24 de septiembre de 2020

El balance necesario

A pesar de que desde abril de este año, mes y medio después del inicio de los efectos de la pandemia, ya se hablaba de una negociación con el FMI para la obtención de un crédito blando, no es hasta mediados de septiembre que el Gobierno de Costa Rica anuncia su propuesta de negociación con el organismo internacional. Para sorpresa de propios y extraños, las condiciones se basan en una reforma fiscal en busca de nuevos ingresos para el Estado, tan sólo 15 meses después de la entrada en vigor de la reforma anterior. Una ley tributaria que creaba nuevos impuestos e incrementaba otros. 

En 2018 la sociedad civil, encabezada por el sector privado, comprendió la necesidad de esta reforma, si bien desde el primer momento el apoyo contenía un importante mensaje para el Gobierno de Carlos Alvarado: el balance a la mayor presión fiscal debía ser un ajuste del aparato estatal. Sin embargo, este ajuste nunca llegó. Como tampoco llegaron medidas de reactivación económica que redujeran el impacto en el empleo que supusieron nuevos impuestos en una economía estancada. No parece que nuestros gobernantes hayan aprendido la lección.

 

Resulta evidente que esta propuesta gubernamental busca romper de forma definitiva aquel pacto tácito de 2018, así como el acuerdo político firmado por Carlos Alvarado y Rodolfo Piza, denominado Acuerdo Nacional, que muchos respaldamos y que un año después se convirtió en papel mojado. Las evidencias son contundentes y ya la maquinaria de los depredadores del presupuesto público está en marcha. Dos son los mensajes perversos que se están lanzando desde el depredador insaciable de recursos en que se ha convertido el Estado costarricense.

 

El primero es la amenaza clara y contundente que llega desde las filas de esa academia estatal elitista, sesgada y todopoderosa contra el principal generador de empleo privado de Costa Rica: las zonas francas. Ya las redes sociales arden contra el régimen fiscal de las zonas francas y la presión será mayor en los próximos días. Se trata de una suerte de chantaje brutal contra el sector privado, principalmente contra las decenas de miles de costarricenses que se desempeñan profesionalmente en las zonas francas. “O aceptas el nuevo paquete de impuestos o iré contra las zonas francas”, es el mensaje claro que los mamporreros de los que quieren mantener sus privilegios -hoy en el poder- nos están enviando.

 

El segundo mensaje consiste en culpar al sector privado de ser consistentemente evasor de impuestos. La Contraloría de la República hizo público en estos días un informe -¿casualidad?- acerca de la incapacidad del Ministerio de Hacienda para recaudar los impuestos existentes y señala una serie de falencias en los sistemas de control tributario. Este informe es troceado, interpretado, manoseado de forma partidaria para señalar que la culpa de dicha incapacidad es de los evasores, no del que debería controlar o, sencillamente, cobrar a los sujetos pasivos de los impuestos. La trágica noticia es que hasta en una parte del sector empresarial se aplaude dicha interpretación y se entona el mea culpa.

 

Ante este panorama el sector privado, de nuevo, se divide. Ya se oyen voces hablando de “balancear” la voracidad fiscal del Gobierno Alvarado. Algunos, quizá con irrisorias aspiraciones electorales, creen que este nuevo zarpazo a la creación de empleo y la inversión, les dejaría unas arcas estatales menos depauperadas en un hipotético -y muy remoto- triunfo en 2022. Otros ya han comprado las amenazas y prefieren que se hable de impuestos que no les afectan tanto antes de que les toquen el bolsillo por otro lado, al fin y al cabo siempre hay ganadores y perdedores.

 

Pero aquí el único balance que cabe es el de cumplir con el acuerdo de 2018: ajustar las finanzas públicas agrupando o eliminando instituciones, vendiendo activos que no cumplen ninguna función social o ajustando gasto público en donde menos afecte a la inversión pública. Cualquier otra propuesta que no empiece por un plan de choque de ajuste del gasto público resulta a todas luces inadmisible por parte de los que acordaron soportar el resultado de la reforma fiscal de 2018.

24 de julio de 2020

Coronavirus, información y estupidez


A los que les gusta el tono apocalíptico, esos que no se quitan la nueva normalidad de la boca, afirman que la pandemia generada por el coronavirus va a cambiar el mundo. En realidad la Humanidad ya estaba cambiando, siempre cambia, se mueve. Somos seres que avanzan, muchas veces sin rumbo, pero no sabemos estar quietos, y menos ahora, obligados por un virus. Por eso yo pienso que los cambios ya estaban ahí, latentes, presentes, escondidos o apenas enseñando la patita, el -la, los, las- Covid-19 sólo llegó para acelerarlos.

 

Nuestra dependencia digital se ha vuelto exponencial y, con ella, sus consecuencias, no todas positivas. Bertrand Russell afirmó que “con un poco de agilidad mental y un par de lecturas de segunda mano, cualquier hombre encuentra pruebas de aquello en lo que necesita creer”. Considerando que Russell murió en 1970, esa búsqueda debía ser de lecturas físicas, es decir, libros, periódicos, revistas, etc. ¿Se imagina el amable lector lo que significa hoy esa afirmación con la cantidad de acceso que tenemos a información?

 

Si alguien cree que la pandemia es una conspiración de algún maquiavélico magnate, sólo tiene que hacer la búsqueda correspondiente en Internet. Si llegó a la conclusión de que el virus nació en un laboratorio chino, hay miles de artículos que lo demuestran de forma fehaciente. Si opina que la mascarilla es el bálsamo de fierabrás, hay decenas de papers -ojo, antes los papers estaban vedados a los científicos y gente con muchos estudios- que así lo indican. Si piensa que no sirven para nada, también hay estudios que lo afirman con rotundidad.

 

La cuestión es que nos hemos vuelto cómodos, livianos, estúpidos, si se me permite. Sólo hay que agarrar una idea, una creencia, un trending topic y hacerlo propio, defenderlo a capa y espada, al final hay “lecturas” que nos apoyan, incluso videos, aunque sean de Playground. Acceso a más información no significa más criterio para tomar decisiones, porque la información requiere reflexión y análisis antes de convertise en opinión. El problema es ese: confundimos opinión con información. La inmensa mayoría de las lecturas contienen ya el análisis, la reflexión, las conclusiones, así que las tomamos porque era justo lo que estábamos buscando, pero son opiniones de terceros que refuerzan la nuestra.

 

Pero el ser humano ha renunciado ya al raciocinio superior que le fue otorgado. Ha dado por extinto el criterio propio. Prefiere sumarse al que gracil, dócil y asequible le ofrecen las lecturas de segunda mano. Y, juramentados tras una infinita capa de prejuicios, vamos tomando, cual Eva en el Paraíso, las manzanas que nos hacen más tupida la cota de malla de nuestras creencias, convertidas en verdades.

17 de julio de 2020

Como no puedo hablar del Covid, hablo de números

No voy a hablar del coronavirus, no me está permitido. Ya el pueblo decidió que no tengo autoridad para hacerlo. No tengo un postgrado en epidemiología en la UNA, ni estudios en la materia que me acrediten como experto, así que no hablaré. El presidente Alvarado parece que leyó -o le contaron- un artículo de Tomás Pueyo, por cierto del 19 de marzo de 2020, titulado El martillo y el baile y nos lo narran en cadena pública a diario, con desparpajo, como el que cuenta una anécdota. Entre el artículo y los conocimientos del Ministro de la Cosa, aquí nadie puede opinar sobre pandemias. 

 

Se le conoce como falacia de autoridad y está causando estragos, no sólo en Costa Rica. En España, un tipo que el 30 de enero dijo que España tendría apenas un caso suelto, se convirtió en el que manejó la crisis del coronavirus. El resultado ya lo conocemos 28.000 muertos oficiales y otros 16.000 que, según el experto, pudieron morir “en un accidente de tráfico enorme” en pleno confinamiento. Pero son los que saben, así que calladito más bonito. Cuando las cosas se tuercen salen sus palmeros diciendo “nadie tenía un manual para la pandemia”, ni yo un cargo de ministro.

 

Por suerte de números sí nos dejan hablar, pero con cuidado, no vaya a ser que no coincidan con las verdades universales que nos cuentan en cadena pública nacional a diario. ¿Pero esos no son epidemiólogos y expertos en salud? -se preguntarán. La respuesta es que ya trascendieron sus conocimientos académicos y ahora son semidioses que toman agua embotellada por el Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados (AyA), disponible sólo para las mentes privilegiadas de Zapote.

 

La cuestión es que este humilde economista hace números. Veamos, según los informes del Ministro de Seguridad Pública, entre el lunes y el miércoles de esta semana se han producido 1.700 denuncias al 911 relacionadas con “fiestas y otros comportamientos contrarios a las restricciones sanitarias”. Digamos que sólo la mitad eran fiestas, es decir, 850 fiestas privadas. Consideremos que “fiesta” es una actividad con una media de 20 personas (habrá fiestas de 10 y fiestas de 30), es decir, 17.000 personas estuvieron de fiesta entre el lunes y el miércoles en Costa Rica. Somos muy fiesteros.

 

En plena restricción vehicular, porque no hay taxis para movilizar a tanta gente, quiere decir que, si la mitad iban en su carro, a dos personas por carro, se desplazaron 4.250 vehículos. Debemos preguntarnos: ¿cuántas multas se pusieron por incumplir la restricción vehicular en esos días? Según indica algún diario fueron 484. Primer dato 4.250 contra 484, infiriendo que todos multados iban o venían de fiestas.

 

Pero ahondemos un poco más en los números que nos ofrecen a diario. El gran problema, según los que saben oficialmente del Covid-19, son las fiestas, especialmente los baby showers. A raíz de un té de canastilla se infectaron 21 de las personas que asistieron, los números luego cambiaron porque fue una celebración móvil, pero eso no importa, detalles, ¡bah!. La cuestión es que el riesgo es muy grande. Fijénse en los datos. Si entre lunes y miércoles hubo 17.000 personas de fiesta -de acuerdo con las 1.700 denuncias-, quiere decir que en los últimos siete días, sin contar con el factor fin de semana, unos 39.700 costarricenses estuvieron en fiestas. 

 

Digamos que sólo un 20 por ciento de los desalmados fiesteros se contagiaron en esas arriesgadas -sino suicidas- actividades sociales, entonces podemos pensar que unas 8.000 personas saldrán positivas por Covid-19 entre esta semana y la próxima. Eso sin contar con el factor de contagio comunitario que se calcula en 4 por cada infectado, o sea, 32.000 infectados en unos días. Si lo multiplicamos por 4 semanas ya tenemos 128.000 y, como es “exponencial”, tal y como dicen a diario mientras toman agua embotellada del AyA, podríamos pensar que en septiembre el Covid-19 ya estuvo en el 50 por ciento de la población.

Ahí llega la pregunta para los sabios: ¿qué sucedió entre el 8 de marzo y el 3 de junio, lapso de tiempo en el que los casos estuvieron bajo control? ¿no hubo fiestas? ¿no hubo baby showers? ¿no había gente que tomaba cerveza en la puerta de la pulpería?. Algo no cuadra en ese eslogan “Fiesta que veo fiesta que sapeo”. ¿Será que no hay tantas “fiestas”? ¿Será que hemos generado un mecanismo de odio y revanchismo contra el vecino que escucha música y toma cerveza en el balcón? ¿Será que no son tan peligrosas las “fiestas”?

 

Hoy, los que saben, nos sacan otro dato interesante: “A este paso en agosto habrá 360 personas en camas UCI”. Asusta, ¿eh? Veamos, de los 8.986 casos detectados al 15 de julio, 7.881 se produjeron desde el 3 de junio, es decir, en unos 40 días. Los casos se multiplicaron por siete, pero los hospitalizados en UCI sólo por dos. Para multiplicar por 10 los internados en UCI como están suponiendo en un mes, los casos se deberían multiplicar por 35. Con estas cifras llegaríamos a 314.000 casos. 

 

Hagamos otro número menos alegre y basado en los datos que tenemos desde que empezó la pandemia. Aproximadamente un 2 por ciento de los infectados detectados son hospitalizados y de esos un 12 por ciento pasan por la UCI. Para llegar a 360 personas en UCI los casos serían 150.000, en otras palabras, 15,8 veces el número actual de contagios en un mes. ¿Cómo lo ven? ¿Factible?

 

A pesar lo que pueda pensar el lector, yo no soy negacionista de los riesgos del virus y tomo muy en serio las recomendaciones (mascarilla, burbuja, etc). Tampoco soy un talibán de los que van señalando con el dedo a cualquiera que desacata los consejos diarios de los ministros. Creo que hay que ser prudente, sin caer en el pánico recomendado diariamente, ni en el intento claro de señalar a la población por el manejo de la crisis. Los responsables políticos, cuando les escribían loas en los medios internacionales y ahora que están enfrentando la verdadera pandemia que parecía no ir con ellos durante tres meses, son los únicos que deben rendir cuentas. Para lo bueno y para lo malo.

 

PD. Gracias a mi amigo Pepe por la serie de datos sobre el Covid-19 en Costa Rica.

24 de junio de 2020

La nueva anormalidad costarricense

Hablan los noticieros de que hicieron una fiesta en un “lujoso” condominio en Escazú el sábado. Un crimen de lesa humanidad sin duda. Ahí está el video, tomado por un vecino solitario y preocupado. Antes lo denominaban sapazo, pero ahora está bien visto. El Gobierno no descarta la creación de brigadas patrióticas para vigilar el comportamiento de los vecinos, al tiempo.
-       Papá, ¿tú nunca haces fiestas así? -le pregunta Roberto a su padre después de grabar y publicar la intimidad sus vecinos en un área privada.
-       No hijo, con esto del Covid no se pueden hacer fiestas -contesta el padre.
-       Bueno papá, antes de la pandemia tampoco hacías fiestas…
-       Es que a tu madre y a mí no nos gustan mucho las fiestas -decreta el progenitor para zanjar la conversación.
-       Por cierto, me das cinco mil pesos para pagar el glovo. Me pedí una pizza porque mamá no tenía ganas de cocinar y se fue a Multiplaza a comprar no sé qué.
     Los del Ministerio de Salud no pudieron entrar al condominio a recetar multas, que es lo que les pone, el glovo del videoaficionado sí, lo normal.
     Daniel Salas, Ministro de la Cosa, explica en la cadena pública diaria que hacer fiestas es malo, que va en contra de la nueva anormalidad y que hay que denunciar a los fiesteros y a los que hacen tés de canastilla, que son los nuevos forajidos. A renglón seguido anuncia que a partir del sábado hay que llevar mascarilla en el bus, que el bicho se compromete desde el lunes hasta el fin de semana a no atacar al personal en transporte público, aunque no lleven cubrebocas. Los buses son fiestas rodantes con 30 pasajeros, pero no salen en los noticieros, quizá porque no son “lujosos” o porque no hay música, ni tragos, ni vecinos de las brigadas patrióticas, vigilantes y amargados.
     Un helicóptero de la fuerza pública sobrevuela Tamarindo y sus alrededores buscando gente que pueda estar inclumpliendo las recomendaciones del régimen. Nos pasa por encima tres veces mientras estamos en la piscina del condominio para cerciorarse de que somos burbuja social, es decir, familia. Sin duda las rupturas de burbujas sociales son el primer problema del país en pleno estado de alarma por la pandemia. La frontera Norte es un mal menor, no hacen falta helicópteros de vigilancia por allí, en esa zona no hacen fiestas y menos en condominios "lujosos". 
     El Gobierno dice que es malo pasear por los parques y las playas, que se acumula mucha gente y tal. Es como ver a la Gestapo en las películas de nazis, ven un grupo de más de dos personas y se acercan a ordenarles “¡Dispérsense, dispérsense!”. El otro día los de la nueva Gestapo covidiana me sacaron de un parque cuando entré a retirar los excrementos de mi perro, me jugué la multa, pero dudé entre la multa por la caca del perro o la de entrar a un parque público. Hay que ser muy cauto en estos días de Covid-19 y Gestapo con gafas de Clark Kent.
     Uno ya no sabe si ir a un restaurante es bueno o es malo. La cuestión es que están abiertos -lo cual me alegra mucho- y allí sí se puede tomar con los amigos sin tanta complicación. Igual podemos pasear por un centro comercial sin mayor problema, pero jamás por un parque o una playa. En un centro comercial caben unas cinco mil personas, a diez metros cuadrados por alma. En el Parque Metropolitano de la Sabana el riesgo es mayor, ¡dónde va a parar!.
     Lo más importante de todo es no hacer muchos planes. De repente hoy te ponen el barrio en alerta naranja, te cierran dos carreteras o te dicen que tienes que andar con mascarilla al café de la esquina, los autobuses se conoce que aún tienen bula covidiana. Por lo menos en el café te puedes quitar el cubrebocas “para consumir”, dice Salas, Ministro de la Cosa, que es el que sabe del asunto. Faltaría más. 


13 de junio de 2020

Gracita Morales y lo que el viento se llevó

Dicen los sabios de lo políticamente correcto que la película Lo que el viento se llevó es racista. Así que las plataformas de entretenimiento digital, muy preocupadas por no caer mal entre la población sensible a los dictados de lo que se estila, la han retirado de sus menús. Parece, según dicen los conocedores del tema, que Mammy, la criada negra de Lo que el viento se llevó, ofrece en el filme una imagen feliz de la esclavitud en la que vivían. No tengo elementos de juicio para saber si esta afirmación es acertada o no. Lo que si puedo es compararla con la criada española de los años 60 y 70 que tantas veces interpretó la entrañable Gracita Morales. 

Imagino que ser empleada doméstica en España en los 60 no era lo mismo que ser esclava a principios del siglo XX en Carolina del Sur, pero tampoco veo los motivos por los que Gracita Morales aparecía feliz, incluso confianzuda y altanera, en sus aparaciones domésticas. Quizá deberían censurarse todas esas películas españolas en las que no se trata el personaje de la empleada del hogar adecuadamente. Siempre de acuerdo con los estándares que parezcan oportunos a los que saben de esto, de lo políticamente correcto. Ni que decir de Downton Abbey, en donde se ve tan contenta a la mayoría servicio doméstico. Si me apuran diría que muchos orgullosos de serlo. Deleznable, ¿no creen, señores expertos?

Marta Kauffman co-creadora de la exitosa serie de televisión Friends, dice que se arrepiente porque todos sus protagonistas eran blancos. ¡Vaya! También eran todos guapos, pero los feos no salen a manifestarse. Quizá tampoco se sientan feos los que lo son -o somos-, no sé. La cuestión es que hay decenas de series de televisión en las que todos los protagonistas son negros: Fresh Prince of Bel Air, Cosas de Casa, Back-Ish, etc. No he visto quejas al respecto. 

Me acuerdo mucho del Principe del Bel Air, protagonizada por Will Smith, el sobrino rebelde en una familia de millonarios negros. Una taimada crítica a los blancos wannabe aparecía entre chistes y travesuras. Pero no había protagonistas blancos, más bien eran los malos de la serie que se reían de Carlton y así todo. Asimetrías de lo políticamente correcto.

Parece que vivimos en un mundo en el que uno tiene que andar pidiendo perdón por todo. Por los genocidios de los romanos, sin duda principales antepasados nuestros; por los de los dictadores de cualquier raza o ideología -¿hay ideología en la dictadura?-, a los que hemos sufrido como el que más; o por cualquiera que haya cometido una atrocidad en nombre de la religión, la raza, la ideología o el sexo. Claro, siempre y cuando los agresores no pertenezcan a ningún grupo designado por los sabios como minoría a proteger.

30 de mayo de 2020

Los equidistantes

Cada vez que se produce una situación de crisis o enfrentamiento político los vemos aparecer. Invariablemente los vemos exhibiendo una suerte de superioridad moral que les permite situarse por encima de las circunstancias. Ellos no culpan a nadie, por eso mejor los culpan a todos, sean o no responsables. Su frase favorita es “los políticos no están haciendo lo que les pide la gente”. Así, con esa especie de eufemismo que es el sustantivo totalizador políticos, se logra una equidistancia total. Ni critican ni dejan de criticar, ni dan la razón ni la quitan. Se mantienen equidistantes.

Los equidistantes nunca votan, en apariencia. Es evidente que votaron a los que gobiernan, que son inevitablemente los que comenten los errores, como corresponde en democracia, pero lo niegan como bellacos. Sabedores de que no pueden defender lo indefendible adoptan esa posición y hablan de los políticos o la clase política. Meten en el mismo saco al que erró que al que señala el yerro. Al que mató que al que pone de manifiesto el crimen. Al que mintió que al que utiliza la mentira para poner en evidencia al mentiroso.

A los equidistantes no les importa que un señor diga en campaña electoral que jamás cobrará 4.000 euros del erario público por ser “injusto”, pero a los tres meses empiece a cobrarlos sin el menor pudor. Les parece simpático un tipo que el 30 de enero de 2020 decía “en España habrá, si acaso, algún caso aislado de coronavirus” y ahora no es capaz de asumir los más de 40.000 muertos causados por su falta de previsión, sino que se decida a falsear datos a diario o a dar lecciones de técnica epidemiológica. O lo que es peor, por su servilismo canalla. Aplauden en privado los equidistantes que un político sea capaz de firmar un pacto con los que hace unos años brindaban por el asesinato de sus compañeros de partido.

No, queridos equidistantes, un político que miente, que se jacta de asesorar a dictadores, que insulta a los que defienden su lujosa casa, no es digno de ser incluido en esa masa uniforme a la que llaman nuestros políticos. Un señor que emitió criterios, amparado en su saber científico, a sabiendas de que eran erróneos y podían causar la muerte de miles de personas no es una buena persona. Y un líder político que firma un documento para seguir en el poder con los que asesinaban a los que hicieron posible su partido no es un político cualquiera. 

Si para ustedes, amigos equidistantes, se puede mirar para otro lado para no ver la mentira, la falsedad, la iniquidad y el crimen, están en su derecho. Sin embargo, eso no los hace mejores personas, sino cómplices de todo lo que dicen abominar. Ustedes serán los culpables de todo lo que pueda suceder a partir de su apoyo implícito a los actos de ignominia cometidos por los políticos a los que dieron su voto y ahora quieren blanquear con esa actitud de grandeza de espíritu. Ustedes saldrán de sus escondrijos de falsa ecuanimidad para, cuando España quiebre -o algo peor-, acusar y ahí se acordarán de su equidistancia, o se la recodaremos los demás.

9 de abril de 2020

La otra pandemia

Vivimos tiempos convulsos de pandemia, cuarentena, alejamiento social y otros males, quizá el peor sea el que nos ofrecen diariamente todos los medios: las estadísticas. Casos diarios, muertos diarios, recuperados diarios, etc. Como siempre los datos sueltos y aislados no significan mucho. A este respecto, a los interesados en la raíz profunda de la estadística popular, voy a recomendar la lectura de El tigre que no está. Un paseo por la jungla de la estadística, de Michael Blastland y Andrew Dilnot, Turner 2009. Así, en Costa Rica, vemos con cierto grado de tranquilidad, cuando no de satisfacción, la lenta escalada de la pandemia. Sin embargo, a las estadísticas diarias o acumuladas de parte, hay que meterlas en ciertos contextos: el primero el del volumen de pruebas realizadas. Un dato que los propios responsables políticos han relegado a la insignificancia para no alarmar. En Costa Rica se han realizado 1.053 pruebas por cada millón de habitantes desde que inició la crisis. Panamá ha hecho 2.386, Chile 3.156 y Uruguay 1.550 test por cada millón de personas. El dato es relevante.

La cuestión es que se toman datos se dividen por otros y se comparan. Costa Rica es el país con menos muertos por afectados por coronavirus del mundo. Un dato estadístico como si decimos que Corea del Sur es el país que tiene menos muertos por test realizados. Cada país ha tomado medidas diferentes ante la situación. Desde la negación de España hasta el 15 de marzo, con 196 muertos en las morgues, hasta la extrema cautela de Israel, cerrando fronteras a finales de febrero.

Lo que preocupa es que estos datos, pensemos que creíbles y positivos, están generando un discurso con un importante peligro para el futuro del país. Hablo del discurso de la “épica del 48” -o la del 49, según el autor-, por el que estos datos y sus estadísticas (de parte) son el fiel reflejo de un modelo de Estado paternalista, protector, bienhechor, con una “mísitica” -palabro que gusta mucho pronunciar a Román Macaya- única de esforzadas  mujeres y hombres, funcionarias y funcionarios, luchadoras y luchadores, ¡oh!. La arenga, la narrativa épica, el relato heroico es necesario sin duda para levantar el ánimo de la población, recluida en casa y llena de incertidumbres.

Lo importante es que detrás de esas mujeres y hombres que están dando más de lo que se les pidió -personal sanitario, policías, transportistas, empleados de comercio y restaurantes, públicos y privados-, a los que aplaudimos cada noche escuchando el himno nacional en mi barrio, pretenden esconderse otros cuyo único mérito es recibir un salario público y garantizado. No son pocos los que están cayendo en el error de creer en esa epopeya del Estado maravilloso que, sufragado con impuestos, tasas y contribuciones, está respondiendo ante una crisis sanitaria nunca vista. Sí, la sanidad, la educación, las seguridad y la justicias públicas son irremplazables, pero no sumemos a esos servicios la inmensidad de un Estado anquilosado y monstruoso.

No, no escuchemos esos cantos de sirena de que toda la estructura estatal es la salvadora de una situación límite. Estamos hablando del encomiable trabajo de una serie de trabajadores amparados por lo público, pero sufragrados desde lo privado. No, no pongamos en la misma balanza a cualquiera que percibe un salario bajo unas siglas, ahora consideradas intocables. Recordemos que miles de ciudadanos, que pagan por este servicio la contribucion legal establecida, tienen que recurrir de forma habitual a servicios de sanidad privados para evitar largas listas de espera, en ocasiones con resultados catastróficos.

Tampoco dejemos de lado que Costa Rica ya cuenta con un Estado enorme, desproporcionado, con salarios muy superiores a los del sector privado, duplicidad de funciones e ineficiencias por doquier. No olvidemos que ya en 2008-2009 sufrimos la epidemia de vanagloriar lo público, que generó miles de nuevos funcionarios y grandes incrementos salariales que seguimos pagando por la vía de la deuda pública, hoy con categoría de bono basura. Aún perdura en mi memoria -y en la hemeroteca- aquel artículo del entonces presidente del BCCR, Francisco de Paula Gutiérrez, que insistía en que la crisis de 2008 no iba a afectar a Costa Rica. Luego llegó el Gobierno de Oscar Arias a inflar el Estado para que, en efecto, la crisis pasara de puntillas por aquí, ya la pagarían otros.

Hoy Costa Rica se aboca a una crisis económica importante, quizá no tan larga como pronostican algunos. La cuestión es que es una crisis que nos agarra saliendo de otra, de una pronunciada crisis fiscal aún sin resolver por la falta de medidas de ajuste y de reformas estructurales, más allá de una reforma fiscal. Sería dramático que ésta crisis sanitaria desembocara, merced a una trasnochada épica estatista, en una pandemia política y social irreparable. Una situación en la que olvidemos que es el sector privado el que genera la inmensa mayoría del empleo en nuestra economía. Un escenario en el que demos prioridad a un Estado fuerte pero con claras prioridades: salud, educación, seguridad, justicia e infraestructura. Un Estado eficaz y eficiente que pueda hacer frente a nuevas crisis, pero también a proveer de iguales oportunidades a todos sus ciudadanos.

28 de marzo de 2020

El lobo y el coronavirus

¡Qué viene el lobo!. Gritaban hace meses, quizá años, pero no quisieron escuchar.

A finales de enero veíamos como Italia y China estaban sumidos en la pandemia, pero unos miraban para otro lado y otros hacían chistes en las tribunas televisivas y digitales del régimen. De ese régimen joven y siniestro instaurado en diciembre. Digo siniestro por lo izquierdista, no vaya a ser que alguien crea que voy a romper yo ahora mi corrección política. Inexistente por otro lado.

Mientras se amontonaban los cadáveres en Wuhan y en Italia empezaban a cerrar tratorías, que son las ventas de España, un hombre peludo, con voz de tertuliano sabio de la crónica rosa y con pinta de profesor universitario buena gente se hacía famoso. "Aquí no pasa nada", decía el tal Simón con una sonrisa pícara, esa que ponía el profesor de Historia cuando contaba alguna maldad de los Habsburgo.  "Si acaso, algún caso aislado", repetía por si acaso a alguien no le había quedado claro que aquello era un virus de temporada, una gripe pasajera, un catarro de primavera.

Así, los españoles continuaron con su vida de calle, de bares, de fútbol -de clásico, ¡menuda horterada!- y de manifa en aquella primavera adelantada y cortísima. Y el lobo seguía suelto mientras el virus campaba por su respetos. En los campos de la Liga de las Estrellas, en los conciertos del artista del momento, en ARCO, que es la feria de los marchantes de arte y los políticos a expensas de los artistas consagrados y los que buscan consagrarse. Y, por supuesto, en el agit-prop que ahora es patrimonio del régimen y no del pueblo. El 8 de marzo ya había siete muertos por coronavirus en España, pero seguro eran viejos de esos que votan a la deresha, que decía el malogrado Alfonso Guerra.

Una semana de vino, rosas, furbo y propaganda fue suficiente para que el virus tumbara a un país de cerca de 50 millones de almas. En una semana Simón no intuía lo famoso que iba a ser, por mucho que recibiera decenas de llamadas al día. De aquellos polvos vinieron estos muertos -5.812 cuando escribo estás líneas-.

Desde ahí todo es una nebulosa de enfermedad, muerte y encierro, trenzada en el pelo anillado de Simón, bajo la mirada afilada y risueña de José Luís Ábalos y el gesto peliculero de Pedro Sánchez, que procura no salir nunca con ellos, para no contagiarse. Pero el que contagia es él. Un salto al vacío de un país al que el coronavirus despertó de un largo sueño, aunque quizá no haya despertado, sino que haya mutado en pesadilla, que no es lo mismo que estar despierto.

Ahora, los que no quisieron ver venir al lobo, conviven plácidamente con él y se enfrentan a la duda existencial de otra fábula: la de los dos conejos. Así, entre ellos se preguntan sin son galgos o son podencos, es decir, si es lo público o lo privado lo que importa para sacarnos del atolladero. Mientras, el lobo sigue haciendo de las suyas, riéndose a carcajadas mientras escucha la diatriba de los conejos. Y Simón continúa saliendo cada día, con su camisa a cuadros de funcionario aseado, pero con la cara cada vez más cansada por los infectados y las infectadas, por los muertos y las muertas.

Va a ser complicado acabar con el coronavirus en España, sobre todo porque el lobo está en el Gobierno.

16 de noviembre de 2018

Valores, no derechos

En ocasiones se producen acontecimientos que ponen a prueba la solidez de una sociedad. Estos meses, desde que iniciara la huelga de los sindicatos del sector público, venimos viviendo una de esas situaciones. Por fortuna, la sociedad en general respondió con solidez. No obstante, se puso de manifiesto la descomposición de los valores de una parte importante de la Administración Pública costarricense.

Decenas de miles de funcionarios públicos dejan claro que su conciencia como ciudadanos es nula. Que lo único que les interesa es recibir un salario –seguro- a fin de mes, sin importar la función pública para la que se postularon en su momento. Esos servicios públicos y esenciales que se jactan defender en sus alegatos, no les interesan en lo más mínimo.

Cientos de miles de escolares perdieron un trimestre completo de educación gracias a los que pasean banderas arrogándose la postestad de hablar en nombre del pueblo. ¿Acaso los escolares a los que afectan no son hijos del pueblo costarricense?. ¿No va en contra del pueblo dejar sin el derecho a la educación a infinidad de niños?. 

Centenares de cirujías se suspendieron, algunos niños no pudieron recibir su sesión de quimioterapia o ser intervenidos para ser curados, a pesar de que sus padres pagan todos los meses su cuota obrera a la Caja Costarricense del Seguro Social. Amenazantes y altaneros se les veía a los empleados en la puerta de los hospitales, aunque otros aprovecharon para salir de vacaciones sin el menor recato, mientras el Pueblo no podía acceder a los servicios esenciales.

Miles de casos o trámites judiciales quedaron empantanados gracias al paro indiscriminado e irresponsable de los funcionarios de los juzgados. Por cierto que sus máximos jerarcas, por el camino, decretaron que sus retribuciones no pueden ser ajustadas por el resto de los poderes de la República. Como si el presupuesto del Poder Judicial procediera de sus propios recursos.

En este mismo sentido las universidades estatales, aprovechando la oleada populista sindical, decretaron que su independencia administrativa es también territorial y que sus recursos no son susceptibles de revisión o supervisión por parte del Estado. Lo más curioso fue ver a una supuesta estudiante de origen cubano defender la extraterritorialidad de la UCR, hecho este que causaría tremenda hilaridad en las autoridades de su país de origen.

En definitiva, estos sucesos han venido a dejar claro que el servicio público en Costa Rica está plagado de personas que no tienen ninguna vocación profesional. Que su presunto patriotismo no es más que una excusa para dejar a los ciudadanos sin los servicios esenciales para los que fueron contratados. 

Una situación que tiene que llevarnos a reflexionar acerca de cómo revertir esta falta de conciencia. ¿Cómo hemos llegado a este escenario tan desbalanceada?. ¿Qué medidas debemos tomar, representantes políticos y sociedad civil, para dar vuelta a este sinsentido de Estado de Derecho fallido?. En mi opinión, lejos de buscar culpables o recurrir a la retórica de la limpieza, hemos de encontrar una conciencia compartida como sociedad. Quizá haya llegado el momento de desterrar el falso patriotismo de los derechos sagrados y comenzar a pensar en valores compartidos.

15 de septiembre de 2018

Derechos sagrados

Tienen siempre los himnos algo de épico en sus letras: “Nuestro brazo nervudo y pujante contra el déspota inicuo opresor”, reza el himno patriótico del 15 de septiembre costarricense, escrito por el español Juan Fernández Ferraz. Al fin y al cabo de eso se trata, de ensalzar de forma exacerbada los valores del país al que se dedica el cántico, o de crear un enemigo común, aunque sea irreal. Muchos de esos himnos fueron creados precisamente para generar un imaginario común de Estado.

Ese imaginario creado a finales del siglo XIX en Costa Rica aún sigue vigente -por suerte-, si bien es manoseado hasta el punto de perder, no ya su esencia, sino cualquier atisbo de valor patriótico. 

Hace unos días un grupo de manifestantes coreaban el único verso que les interesaba de ese mismo himno: “… derechos sagrados la Patria nos da”. Apostados al frente de la Asamblea Legislativa empujaban a la policía, a la cual lanzaban botellas, palos y monedas con el fin de asaltar el edificio del Primer Poder de la República. La Patria otorga derechos nada menos que sagrados para insultar, agredir y coaccionar a la autoridad legalmente establecida. 

Esa misma noche un grupo de jóvenes cortaban el libre tránsito en San Pedro de Montes de Oca, a pocos metros de la Universidad de Costa Rica. Al intentar ser disueltos por la policía, con los rostros cubiertos, comenzaron a lanzar todo tipo de objetos a las fuerzas de seguridad. Con la llegada del cuerpo antimotines, los delincuentes huyen a refugiarse dentro del recinto universitario. Un lugar al que los asaltantes y sus defensores atribuyen la misma categoría jurídica de una embajada extranjera. 

Esos derechos sagrados se los atribuyen los supuestos estudiantes agresores gracias a la autonomía administrativa de las universidades públicas. Una inmunidad legal emanada de ese transfigurado imaginario patriótico. 

En esta ocasión el mismísimo Presidente de la República reconoce los derechos sagrados tras la llamada de su mentor político, Alberto Salom, rector de la UNA y uno de los funcionarios mejor pagados de este país. Quedamos advertidos el resto de los ciudadanos: los estudiantes de las universidades públicas tienen más derechos sagrados que cualquier otro. Derechos incluso para delinquir sin posibilidad de detención por las autoridades.

En estos tiempos convulsos la atribución de derechos sagradosemanados de un himno decimonónico es el único valor seguro. El refugio al que se acoge cualquiera que, con un poco de agilidad mental, pretenda imponerse en una sociedad en la que la impunidad es la moneda de cambio de la sociedad.  Bien sea para cortar calles, para destruir bienes públicos, apedrear a policías o tomar el camino corto.

Un valor tan seguro que incluso es avalado por la crema de la intelectualidad patria -parafraseando a Sabina-. Ahí los tienen desde sus púlpitos bañados de pluses salariales y beneficios sociales, el súmmum de los derechos sagradosque defienden en las calles menos de 4,000 sindicalistas. Hablan de equidad tributaria mientras se embolsan salarios de siete dígitos sin el menor reparo.

No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que cualquier ciudadano quiere tener su cuota de derechos sagrados. Si ellos cortan calles sin el menor atisbo de pagar las consecuencias, ¿por qué no voy yo a tirar la basura en medio de la calle?, ¿por qué no voy yo a saltarme un semáforo en rojo?, ¿quién me va a impedir buscar mi beneficio personal en medio de esta situación?. Al fin y al cabo derechos sagrados la Patria nos da.

Claro que lo que nadie canta es esa otra parte del himno: “… a los ruines esbirros espante que prefieren el ocio al honor”.

18 de agosto de 2018

100 días menos

Los que saben de mercadeo dicen que la satisfacción de un cliente es inversamente proporcional a las expectativas creadas. Dicho de otra forma, más expectativas suponen una mayor dificultad para lograr la satisfacción de un cliente. En política sucede igual. Tenía lógica que PAC de Carlos Alvarado elevara las expectativas de los votantes para lograr la victoria del primero de abril. En eso consisten las campañas, también las políticas. Pero Alvarado redobló la apuesta con la victoria disparando aún más el nivel de las expectativas.

La formación de un gabinete de alto nivel político, escenificando así ese Gobierno de Unidad Nacional, logró el efecto deseado. El líder de la Unidad Social Cristiana, la líder del Frente Amplio, destacadas figuras de Liberación Nacional, empresarios como André Garnier o figuras independientes como Edgar Altamirano, pusieron por las nubes las expectativas acerca de la ejecución del ejecutivo de Carlos Alvarado y Claudia Dobles. Las reuniones posteriores con diferentes sectores económicos y sociales concretaron esas expectativas: apertura total para escuchar propuestas… café para todos.

Algunos se percataron enseguida de que la segunda línea del gabinete se llenaba de personajes sin relevancia política o profesional alguna.Pegabanderas de turno, al más puro estilo liberacionista y continuación de lo visto durante la desastrosa Administración Solís. Alvarado y Dobles no quieren perder el control y menos aún el protagonismo. Pero es precisamente la segunda línea la que puede ejecutar programas más allá del discurso. Todos sabemos que la administración pública costarricense está llena de funcionarios con gran capacidad para bloquear iniciativas o entorpecer la ejecucion de propuestas gubernamentales. Sin líderes capaces nada va a suceder más allá del discurso, del ruido.

Comités, grupos de análisis, de expertos, de sabios, nada nuevo bajo el sol. Moverse, hacer por hacer, reunirse en torno a ideas, ocurrencias y propuestas sin planes concretos para su ejecución. Así se resumen estos 100 días de milenialismo y expectativas. Nada sucedió. 

Volvemos a las excusas clásicas: es poco tiempo, la Asamblea está muy fraccionada, el Gobierno anterior dejó una situación pésima... Pero la realidad es que con excusas no se gobierna y la promesa de campaña de Alvarado de gobernar a base de decretos, si fuese necesario, está muy lejos de cumplirse. ¿Alianzas complicadas?. Las que ya conocía para poder lograr la victoria. ¿Un PAC fraccionado y débil?. Algo que no sorprende a nadie y que más bien le genera más posibilidad de liderazgo al Presidente, lo cual no está aprovechando.

Y lo peor es que si en estos días de popularidad arrolladora del tándem Alvarado-Dobles no se ha logrado más que elevar las expectativas sin tomar ni una sola medida contundente contra los problemas tan serios que afectan al país, poco podemos esperar de los 1.360 que quedan. Suena duro, pero es la realidad de la política patria: elecciones municipales en un año y meses después empezará el baile de pre-candidatos. 

6 de mayo de 2018

Galgos o podencos

No sé si el amable lector está familiarizado con la fábula de los dos conejos de Tomás de Irarte. En la fábula se narra como dos conejos empiezan a discutir sobre la raza de los perros que los persiguen, galgos o podencos, de modo que al final, imbuidos en la discusión, se despistan y son cazados inexorablemente. 

Esta fábula ejemplifica muy bien esta ceremonia que estamos viviendo en este traspaso de gobierno en Costa Rica. Parece que importa más el sexo o la edad de los cargos que su capacidad para acometer las importantes reformas legislativas y para solucionar las graves deficiencias que deja el ejecutivo saliente.  Ser joven, mayor, alto, bajo, hombre o mujer no otorga especiales capacidades a las personas a la hora de ocupar un cargo público.

Esa especie de panacea titulada “Una nueva forma de hacer política” tendrá sentido si se ven los resultados. Porque algunos corren el riesgo de creer que esta nueva forma no sea más precisamente eso: forma. Meros movimientos para contentar a un sector de la opinión pública.

El Estado costarricense está al borde del colapso. Demasiados años de gasto público incontrolado, de ausencia de proyectos importantes, de permitir que esa inercia inmovilizadora del aquí nunca pasa nada sea la que rija los destinos del país. Llegados aquí poco importa el sexo, la raza, la religión o la edad de los ministros, lo que se necesitan son gestores capaces de tomar decisiones, incluso si son impopulares. Hacen falta personas honestas, valientes y ejecutoras para romper esta inercia.

Carlos Alvarado cuenta con un importante caudal político merced a su abultada victoria en segunda ronda. No necesita gestos para la galería. Es un hombre ambicioso y con las ideas claras. Ahora tiene que poner en marcha esos cinco ejes de los que no se cansó de hablar durante la campaña de balotaje. Ahora lo respalda un gabinete que combina experiencia con audacia, independientemente de la condición personal de cada uno de los componentes. 

Esperemos que estos primeros pasos no representen la continuación de la política de gestos y titulares de Luis Guillermo Solís, que tan escasos resultados dio a lo largo de los últimos cuatro años. Porque no es hora de mirar la raza de los perros que nos persiguen. Es hora de trabajar.

6 de abril de 2018

¿Qué vas a hacer por Costa Rica?

“No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país”, así reza la placa bajo el busto de John F. Kennedy ubicado en el parque homónimo de San Pedro de Montes de Oca. Hoy un buen amigo me dio ese dato después de que yo le citara la famosa frase del malogrado presidente estadounidense, en referencia al proceso electoral cerrado el domingo en Costa Rica. Ya el 5 de febrero pregunté a muchas personas de mi entorno precisamente eso: “¿Estás preocupado?. ¿Qué hiciste los últimos años para evitarlo?”.

Esta contienda electoral ha sido muy intensa. Quizá la más tensa que se recuerda desde el referendum de aprobación del TLC en 2007. Aunque con peculiaridades bastante lejanas de aquel envite, como explico en mi artículo anterior. Las distintas generaciones han experimentado un importante distanciamiento a la hora de acudir a las urnas. Padres e hijos no compartían criterio. Aunque tampoco lo hacían hermanos que entraban en discusión a cuenta de a cuál Alvarado dar el voto. Amigos distanciados por la política y, aún hoy, cuatro días después, gente echando leña al fuego en las redes sociales.

No cabe duda de que se ha producido un resurgimiento del interés en la vida pública en el país. La muestra más clara es que, mientras que hace cuatro años Luis Guillermo Solís tuvo que salir a buscar ministros, hoy Carlos Alvarado tiene fila de pretendientes para casi todos los cargos. Muchos dieron un paso al frente a lo largo de la campaña y entendieron que tenían que involucrarse. El acuerdo con Rodolfo Piza fue el detonante para muchos.

La realidad es que el interés de todos los actores, públicos y privados, es común, o debería serlo: lograr una Costa Rica más desarrollada, más cercana a ese llamado primer mundo. Las diferencias siguen estando en el cómo conseguirlo. Por eso es necesario llegar a acuerdos, a entendimientos, a consensos de mínimos. Un país más desarrollado requiere de más impuestos. Pero también de mayor eficiencia y eficacia en el gasto público. Sobre ambos temas no existen dudas entre la gran mayoría de los ciudadanos. El ciudadano de a pie quiere más seguridad, mejor sanidad, mejor educación, un transporte público útil, infraestructuras modernas y una justicia ágil. Todos queremos lo mismo.

Para lograrlo no basta con criticar, con decir NO, con postear un artículo sobre Venezuela o sobre China, hay que arrollarse las mangas y ayudar a conseguirlo. Puede que este no sea el Gobierno que usted ha elegido, pero es el que tendremos TODOS durante los próximos cuatro años. Al igual que la Asamblea Legislativa. Si les va bien en su interés por hacer una Costa Rica mejor, nos irá bien a todos.

Por el contrario, si nos dedicamos a poner obstáculos, a quejarnos y a reclamar, puede que a los poderes Ejecutivo y Legislativo no les vaya bien. Y a nosotros tampoco. ¿Vamos a seguir pensando en la matemática electoral o con la generosidad que caracteriza a los ciudadanos ejemplares?. ¿Acaso no hemos aprendido nada de este proceso electoral?. ¿Quién apostaba un cinco por Carlos Alvarado en octubre de 2017?.

Eso no significa que no seamos exigentes con gobernantes y legisladores. Que no demandemos honestidad, eficacia y eficiencia. Pero para hacerlo no es suficiente con exigir, amparados en los derechos sagrados que nos da la Patria, como dice el himno. Debemos ser ciudadanos honestos, preocupados e involucrados.


Ahora con el escenario para los próximos cuatro años más claro, vale la pena reformularse la pregunta: ¿qué vas a hacer por Costa Rica durante los próximos años?.