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24 de septiembre de 2017

¿Dónde están los catalanes?

El 27 de septiembre de 2015 los catalanes fueron llamados a las urnas –los catalanes han acudido a las urnas tres veces en menos de dos años- para elegir al gobierno autonómico por medio del sistema de representación parlamentario. Los partidos independentistas (Junts Per Si y CUP) obtuvieron un 47,8 por ciento de los sufragios. Debido al sistema electoral que distribuye los votos de forma no proporcional, los soberanistas obtuvieron un 53,33 por ciento de los escaños parlamentarios en juego y formaron gobierno.

Las negociaciones para componer este gobierno de corte independentista, culminaron con la designación de Carles Puigdemont como presidente de la Generalitat de Cataluña, el cual no se presentó a las elecciones. Dicho de otro modo, los catalanes tienen como presidente autonómico a un señor que ni siquiera era candidato, sino que llegó al poder por medio de negociaciones entre partidos.

La mayoría de los catalanes que no votaron por partidos independentistas guardó silencio, como lo guardan ahora. Muchos amedrentados por la virulencia con la que ejercen sus derechos de libertad de expresión y manifestación una parte de los vencedores en aquella contienda electoral: los partidarios de extrema izquierda agrupados en torno a la formación anticapitalista denominada Candidatura de Unidad Popular (CUP) y a los que se unen los militantes más radicales de Ezquerra Republicana de Cataluña (ERC).

La fractura de Cataluña quedó evidenciada en las elecciones de 2015 y ha ido en aumento desde entonces. Los independentistas, con su pírrica victoria en la contienda electoral, han ido capitalizando espacios de opinión e invadiendo todos los ámbitos de la vida pública catalana. Desde las instituciones catalanas, hasta la educación.

Esta apropiación de lo público ha contado en gran medida con el apoyo de la marca local del partido nacional de izquierda populista Podemos, En Comú Podem, que gobierna en varios municipios catalanes, destacando la alcaldía de Barcelona. Una agrupación que se opone a la independencia pero que apoya la convocatoria de un referéndum. Esta posición ambivalente sirve a los populistas para captar votos en las revueltas aguas de la política catalana.

Este adueñamiento institucional del independentismo, ha creado una imagen falsa de Cataluña y los catalanes, de forma que se nos hace creer que todos los catalanes quieren la independencia de España. Las urnas indican que es falso: la mayoría de los catalanes no votó por partidos independentistas.

Sin embargo, esa mayoría de catalanes permanecen en silencio. Como en silencio permanecen también otros muchos catalanes que, aunque son partidarios de la celebración de un referéndum legal, no al margen de la ley como el convocado por los independentistas, son personas moderadas y sensatas que ven cómo la convivencia en Cataluña se va deteriorando a pasos agigantados.

Parece que los partidos moderados catalanes, integrantes de la antigua Convergencia y Unió (CiU), hoy en vías de extinción, no quieren ver que sus aliados en este intento de quebrar España, son grupos radicales que poco a poco van tomando el control de la situación. No parecen darse cuenta de que, en el remoto escenario de una independencia catalana, ellos exigirán el poder. “Nosotros conseguimos la independencia, ahora queremos el poder”, será la frase que tendrán que soportar los catalanes, todos los catalanes, si continúan dejando el protagonismo a los radicales.

Adicional a lo anterior, está la escalada de tensión que viene generando el independentismo en su pulso contra el estado de derecho. Este movimiento táctico, crea un sentimiento de posibilidad entre muchos catalanes que ven cerca la independencia. No parecen ser conscientes de la gravedad de la ruptura unilateral que promulgan los líderes radicalizados del independentismo. La frustración de una parte importante, aunque minoritaria y resentida, de la sociedad catalana ante la imposibilidad de la independencia, puede tener graves consecuencias en términos de violencia.


Ante este sombrío escenario, no para la unidad de España, si no para el futuro de Cataluña. Llega la hora de que los catalanes levanten su voz de forma pacífica contra la deriva radical a la que los conduce el independentismo. Muchos se escudan en la posición cómoda de la llamada al diálogo. Otros tienen miedo porque saben que serán señalados como botiflers –apelativo del siglo XVIII con el que se insulta a los contrarios a la independencia-. Pero que los catalanes nunca olviden que ellos son más y tienen el apoyo del resto de los españoles.

2 de julio de 2016

Hora de trabajar, señores


Carece de sentido analizar los resultados de la contienda electoral del domingo 26. Es agua pasada y ya se han derramado ríos de tinta –sobre todo virtuales- al respecto.  Un 33% de los votantes dio su apoyo a una formación política. El resto, que no alcanzaron más de 85 escaños de forma individual, no les queda más que aceptar el resultado y esperar su oportunidad en los próximos comicios.

El resultado de estas elecciones ha sorprendido a casi todos, al igual que ha dejado claro que es necesario llegar a acuerdos para formar un Gobierno estable, que retome senda del crecimiento económico, la creación de empleo y la mejora de los servicios esenciales.

Ahora es tiempo de que los políticos, sobre todo los que afirmaron en campaña que no habría una tercera convocatoria electoral, se pongan a trabajar. A día de hoy, trabajar quiere decir llegar a un acuerdo para que España tenga un Gobierno legítimo y no uno transitorio. Conseguirlo parece bastante fácil y sería comenzando por los puntos en común.

¿Acaso PP, PSOE y Ciudadanos no quieren reducir las cifras de desempleo?. ¿No prometieron los tres fortalecer la educación?. ¿No buscan los tres partidos una España competitiva, cohesionada y pujante?. Parece evidente que sí. Como también existen diferencias en el modo de lograr tales objetivos. Pero si hay objetivos comunes, es posible remar juntos en el mismo sentido.

Ya conocemos el resultado de las estrategias partidarias que se pusieron en marcha tras el 20D. Sabemos que el coste económico y político de seguir por el camino de la confrontación es alto, sobre todo para los que ven una oportunidad en la falta de estabilidad y se nutren del descontento ciudadano.

Es por ello que los españoles reclaman a los políticos la amplitud de miras suficiente para superar la ceguera de la confrontación, la excusa de la interpretación de los resultados y la supuesta dictadura de los comités directivos de los partidos.  Más de un año de campaña electoral es más que suficiente para que algunos olviden las frases hechas y las consignas demagógicas.


Ha llegado el momento de ponerse a trabajar por una España mejor.  Eso es lo que estamos esperando de ustedes.

27 de enero de 2016

¿Y si es Albert Rivera?

Algunos hablan de su juventud (36 años) y su falta de experiencia. Sin embargo, Albert Rivera es el líder político que mayor caudal de votos ha logrado en sus primeras elecciones a nivel nacional. Más mérito aún si tenemos en cuenta que Ciudadanos (C´s) no ha tenido la capacidad financiera del resto de sus rivales en las elecciones del 20-D.

Rivera no tiene muertos en el baúl. Ni casos de corrupción, como PSOE o PP, ni apoyos de gobiernos extranjeros con un claro sentido anti-democrático, como Podemos. Tampoco ha trazado cordones sanitarios a la hora de pactar con otras formaciones políticas. Aunque más que pactos, C´s lo que ha posibilitado han sido gobiernos estables en varias comunidades autónomas  y ayuntamientos importantes.

Los únicos requisitos claros de C´s en este período han sido la unidad de España y la lucha contra la corrupción. Para Podemos y sus alianzas territoriales con el independentismo (Cataluña, Valencia, País Vasco y Galicia) la unidad de nuestro país es una entelequia a la que denominan “realidad plurinacional”, un aforismo inventado en la época de Rodríguez Zapatero y que nos ha traído hasta aquí.

De igual modo parece que ni PP ni PSOE pueden sacar pecho en lo que a corrupción se refiere. Los casos de corrupción son importantes en las filas de una y otra formación. Por mucho que Pedro Sánchez se empeñe, los casos de Andalucía son gravísimos y semanalmente vemos nuevos imputados, a pesar de haber conseguido sacar a la juez Alaya de la instrucción.

Rivera no ha pedido sillones. Ha pedido unidad y un gran pacto de Estado. Tiene claro que unas nuevas elecciones no son la solución de España, porque muy probablemente el arco iris actual volverá a tornarse rojo y azul. Podemos y C´s se verían con toda seguridad perjudicados, pero los defenestrados serían Rajoy y Sánchez, los cuales aún se resisten a entender que son el obstáculo para el gran pacto que solicita la mayoría de los españoles.

En una encuesta de Metroscopia publicada por el diario El País, vemos que ni tan siquiera los votantes de PSOE y PP otorgan el apoyo a sus respectivos candidatos. Menos aún los de C´s. Curiosamente los votantes de Podemos se declaran más partidarios de un Gobierno presidido por Sánchez (72%) que los propios electores socialistas (57%).

En esa misma encuesta Albert Rivera aparece como el líder político más valorado tras las elecciones de diciembre. Rivera está a decenas de puntos de ventaja sobre Iglesias, Sánchez o Rajoy, todos ellos desaprobados ampliamente en la consulta. Quizá porque los ciudadanos hemos visto en él al único líder político humilde que ha sido capaz de negociar con todos y el verdadero artífice del pacto en el Congreso de los Diputados, en el que PSOE y PP han cedido.

Ante este panorama, si empleamos el sentido común, parece claro que el verdadero candidato a presidir esta época turbulenta de la Historia de España es un muchacho joven, pero capaz, inteligente, negociador, abierto y fresco llamado Albert Rivera.


Con este Pacto de Estado PP+PSOE+C´s, podríamos soñar los españoles con lograr los mejores resultados por medio de las reformas que llevamos décadas pidiendo y que han estado al albur de los movimientos partidistas de los grandes actores políticos desde la transición. Hablamos de educación, lucha contra la corrupción, régimen territorial y racionalización del gasto público. Temas de los que nadie habla en estos días, sólo Albert Rivera. Démosle la oportunidad.