierda?.

Quizá el primer factor sea la aparición en España, bajo la excusa de la crisis económica, de un resentimiento social desconocido hasta el momento. En España hemos pasado de ser un país de éxito, a aborrecer cualquier atisbo de éxito por parte de cualquiera de nuestros paisanos. El éxito ha sido transformado por los medios de comunicación en un sinónimo de ambición pre-crisis, de capitalismo salvaje, de corrupción.

Podemos ha capitalizado el discurso de este resentimiento basado en la antigua dicotomía comunista de los pobres contra los ricos. Como si tener éxito, ser un profesional reconocido o simplemente ser un empresario próspero fuera lo mismo que ser un evasor, un ladrón, un corrupto. Es la pobreza mental de la suma cero del comunismo: si alguien gana algo es porque otro lo pierde.

El siguiente ingrediente fundamental han sido los cacareados recortes del Estado de Bienestar en España. La realidad es que en España el Estado apenas ha visto reducirse su tamaño en los ocho años que dura ya la crisis económica. Ni se han producido despidos masivos de empleados públicos, ni las administraciones han dejado de gastar decenas de miles de millones de euros en partidas que en poco o nada se traducen en servicios públicos esenciales: salud, educación, infraestructuras, justicia o seguridad. Al contrario, ha sido la inversión pública la que ha sufrido mayores recortes con los consiguientes efectos sobre el sector privado.

Sin embargo, la tímida reducción del gasto público ha sido aprovechada por esta nueva izquierda para multiplicar su influencia en una sociedad cada vez más sensible a los asuntos públicos relacionados con el gasto. El efecto exponencial de este factor ha sido la corrupción. Cualquier caso de corrupción pública ha sido convertido en una palanca para hacer creer que el dinero de la corrupción estaba relacionado con los recortes: “Ellos roban y nos recortan a nosotros”.

Es ese ellos contra nosotros el principal movilizador de esta izquierda. Se busca la confrontación política, la división social y se inventa la segregación económica. De ahí que prácticamente no tengan propuestas reales en su programa más allá de buscar el revanchismo hacia los otros. Para ello no han dudado en apuntarse a la vieja teoría de las Dos Españas y afiliarse –a pesar de su juventud- al bando políticamente correcto para resucitar la contienda en la búsqueda de nuevos adeptos.

A lo anterior hemos de sumar la indisimulada doble moral de esta izquierda: enchufismo, apoyo al independentismo, alineación con el entorno pro-etarra, etc. Colocaciones indiscriminadas de sus correligionarios –incluidos familiares- en aquellos lugares en los que gobiernan. Doble discurso sobre la unidad de España y apoyo a los referendos de independencia. Resucitan los muertos de la Guerra Civil pero pretenden que olvidemos a los asesinados por ETA. Estos factores suman votos ante un electorado cada vez más influenciable por las redes sociales. Las redes promueven una especie de activismo militante en determinados temas, de forma que el votante no mira el panorama general, sino cuál es el partido que se alinea con mi causa. Es la victoria de las minorías de la que hablamos aquí.

Esta es la izquierda que logra resultados en España y que está cerca de formar opción de Gobierno. Esta es la izquierda de la ruptura de cerca de cuarenta años de convivencia pacífica y tolerante entre españoles. La izquierda que está haciendo buenas las palabras de Napoleón Bonaparte: “A la mayoría de los que se sienten oprimidos, no les importaría ser opresores”.

5 de septiembre de 2011

Desmitificando a los mercados


Una de las grandes consignas de la izquierda es su ataque sistemático contra los mercados. Los mercados son el lobo feroz de todos los males de esta sociedad, según la visión de la progresía mundial. Especialmente en estos momentos en los que se acabó la fiesta del grifo abierto del gasto público para patrocinar cualquier invento nacido del discurso del "gasto social".

Lo que no se paran a pensar todos los que repiten como papagayos cualquier dogma generado desde las tribunas de la autoridad moral de la izquierda, es que los mercados son parte de nuestras vidas. Entes que se rigen por creencias, miedos y expectativas como los seres humanos que los crean.

Pongamos un ejemplo cercano. Imaginemos un puesto de camisetas en los aledaños de alguna de aquellas acampadas ubicadas en alguna de las principales plazas de España. El propietario del establecimiento tiene que decidir qué tipo de camisetas pone a la venta en su modesto toldo. Esa decisión la toma en función de la expectativa que tiene sobre sus clientes potenciales: los acampados y demás acólitos. Una camiseta con la efigie de Ernesto Ché Guevara, tendrá más posibilidad de venderse que una con la bandera de España con el toro de Osborne serigrafiada.

Evidentemente el mercader opta por exponer las del mítico revolucionario, presidente que fue del Banco Nacional de Cuba, mucho más acordes con el público objetivo circundante. Oferta, demanda y expectativas de venta y beneficios condicionan la decisión del vendedor.

Sus clientes igualmente toman la decisión de compra teniendo en cuenta el grado de beneficios/ausencia de perjuicios que les ocasionará el producto. Seguramente la prenda con la imagen del activista es mucho más aceptada por los allí congregados, amén de generar menos animadversión ante el respetable que se da cita en la plaza.

Si tuviéramos que poner precio a ambos modelos de camiseta en esa situación, igualmente veríamos que la del guerrillero sería mucho más cara que la del serigrafiado patriótico. Sobre todo porque tiene una mayor posibilidad de venta entre los congregados.

Si trasladamos el ejemplo de las camisetas a la deuda soberana de los países veremos que ocurre algo similar. Son muchos menos los inversores dispuestos a comprar deuda de un país al borde de la suspensión de pagos, verbigracia Grecia, que los que se sienten atraídos por la deuda de un país sólido, como Alemania. Y eso que la deuda griega se paga al trece por ciento y la alemana al dos.

En otras ocasiones los inversores toman sus decisiones en función de la liquidez que tengan las inversiones a realizar. Es decir, la posibilidad de deshacerse de los productos adquiridos sin sufrir una pérdida. Volviendo al ejemplo del vendedor de camisetas, estará de acuerdo el lector en que le será más fácil deshacerse del género pretendidamente revolucionario que del torito y la bandera patria. Aniversario de la II República, mitin-fiesta del PCE, manifestaciones para abuchear a católicos… Las oportunidades para revender el producto no le van a faltar.

Los inversores en deuda pública piensan igual. Saben que las posibilidades de deshacerse de la deuda de un país al borde de la quiebra, y que emite diariamente cientos de millones de bonos para pagar intereses de otros bonos, son mucho menores que las de la deuda de un país con unas finanzas públicas saneadas y que emite deuda para pagar sus inversiones en mejorar la competitividad de su sociedad.

En los últimos meses he leído no pocas falacias de presuntos economistas sobre el tema de los mercados y la deuda soberana española. Puede que España no tenga una deuda pública tan elevada como Alemania u Holanda, pero su crecimiento ha sido espectacular en los últimos tres años. Los mercados, como cualquier hijo de vecino, no ven sólo un dato aislado, sino que miran al deudor –en este caso España- en su conjunto. Siendo la capacidad de devolución de la deuda el principal índice para la toma de decisiones de compra.

Volviendo al ejemplo de las camisetas. Apuesto a que el buen vendedor de Sol no fía ni una sola camiseta a sus clientes. Los cuales a buen seguro no tienen que pagar hipoteca, ni coche, ni ningún préstamo. Por el contrario seguro que no le importaría fiar a los que se compran un traje en una lujosa sastrería… por muchas deudas que tengan.

Pero claro, a los que ya han decidido que los culpables son los mercados les interesa bastante poco la lógica más elemental. Los líderes apunta, ellos sólo tienen que disparar.